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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Aprendamos de los diáconos que prestan su servicio con fidelidad a la Iglesia al igual que lo hizo San Lorenzo en su época.
Homilía slor016a, predicada en 20190810, con 5 min. y 30 seg. 
Transcripción:
Una pregunta. ¿A ti te gusta la historia? A mí me gusta. Y creo que a medida que pase el tiempo me va gustando más. Eso que se ha dicho muchas veces, que la historia es maestra de la vida. Yo cada vez me lo creo más y me gusta en particular la historia de la Iglesia, porque la historia de la Iglesia nos muestra cómo muchas de las batallas que hoy tenemos otros las han tenido en su debido momento y además, muchos personajes de la historia se convierten en un sano desafío para nosotros. ¿Por qué lo digo? Porque, en la historia, en la historia de la Iglesia, los que más destacan son los santos y las santas de Dios. Y esas personas son como páginas del Evangelio, realmente. Son como personas que nos están diciendo mira que el Evangelio sí se puede, sí es real y eso significa mucho. Y eso significa mucho porque si el Evangelio es real, quiere decir que mis disculpas y mis justificaciones siempre se quedarán cortas.
Todo esto lo estoy diciendo porque hoy, Diez de Agosto, nuestra Iglesia Católica recuerda y celebra a San Lorenzo diácono, diácono por allá de los primeros siglos de la Iglesia. Estamos hablando del Siglo Tercero de nuestra era, es decir, estamos hablando de hace mil ochocientos años. Eso es bastante tiempo. Y lo más interesante de acercarse a una persona como Lorenzo, por lo menos así lo pienso yo en este momento, es descubrir qué significaba para él ser cristiano y qué significaba para él ser diácono, porque él fue diácono.
En nuestro tiempo el sacramento del orden, que es uno solo, se vive en tres grados. El grado primero o inferior es el diaconado. El grado intermedio es el presbiterado. Y el grado supremo, que es el propio de los sucesores de los apóstoles, es el episcopado. Diáconos, presbíteros, obispos. A los presbíteros usualmente se nos llama más comúnmente sacerdotes. Y si el sacerdote tiene un encargo de una porción del pueblo de Dios, por ejemplo, tiene una parroquia, entonces se le llama con justicia un cura, porque tiene el cuidado de esa porción del pueblo de Dios. Entonces, diáconos, sacerdotes y obispos. En nuestra época, el diaconado a menudo es una etapa. Es lo que se llama diaconado temporal. El seminarista típico llega a un momento en su formación, al final de su teología, en que es llamado para ser ordenado diácono. Es un diaconado temporal. Después, entonces será llamado al sacerdocio y unos cuantos son llamados a ser obispos.
El punto es que para muchos de nosotros el diaconado es visto simplemente como una etapa. Perdón, lo que voy a decir no es muy respetuoso, no es muy formal. El diaconado es visto como si el diácono fuera un cuasi cura que ya va pudiendo hacer ciertas cosas que hacen los sacerdotes. El diácono en la antigüedad era algo muy diferente. En primer lugar, porque los diáconos estaban directamente al servicio del obispo. En segundo lugar, porque los diáconos podríamos decir que eran la parte ejecutiva del gobierno del obispo. A ver, epíscopos, de donde viene la palabra obispo. Quiere decir el que supervisa, quiere decir el que es como inspector, que mira la realidad de una parte del pueblo de Dios, la diócesis. Y se da cuenta de lo que está sucediendo.
Lo propio del obispo es tener esa capacidad de observación y tener el Evangelio en su plenitud, como lo hemos recibido de los apóstoles. De manera que la misión principal del obispo es tomar ese Evangelio recibido de los apóstoles, del cual él mismo es testigo, y comparar ese Evangelio con esta verdad, con esta realidad de esta diócesis, de esta provincia. Diócesis significaba eso como una provincia, como una parte del cuerpo de Cristo. Entonces, lo propio del obispo era eso, hacer como esa comparación, esa esa especie de balance en su corazón entre el deber ser que es el del Evangelio y la realidad, que es como se encuentra esta diócesis.
Pero en la antigüedad, lo mismo que en nuestra época, uno no puede quedarse solo con observaciones. Entonces, los diáconos de la antigüedad, como un gran San Vicente diácono, como un Lorenzo diácono, esos diáconos eran los que en diálogo y en comunión de corazón y de oración con el obispo y bajo la dirección muy estrecha del obispo, eran los que llevaban a cabo, podríamos decir, el puente entre ese ideal del Evangelio y esta realidad de la comunidad. Los que acercaban el Evangelio a la realidad, los que hacían que eso sucediera. Por eso dije antes, eran los encargados de la rama ejecutiva dentro de la Iglesia. Por eso encontramos a los diáconos predicando, por eso encontramos a los diáconos administrando bienes de la iglesia. Por eso encontramos a los diáconos sirviendo al altar junto al obispo, porque ellos eran los encargados de ir llevando a la realidad esa visión de gobierno que tenía el obispo. El obispo tenía la visión, pero la realización estaba fundamentalmente en los diáconos. Eso era lo que vivían ellos. Eso fue lo que vivió San Lorenzo.
Y por prestar ese servicio y por su amor y fidelidad a la Iglesia, fue torturado de una manera terrible y ofreció su vida por Cristo y por la Iglesia. Esto sucedió en la ciudad de Roma. Tenemos mucho que aprender de estos diáconos, y creo que su manera de vivir el servicio, diaconía quiere decir servicio, será siempre una interpelación, será siempre un cuestionamiento para nosotros en el mejor sentido de la palabra.

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