|
|

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El puente entre lo extraordinario de los mártires y lo ordinario de nuestra vida es la palabra: donación, y que sea abundante, alegre y nacida de la fe.
Homilía slor012a, predicada en 20150810, con 7 min. y 56 seg. 
Transcripción:
Estamos recordando a San Lorenzo, mártir de la Iglesia de Roma a comienzos del siglo tercero. Las cosas que tuvieron que sufrir los mártires nos parecen indudablemente tan crueles que por ello mismo pueden parecer remotas. Es decir, no es algo que esté en nuestro radar inmediato. Bendito sea Dios, semejantes crueldades no las tenemos demasiado cerca, aunque ya se oyen cosas terribles como aquellas que están padeciendo los cristianos en Irak, en Siria y en otros lugares. Pero en general, la idea que uno pueda tener del martirio es como una situación extrema y por lo mismo, distante de nuestra experiencia cotidiana de la fe. La primera lectura de hoy, tomada de la segunda Carta de San Pablo a los Corintios, nos ayuda a superar esta idea. No conviene que miremos tan de lejos la experiencia de los mártires. Finalmente, la palabra mártir quiere decir testigo, y el testimonio que ellos están dando es testimonio de una vida en Cristo, que es exactamente lo mismo que nosotros estamos llamados a tener, a practicar vida en Cristo, o sea que no debemos verlos tan distantes. ¿De qué modo nos ayuda esta segunda carta a los Corintios? El texto leído fue del capítulo noveno. Nos da tres pistas que nos ayudan a hacer la conexión entre la experiencia dramática de los mártires hombres y mujeres de otro tiempo y de nuestro tiempo y nuestra propia experiencia. La primera conexión está en aquello de que hay gente que siembra tacañamente. Y hay gente que siembra generosamente. La tacañería y la generosidad no solamente están lejos, sino que también pueden estar en nuestra vida. Sembramos tacañamente, cuando nos preocupamos únicamente por nosotros mismos, por nuestros intereses inmediatos, cuando nos centramos únicamente en nuestra propia persona, nuestra familia, nuestra comunidad, nuestro futuro, cuando todo gravita en torno a nosotros, nos volvemos tacaños. En cambio, nos volvemos generosos cuando empezamos a pensar en el bien de otros. Así, por ejemplo, Lorenzo empleó los últimos años de su vida volcado al servicio de los pobres de Roma, los olvidados del imperio en aquella época. Y una de las razones de su martirio es que el gobierno de la ciudad de Roma sabía que Lorenzo administraba grandes cantidades de dinero. Él era el que llevaba la contabilidad de los recursos, las donaciones para los pobres. Entonces el prefecto, es decir, el administrador de la ciudad de Roma en aquella época, le preguntó ¿Dónde tienes escondidos los tesoros? Lorenzo lo condujo a un lugar, un comedor, donde estaba un inmenso número de pobres y le dijo Estos son los tesoros de la Iglesia. Tenía razón, porque precisamente esos pobres eran la fuente misma de las donaciones que recibía la Iglesia. Pero el prefecto tomó muy a mal estas palabras de Lorenzo, y esa fue una de las causales de su martirio. Así pues, primera enseñanza cuidado con la tacañería, cuidado con centrarnos solo en nosotros. Hay siempre muchas personas que necesitan no solo de nuestro dinero, sino de nuestro tiempo, nuestro talento, un consejo, una ayuda, una sonrisa. Hay tantas cosas que son necesarias hoy. Entonces, en la medida en que aprendemos la lección de la generosidad, descubrimos que un mártir finalmente es uno que sembró generosísimamente. El mártir es el que dio sin medida hasta darse a sí mismo. Primera lección. La segunda lección es la lección de la alegría. Nos dice el texto de hoy dice acá cada uno dé como haya decidido. No a disgusto, el que da de buena gana agrada a Dios. Al que da de buena gana lo ama Dios. Entonces el dar se sale del ámbito de las transacciones y los negocios. Si nosotros ayudamos a otras personas, no es como una especie de seguro de vida, simplemente. Hoy se habla mucho en las empresas de responsabilidad social. Está bien ese concepto, pero quizás algunas empresas miran la responsabilidad social como una especie de impuesto que se paga para mejorar nuestra imagen, para lavar nuestra cara frente a la sociedad. O tal vez una manera de asegurar que nuestro futuro esté debidamente entretejido con el futuro de la sociedad en la que estamos. O quizás una manera, una especie de seguro que también evita que el día de mañana se vuelvan contra nosotros y nos ataquen, como por ejemplo ha sucedido en los países donde los sindicatos o donde los partidos de tendencia comunista toman las armas, como ha sucedido en Colombia y en muchos otros sitios. Este aspecto de la alegría nos está invitando a que nuestro dar no sea una transacción. El que está dando simplemente para asegurarse algo, en el fondo sigue pensando todavía en sí mismo. En el fondo, no ha salido de su estrecho círculo. La alegría es el sello de la genuina generosidad. Es decir, nosotros validamos nuestra generosidad a partir de la alegría, a partir del gozo de simplemente entregar, de simplemente saber que la vida de alguien va a ser mejor, incluso si esa persona no llega a saber de nosotros. Ese, el que está obrando así, de algún modo se parece al obrar de Dios y es una prolongación del amor de Dios. Esa es la segunda lección, la lección de la alegría. En tercer lugar, tenemos la lección de la fe. ¿Cómo es posible dar y, sobre todo, dar con alegría? Cómo es posible hacerlo únicamente desde la fe, es decir, desde la certeza de aquello que nos afirma San Pablo en esta lectura, Dios tiene poder para colmarnos de toda clase de favores, de modo que teniendo lo suficiente o sobre para obras de caridad. Es decir, solamente cuando tengo de verdad, de verdad la certeza de que Dios va a cuidar lo mío, entonces empiezo a ocuparme de la gloria misma de Dios y de las necesidades de otros. Pero es necesario partir de esa base de la certeza de que Dios de verdad, de verdad me ama. De verdad soy importante para Él. De verdad Él quiere cuidar lo que es esencial, lo que es fundamental, lo que me hace bien. Así que son las tres lecciones de hoy, tres lecciones que recibimos a la sombra de la figura magna de San Lorenzo. La lección de la generosidad, la lección de la alegría y la lección de una fe inquebrantable. Que este gran santo de la Iglesia Romana interceda por nosotros y que nos renovemos tras las huellas de los grandes testigos del Evangelio de Jesús. Amén.

Derechos Reservados © 1997-2025
La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico, está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente: http://fraynelson.com/.
|