Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El contexto histórico de san Lorenzo, diácono y mártir, nos obliga a preguntarnos por qué resultaban tan incómodos los cristianos.

Homilía slor006a, predicada en 20110810, con 35 min. y 42 seg.

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Transcripción:

Mis hermanos, quiero trasladarme con ustedes a los tiempos del Imperio Romano y quiero recordar junto con ustedes las condiciones del martirio de este gran hombre, San Lorenzo. Desde muy antiguo la Iglesia lo recuerda y lo celebra. Y si nosotros hoy tenemos una fiesta de San Lorenzo es porque desde esa época, desde hace mil setecientos años y un poco más, cristianos han visto en este Lorenzo un testimonio del Evangelio. Pero el día de hoy quisiera sobre todo asomarme a esta pregunta ¿Por qué las persecuciones? Ya dijimos cómo fue martirizado San Lorenzo. Según la tradición, fue puesto sobre una parrilla y quemado vivo. Es una cosa horripilante y lamentablemente no es el único caso. La tortura, el encarcelamiento, el arrojar cristianos a las fieras era parte de, podríamos decir, la costumbre dentro del Imperio. No es que todo el tiempo hubiera persecución contra los cristianos, pero sí hubo como varias rachas.

Hubo como oleadas de persecución muy fuertes. En una de ellas murió Lorenzo. Y entonces viene la pregunta ¿Por qué el Imperio Romano? ¿Por qué tenía tanto fastidio con los cristianos? Y luego viene otra pregunta ¿Qué tiene para enseñarnos a nosotros, cristianos del siglo veintiuno, algo que sucedió en el siglo tercero? Entonces vamos con la ayuda del Señor a abordar esas dos preguntas. Es un tema interesantísimo este de las persecuciones. Son muchas las personas que se han hecho las mismas preguntas que nos estamos haciendo hoy. Y recogiendo información aquí y allá. He llegado a tres puntos. Podemos decir tres respuestas sobre por qué la persecución a los cristianos. Ante todo, el asunto es sorprendente porque el Imperio Romano era bastante tolerante en materia de religión. Los romanos no solían meterse con temas de religión. Así, por ejemplo, vemos en el libro de los Hechos de los Apóstoles que un funcionario de estos no sabe qué hacer cuando le presentan el caso del apóstol San Pablo, que es acosado por sus compañeros de raza, es decir, por otros judíos. Los judíos acusan a Pablo y lo presentan como un reo ante un funcionario romano. Y el romano dice mire, yo no quiero meterme en asuntos de religión. Además, estos romanos habían conquistado la mayor parte del mundo, conocido por lo menos en Occidente. Todo lo que llamamos el mar Mediterráneo estaba bajo dominio de ellos, desde el norte de África y luego el sur de España y Francia e Italia. Lo que hoy corresponde a Croacia, Grecia, Turquía, Siria, Egipto, Libia. Todo ese terreno pertenecía a los romanos.

Es obvio que llegando a tantos lugares se habían encontrado con muy diversas religiones y no tenían fama los romanos de andar persiguiendo esas otras religiones. Su enfoque sobre lo que es el dominio de una región era un asunto bastante práctico. Ellos dejaban las costumbres de cada pueblo tan intactas como fuera posible. Y esto incluía la religión. Lo que pedían eran tres cosas. Primera, que se pagarán impuestos. Eso es obvio. Segunda, que esa región debía admitir como gobernador a un romano o a uno que fuera aprobado por los romanos. Y tercero, que esa región debía permitir la libre circulación de las tropas, es decir, de las legiones romanas. Eso era todo lo que ellos pedían. Era un enfoque bastante práctico. Simplemente, Ustedes nos pagan impuestos a nosotros. Simplemente nosotros determinamos quién gobierna. Y ustedes permiten que nuestros ejércitos pasen a través de sus tierras. Y eso incluye, por supuesto, el control de toda posible revuelta o rebelión. No era demasiado pedir.

