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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cuando el diácono Lorenzo mostró a los pobres como tesoro de la Iglesia, la profundidad de sus palabras escapó a sus oyentes.
Homilía slor008a, predicada en 20120810, con 10 min. y 9 seg. 
Transcripción:
La fiesta de hoy, hermanos, nos transporta a una época y a un lugar muy diferentes. Lorenzo vivió en el siglo tercero. El contexto es el Imperio romano y de hecho fue allí, en la ciudad de Roma, donde ejerció su ministerio, primero a través de la caridad y después con la entrega de su propia vida. Fue diácono, palabra que quiere decir precisamente servidor. Y es importante recordar que en aquel tiempo, en nuestra Iglesia Católica, los diáconos eran los inmediatos colaboradores de los obispos. Podríamos decir algo así como sus secretarios. El obispo de Roma, al que llamamos y es el Papa, tenía también sus diáconos. La costumbre por aquella época era que este obispo de Roma, el Papa, tenía siete diáconos, sus colaboradores inmediatos, y uno de ellos era Lorenzo. Como es natural, las tareas de estos servidores o diáconos eran distintas y en el caso de Lorenzo, lo suyo era la distribución de los bienes a los pobres. Podríamos decir que él era el ministro de caridad en la Iglesia de Roma en aquel tiempo. Eso explica por qué aparece la primera lectura de hoy, que habla precisamente de la generosidad en el dar. Lorenzo tenía a su cargo una gran multitud de pobres. Y por ese encargo despertó la atención. Luego la mirada, luego la antipatía y finalmente la persecución de las autoridades del Imperio. Había ciertamente hostilidad entre el imperio y la fe cristiana. Desde antes y también para después. Pero este tema del dinero como que abrió la voracidad y el interés de las autoridades. Cayeron primero sobre el Papa mismo que murió mártir. Era el Papa Sixto. Unos días después cayeron sobre Lorenzo. La ocasión, según cuentan antiguos escritos, fue que el prefecto de la ciudad de Roma le dijo que dónde estaban los tesoros de la Iglesia. Es posible que Lorenzo le hubiera dado un buen soborno. Pues el prefecto lo deja tranquilo. Pero no fue eso lo que hizo este diácono ejemplar. Le dijo: En tal día te voy a mostrar los tesoros de la iglesia. Y ese día era el día en que se reunían los pobres para recibir su ayuda, su limosna. Y Lorenzo, después de conducirlo por unas salas o pasillos o corredores, le llevó al Gran Comedor donde estaban todos estos necesitados, todos estos pobres, y le dijo: Estos son los tesoros de la Iglesia. Por supuesto, la respuesta exasperó a la autoridad romana, que entonces decidió acabar con él. Según se dice, fue asado vivo, una muerte horrorosa que se quería que fuera ejemplar. Que se aprenda que nadie se burla del Imperio. En efecto, la muerte de él fue ejemplar, pero no en el sentido que querían los romanos de ese tiempo. Fue ejemplar porque quedó grabada en la memoria de aquella comunidad cristiana. Los mismos que habían recibido tanta caridad de sus manos, los mismos que habían recibido tanto amor de su corazón y su sonrisa, entendieron que ahora Lorenzo, quemado vivo, estaba ofreciendo una última y maravillosa limosna, una última y perfectísima ofrenda. Y por eso la memoria de este diácono quedó tan impresa en el pueblo cristiano que muy pronto empezó a celebrarlo como es debido, con la condición de mártir unido al Rey de los mártires, unido a Cristo. Qué hermoso mirar a los mártires desde este ángulo, como aquellos que han ofrecido la mejor limosna, como aquellos que han entregado todo. El testimonio de Lorenzo nos recuerda varias cosas aquella frase que parece pura ironía. Que los pobres son el tesoro de la Iglesia. En realidad viene a convertirse en una interpretación de la otra frase que dijo Cristo en el Evangelio: Pobres tendréis siempre con vosotros. Con mucha frecuencia se mira esa frase de Cristo como si fuera pura resignación, como si fuera el anuncio derrotista de la imposibilidad de mejorar el mundo. Quizás no es eso, o no es solamente eso la pobreza del ser humano, su indigencia. Es algo triste, pero es también la puerta por la que entra el amor divino. Las limitaciones y pobrezas del ser humano son también las ocasiones preciosas para descubrir la ternura de Dios. Cuántas personas que han tenido una verdadera conversión, si les preguntamos, nos van a repetir la misma historia. Yo había tocado fondo. Yo ya no sabía a dónde ir. Nuestras enfermedades, nuestras crisis, incluso nuestros propios pecados. Que no hay mayor miseria que el pecado suelen ser esas grietas por donde empieza a entrar el aire fresco del Espíritu por donde se desliza la luz de la gracia. Eso que sucede en cada vida humana, eso sucede también en la sociedad humana. Y por eso el verdadero tesoro. Esto lo vio con claridad un hombre como Francisco de Asís o la contemporánea suya Clara, Clara de Asís. La necesidad y la indigencia son el gran tesoro. A veces uno se disgusta por lo que no puede. A veces uno reniega de las imposibilidades o de los límites que le ha traído la vida. Y uno protesta porque no tiene la salud que quisiera, porque no tiene el vigor que quisiera, porque no le llegan las oportunidades que quisiera. Si las frases de Lorenzo es cierta, quizás deberíamos ver en nuestras propias necesidades un reflejo y una puerta que nos conduce hacia aquel que por nosotros se hizo pobre para que nos enriqueciéramos. Como dice San Pablo en su carta a los Corintios, si tomamos en serio la frase de Lorenzo, en vez de dedicarnos solo a protestar porque algunas cosas salen mal o porque tenemos necesidades, quizás hasta podemos ver en ellas una prolongación de las llagas redentoras de Cristo y ocasiones preciosas para dejar nuestra arrogancia y para despertarnos a la misericordia. Que así lo conceda a Dios por intercesión de Lorenzo, diácono y mártir. Amén.

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