Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Lorenzo testifica, ante los arrogantes de este mundo, que Cristo es el verdadero Señor.

Homilía slor010a, predicada en 20130810, con 12 min. y 56 seg.

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Transcripción:

Hermanos a mediados del siglo tercero de nuestra era, por supuesto, en el espacio de pocos años se dieron dos persecuciones que asolaron la Iglesia. Allí donde estuviera el Imperio Romano. Una fue promulgada por el emperador Decio, que ya fue bastante cruel. Después vino otra del emperador Valeriano, que añadió a la crueldad una cierta inteligencia, una inteligencia perversa. Valeriano vio al cristianismo como una plaga que era necesario extinguir y por eso aplicó su talento administrativo al exterminio de esa plaga. Una de sus estrategias fue golpear duro, la cabeza incluyendo al Papa.

Valeriano, tiene el dudoso honor de ser uno de los emperadores que persiguió expresamente al Papa y le dio muerte, en su caso, el Papa Sixto Segundo. Los tentáculos de su odio llegaron también al norte de África, la ciudad de Cartago, en el actual Túnez, donde acabó con la vida del gran obispo Cipriano. Pero ahí, en Roma, había un enemigo muy incómodo no sólo Sixto Segundo, sino su diácono, que era también administrador de los bienes de la Iglesia. Ese es el santo que recordamos hoy, Lorenzo. Así que en el caso de Valeriano encontramos la arrogancia y la inteligencia de este mundo con un propósito explícito de apagar completamente, de cegar completamente el fenómeno cristiano. Se entiende que las multitudes vieran con horror el avance de la persecución. Como la metodología de Valeriano era decapitar la Iglesia, resultaba temible el aceptar cualquier tipo de cargo y de esa manera lo que se consideraba una secta. El cristianismo tendría que debilitarse.

Pero el testimonio de grandes mártires como los papas Cornelio y Sixto Segundo y este diácono Lorenzo. Ese testimonio produjo un efecto adverso. Le dio una enorme fortaleza a la gente al ver que sus pastores, en vez de acobardarse, tomaban una postura firme, incluso si eso implicaba llegar a la muerte. Por eso también se recuerda en el martirio de Lorenzo la actitud que podemos llamar altiva de este diácono a la hora de su muerte. Es decir, altiva en el sentido de no dejarse intimidar. No fue directamente Valeriano, sino el encargado de la administración civil de Roma, oficio que se llamaba de prefecto, el que se enfrentó con Lorenzo. Cosa que tenía sentido, Civilmente tenemos el poder de Valeriano, eclesiásticamente, eso es lo correcto, lo que corresponde al Papa. El administrador civil es el prefecto. El administrador de los bienes de la iglesia es Lorenzo. Había una lógica en esa manera de actuar.

Y el prefecto quiere ponerle leyes, decretos, cortapisas a Lorenzo. Y finalmente llega a la pregunta arrogante. ¿Dónde están los bienes de la Iglesia? Lorenzo con un poco de ironía, sabemos la historia lo conduce a uno de los comedores de los pobres que eran atendidos por la Iglesia y le dice: Estas son las riquezas de la Iglesia. Esa ironía exaspera, por supuesto, al prefecto. Pero luego, en el martirio, que también sabemos cómo fue, porque recordamos que fue asado vivo. También en su martirio, Lorenzo conserva esa actitud, le dice al prefecto. Bueno, ya me pasaste por este lado, abrázame por el otro lado. Esa actitud de fortaleza, ese no dejarse intimidar ni arrodillar por los poderes de este mundo fue algo que le dio una fuerza maravillosa a aquellos cristianos. La persecución de Valeriano acabó y el cristianismo siguió creciendo.

No es de extrañar que unos, unas pocas décadas después, esa clase de locura cesará y nos encontráramos con un emperador completamente diferente. Constantino, el cual erigió una basílica en el lugar del martirio de Lorenzo, allá en las cercanías de Roma. La gente percibió en Lorenzo no solamente un valiente, sino sobre todo un testigo, un testigo de que el señorío de Cristo va más allá de las iniquidades, las astucias y las arrogancias de los poderes de este mundo. Pero sobre todo, vio en Lorenzo una persona que vivió su vocación hasta el fondo. Se supone que el diácono es ministro en la caridad y es ministro en la liturgia. Diácono que vivió su vocación hasta el fondo. Digo, porque hizo de su propio cuerpo una hostia, una víctima.