Además, el Imperio ya tenía su tiempo de haber avanzado y acogía en su seno a judíos. Los judíos no fueron demasiado perseguidos, aunque sí hay precedentes de persecución a los judíos. Se ve que ya los judíos resultaban una nación bastante incómoda para los romanos. Y aquí estamos en la pista para responder a nuestra pregunta. Yo creo que el principio de la respuesta está en la palabra politeísmo. Como seguramente sabemos, esa palabra quiere decir tener varios dioses o tener muchos dioses. Pues mira, si una persona es politeísta y se encuentra con otro politeísta, es muy difícil que haya discusión. Yo tengo unos dioses. Tú tienes otros dioses. Pues tus dioses son mis dioses. O como hicieron los romanos con los griegos, empezaron a encontrar equivalencias entre los dioses griegos y los dioses romanos. Así, por ejemplo, los griegos hablaban de un Dios llamado Zeus. Y entonces los romanos dijeron Ah, ese es nuestro Júpiter. Júpiter. Los griegos tenían la esposa de Zeus, que se llamaba Hera, escrito con H. Y entonces los romanos dijeron, Eso corresponde a Juno, la esposa de Júpiter. Y así fueron encontrando equivalencias. Entonces el Hermes de los griegos se volvió el mercurio de los romanos. Y así con prácticamente todas las divinidades.

En cambio, cuando se llega a los judíos la cosa es mucho más incómoda, porque los romanos tenían todo un panteón. Esa palabra quiere decir una multitud de dioses o una totalidad de dioses. Entonces llega un romano a hablar con un judío y resulta que el judío plantea las cosas de un modo totalmente distinto. Para el judío, todos esos no son dioses, son mentiras, son ídolos, son engaños, son demonios. Entonces el romano se sentía ofendido. Porque resulta que aunque los romanos no tenían una religión basada en una convicción del corazón, sí que eran personas muy supersticiosas. Y ellos creían que la religión era un asunto de mantener contentos a los dioses y que, por consiguiente, había que ofrecer ciertos rituales. Había que tener ciertas costumbres, no porque hubiera una relación de afecto, de amistad, de cercanía con esos dioses, sino más bien como una manera de tener controladas las fuerzas de la ira o del disgusto de esos dioses. Era un asunto supersticioso. Los romanos eran muy supersticiosos, como suelen serlo las personas politeístas. De hecho, el politeísmo tiene mucho que ver con la superstición, porque ese continuo agregar nuevos dioses, es una manera de preguntarse siempre ¿Será que habrá algún Dios que se me ha olvidado? ¿Será que me falta alguna creencia, algún ritual? ¿Qué tal que algún dios esté bravo conmigo? ¿Qué tal que esté dejando de hacer algo que yo debería estar haciendo para que me fuera bien en la vida? El politeísmo va unido a la superstición y el politeísmo va unido a la magia. Julio César, por ejemplo, consideraba que él era descendiente después de muchas, muchas generaciones, muchísimas. Era descendiente de la diosa Venus. Eso quiere decir que si yo tengo esa alianza con esa diosa, pues a mí me tiene que ir bien en la vida, porque yo tengo un poder, un poder que me está respaldando.

El politeísmo se vuelve superstición y el politeísmo se vuelve magia. Pero cuando llega el politeísta y se encuentra con el monoteísta, el que cree en un solo Dios, ahí no hay diálogo posible. El politeísmo romano podía dialogar con el politeísmo griego y todos tan contentos. El politeísmo egipcio podría hablar con el politeísmo babilonio y todos contentos. Pero el politeísmo no puede hablar con el monoteísmo. Y por eso los judíos eran considerados como gente rara y gente peligrosa. Sobre todo, había claridad en algo. Si el imperio llega a caer en manos de estos monoteístas, entonces se van a dejar de ofrecer los sacrificios a los dioses tutelares, es decir, los dioses que cuidan el imperio. Y si se dejan de ofrecerlos a Dios, los sacrificios a los dioses, entonces la buena suerte del Imperio Romano se va a dañar y el Imperio va a colapsar. