Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Hay una relación profunda entre generosidad y alegría

Homilía slor017a, predicada en 20190810, con 14 min. y 21 seg.

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Transcripción:

Amados hermanos, la vida de San Lorenzo está marcada por la palabra generosidad, una palabra que la Iglesia nos recuerda en la primera lectura de hoy, tomada de la segunda Carta de San Pablo a los Corintios. Nos invita el apóstol en esa lectura a ser generosos. Repartió a manos llenas a los pobres. Su justicia permanece eternamente. Dios ama al que da con alegría, generosidad. Lo contrario de la generosidad es la mezquindad. Una persona mezquina es la persona que da poco o no da nada. Igualmente, la avaricia, la tacañería, el egoísmo son contrarios a la generosidad. Y hay una asociación muy interesante. La generosidad va unida a la alegría, mientras que la mezquindad va unida a la tristeza. Con la ayuda del Espíritu Santo y el ejemplo de San Lorenzo, veamos un poco por qué esto es así. Porque la invitación de hoy es a ser generosos.

Observemos, hermanos, que muchas cosas en nuestro tiempo, muchas, nos invitan a ser individualistas, a ser egoístas. Cada uno tiene su propio celular, cada uno tiene su propia cuenta o sus cuentas. Tienes tu cuenta, qué se yo, en Amazon o en iCloud, tienes tu cuenta de correo, tienes tu cuenta de WhatsApp. Tienes tu mundo. Poco a poco vas construyendo tu mundo, tu mundo que está hecho por tus redes sociales, está hecho por tus sistemas de crédito, está hecho por tus propias compras. Y así, poco a poco, casi sin darnos cuenta, nos vamos volviendo tremendamente encerrados en nosotros mismos. Pero hermanos, no puede ser casualidad que a medida que nos volvemos más encerrados, nos volvemos más depresivos, nos volvemos más tristes, nos volvemos más sombríos. ¿Por qué sucede esto? Sucede, mis hermanos, porque como le decía a Dios, a Santa Catalina de Siena, a cada uno le dijo Dios. ¡Qué frase tan bonita! A cada uno lo hice incompleto para que necesite de los otros. Somos incompletos. ¡Somos incompletos! Y voy a decir una frase extraña, felizmente incompletos.

Eso quiere decir que si yo soy incompleto, mi hermano tiene algo que yo necesito y tal vez yo tengo algo que él necesita. Entonces hay una parte mía que está en ti y hay una parte tuya que está en mí, porque tú eres incompleto, porque así nos hizo Dios, y Dios nos hizo incompletos para que supiéramos encontrar lo que nos hace falta en la otra persona. Entonces la persona mayor, el adulto mayor en el joven encuentra entusiasmo, energía que tal vez ya declinan en él. El joven encontrará en la persona mayor la serenidad, la sabiduría, el enfoque, la perspectiva que tal vez le hace falta. Se ve muy bien en el matrimonio, en el matrimonio el hombre encuentra en la mujer tantas realidades que él mismo no tiene. Muchas veces encuentra su paz, su alegría, su motivo de gozo, su descanso abrazado a su esposa. Se siente profundamente amado y se siente profundamente completo. Ella encuentra en ese hombre tal vez esa motivación, tal vez esa dirección, tal vez esa decisión que le hace sentir a ella profundamente protegida, cuidada y le da un propósito, un sentido a toda la generosidad que bulle en su alma femenina. Así, el hombre y la mujer, cada uno encuentra en el otro lo que le hace falta.