Su muerte fue una liturgia y su muerte fue también un profundo acto de caridad. Al hablar de esa manera, alimentó la fe del pueblo. Así que se pudo cumplir lo que dice el Evangelio de Juan. Es decir, que el grano de trigo cayó en tierra y murió, pero dio muchísimo fruto. En nuestra época necesitamos gente que comprenda los asedios de los poderes de hoy. ¿En qué consiste la arrogancia del mundo hoy? Hay gente que anda por ahí buscando si el círculo de Bilderberg o si los judíos, o si los masones que tal vez se reúnen por allá en un club o en un hotel, en Nueva York o en Sidney o donde sea. Y allá hay un anticristo que como Valeriano, decreta que hay que hacer en un país o en otro. Son teorías de conspiración que existen hoy.

Y hay gente que es experta en seguirle la pista a esos hilos. Muchas veces grises, brumosos, ambiguos. Mi opinión personal es que no se trata tanto de ese tipo de persecución. Yo no perdería tiempo buscando el equivalente a Valeriano en nuestra época. Pero eso no significa que el mal haya dejado de ser arrogante, ni tampoco significa que el mal haya dejado de ser inteligente. Entonces, me parece que más que buscar al Valeriano de hoy para denunciarlo, lo que hay que hacer es detectar ese tipo de arrogancia. Y esa arrogancia es la que parece repetirnos que el mal, lo que nosotros sabemos que es malo, se impone en un sitio y en otro, y en otro y en otro. Como diciendo no les va a quedar ningún sitio para vivir su puerca fe. Eso es lo que nos escupe el demonio hoy. Ustedes no podrán vivir su fe en ninguna parte, porque todo está en mi poder.

Acuérdate que en las tentaciones que tiene Cristo en el desierto, una de las versiones dice que el demonio le dice a Cristo: Aquí están todos los reinos del mundo y todos se me han entregado la típica soberbia satánica, pues con esa misma soberbia y arrogancia nosotros vemos avanzar el mal en muchas cosas. Yo creo que los periódicos se gozan en reportar noticias como ya se aprobó el aborto aquí y ya se aprobó acá y ya se va a aprobar aquí y no te va a quedar un solo lugar porque todo es mío. Uno alcanza a sentir la voz asquerosa del demonio diciendo aquí reino yo y aquí también y aquí también. Y todo es mío y no te va a quedar donde predicar tu evangelio. Lo mismo sucede con esa especie de imperialismo, con esa especie de avasallamiento gay en el que nos encontramos en todas partes. Es decir, hay mucha gente, incluyendo muchos religiosos, que sienten no, ya esa batalla se perdió, ya eso en todas partes van a terminar aprobando, ahí no hay nada que hacer. Mejor dicho, vayamos aprendiendo el modo y manera y el torcidito de brazo, porque tarde o temprano nos va a tocar. No hay nada que hacer. Ya esa batalla se perdió. Ese es Valeriano.

Valeriano es ese el que quiere que uno diga ya no hay nada que hacer. Cuando la gente suelta esas exclamaciones es que todo es plata. Ese es Valeriano. Cuando la gente dice: Ya los matrimonios no duran, hoy todo es desechable. Ese es Valeriano. Cuando se considera imposible la perseverancia, cuando se considera impensable la santidad. Esa es la voz de Valeriano. Y eso es lo que tienen que luchar los lorenzos de hoy. Por supuesto que yo quisiera ser uno de ellos. Con esa convicción, Él sabía lo que le iba a pasar. Pero hay algo muy hermoso que dice la oración colecta de la misa de hoy, habla del amor ardiente de Lorenzo. O sea que Lorenzo venció el fuego con fuego, cómo ardía en él un amor tan grande, el amor que él tenía, es decir, la llama que había en él, era más potente que las llamas del prefecto, por eso venció. Permita Dios que de este altar salgan esas llamas para nosotros, para que no seamos de los tontos que se rinden, que doblan la rodilla frente al Valeriano del siglo veintiuno para decir pues sí, hubo una época en que más o menos se podía. Hoy no se pudo, entonces acostumbrémonos y acomodémonos.

Que resuenen más bien en nuestros oídos las mismas palabras que resonaron en los de Lorenzo. Esas palabras del capítulo doce de Romanos Convertíos por la renovación de vuestra mente. No os acomodéis a este mundo renovaos. Eso tiene que estar en nosotros. Ya se sabe lo que quiere el mundo, ya se sabe. Siempre ha repetido los mismos estribillos. Pues no te dejes, renueva tu mente, renueva tu corazón con el fuego del altar.

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