Es contrario al orden de Dios, ese encerrarnos, es contrario porque ahora entendemos. Cuando yo me encierro en el egoísmo, estoy privando a mis hermanos de la parte de ellos que yo tengo, porque hay algo tuyo que está en mí. Y si yo pongo una barrera, te estoy quitando lo que de alguna manera te pertenece. Pero además, al poner la barrera también yo me pierdo de algo que es mío y que está en ti. Hay algo de los demás en mí y hay algo mío en los demás. Por eso dice San Pablo en primera Corintios Capítulo Diez, no solamente dice que somos miembros de Cristo, que es lo que todo el mundo recuerda. Y por supuesto es cierto. Sino que también dice San Pablo en primera Corintios Diez. Somos miembros los unos de los otros. ¿Qué quiere decir eso? Lo que estamos explicando. Hay una parte mía que está en ti, y si pongo una barrera, el que pierde soy yo. Las barreras que me hacen sentir seguro son las barreras que se convierten pronto en mi cárcel. Y si mi descuido es mi tumba. Entonces las barreras que pongo poco a poco me van encarcelando y las barreras que pongo poco a poco me están sepultando. Ahora entendemos la relación que hay entre el egoísmo y la tristeza, entre la mezquindad y la tristeza, entre la avaricia y la tristeza. Es por eso, porque en el fondo estoy perdiendo, porque no estamos hechos para vivir de esa manera.

¿Cuáles son los grandes tesoros que yo tengo para compartir? Aquí Lorenzo nos da una gran enseñanza. Como diácono, él era predicador de la Palabra de Dios, que compartía la Palabra, daba la palabra. Como diácono él era ministro de la comunión que compartía el cuerpo de Cristo. No lo consagraba, era diácono, pero sí lo repartía sobre todo a los enfermos. Entonces daba el cuerpo de Cristo, compartía. ¿Qué más compartía Lorenzo? Lorenzo compartía lo que él llamaba el tesoro de la Iglesia. Él compartía bienes para los pobres y cuando le preguntaron dónde estaban las riquezas de la iglesia, él dijo que las riquezas de la iglesia son sus pobres. Esa frase es de San Lorenzo. Entonces él compartía bienes. Fíjate, bienes materiales, Palabra de Dios, Cuerpo de Cristo. Pero sabes ¿Qué es lo que él más compartía? Su tiempo, su tiempo y su amor. Y en este sentido, Lorenzo es un modelo no solo para los diáconos. Felizmente, hoy tenemos un diácono entre nosotros. No solamente es un modelo para los diáconos, no solamente es un modelo para los ministros ordenados, es un modelo para todo cristiano. Porque lo que Lorenzo repartía en cuanto a la Palabra de Dios predicando o en cuanto al cuerpo de Cristo, tal vez eso no todos lo pueden compartir, pero lo principal que él compartía, su amor y su tiempo, eso sí lo puedes compartir tú.

Y en la medida en que tú te encierras en tu tiempo y tu tiempo es solamente para ti, te vas encerrando en la tristeza. Por eso es muy importante que en las familias haya espacios donde dejo aparte mi tiempo para entrar en el tiempo de todos. ¿Dónde más se nota esto? Otra vez vuelvo al tema en los celulares. Qué imagen tan triste es ver una familia donde se sientan juntos pero no están juntos. Cada uno saca su celular. Entonces están al lado el uno del otro. Pero él está en un mundo, yo estoy en otro mundo. Ella está en un mundo. Ella está en otro mundo. Él está en otro mundo. No estamos en realidad juntos. Entonces hay que hacer el camino. El camino de salirnos de los mundos virtuales. El camino de estar perpetuamente conectados a nuestros mundos virtuales para empezar a interesarnos por el otro, para llevarnos la sorpresa de encontrar al otro, para llevarnos la alegría de recuperar la parte nuestra que está en los demás y la parte de ellos que estaba en nosotros.

Sal al encuentro de tu hermano. Interésate por ese hijo, interésate por esa esposa, interésate por ese papá. Una cosa que me preocupa mucho según voy avanzando con la misericordia de Dios en este camino misionero. Una cosa que me preocupa mucho es que hoy por hoy los papás casi no les cuentan cosas a los hijos. Las conversaciones son de una superficialidad espantosa. Si acaso se limitan a dos o tres sílabas. ¿Cómo te fue? Bien, papá. Esa fue toda la comunicación. ¿Hija lo que ibas a comprar en la tienda, lo conseguiste? No. Mamá, que llega mañana. Esa fue toda la conversación del día. Es necesario que nosotros aprendamos a interesarnos por los hijos, por los amigos, por los sobrinos, por los vecinos. Tenemos que romper la cultura del aislamiento. Tenemos que aprender a interesarnos. Y lo que es todavía más raro es que los hijos hagan preguntas a los papás. Yo quiero preguntar a los jóvenes que están aquí presentes, que tenemos algunos. Bendito sea Jesús. Cuándo le preguntas tú cosas que no sean en función tuya. Porque a veces sí preguntamos, pero preguntamos en función propia. Por ejemplo, una pregunta en función propia ¿Mamá, puedo ir a la fiesta que organizaron en la escuela? Es una pregunta, pero esa pregunta no tiene que ver con la mamá, es simplemente lograr una firma, lograr un permiso. ¿Cuándo fue la última vez que le preguntaste a tu mamá? Mamá, ¿Tú estás bien? Algo tan sencillo como eso. ¿Estás bien? Ayer te vi un poco decaída. ¿Estás mejor hoy? Dónde están los hijos que le hagan esas preguntas a los papás ¿Dónde están?

Eso falta demasiado y por eso hay personas que se van hundiendo en su soledad. Porque a veces cuanto más avanzan en la edad, más solos se quedan. Entonces hay abuelos a los que nunca nadie les pregunta nada. ¿Y qué crees que va a producir eso? Va a producir depresión, va a producir tristeza. Y cuando la persona está hundida en la depresión, ¿Cuál es la gran solución que propone el mundo moderno? Que se maten, que se maten. Para eso está la eutanasia. Para aprobar todos la eutanasia. A todos aprobar la eutanasia. Que se maten esos que ya no nos importan. Esos que hace rato estamos asesinando con nuestra indiferencia. Que se acaben de matar ellos solos. Esa es la crueldad de la eutanasia. Que se maten. Que se mueran.

La respuesta cristiana. La respuesta del diácono. La respuesta de Lorenzo. ¿Cuál es? Me interesa. Me importa. Oye, no eres capaz de establecer un diálogo interesante con alguien que no sea de tu edad, de tu equipo de soccer o fútbol, que no sea de tu videojuego, de tu club de videojuego. Para hablar con alguien tiene que estar en tu edad, en tu club de videojuego o si no, no hablas con él. Este es el momento, mis hermanos, para seguir el ejemplo de Lorenzo. Este es el momento para romper esas prisiones, esos muros en los que nos vamos metiendo. Qué hermoso pensar que la Divina Eucaristía, la que estamos celebrando, es Dios rompiendo murallas, es Dios llegando a lo más profundo de nosotros. Cristo quiso que a través de este signo precioso, ese signo precioso de la comida, su realidad de su cuerpo y de su sangre llegara a lo más profundo de nosotros. Así como el alimento entra en tu boca y llega a hacerse parte de ti. Cristo en la Sagrada Comunión te está diciendo quiero entrar, quiero ser parte de tu vida. Quiero comulgar en ti, contigo. Quiero llegar a lo más profundo de tu ser, nos está diciendo Jesús. Eso es lo que nos está diciendo. Eso es comulgar. Comulgar no es simplemente comer un símbolo, es recibir a Jesucristo. Cuando Él dijo Esto es mi cuerpo. Esas palabras tienen todo el peso. Es decir, el que verdaderamente ha roto las barreras es Jesucristo. Es Él el que ha querido llegar hasta lo último y más profundo.

Que se rompa todo límite, que se rompa toda barrera. No hay unión tan perfecta como la que Cristo quiere tener con cada uno de nosotros a través de su Eucaristía. Lorenzo lo entendió bien y lo vivió plenamente. Amen.

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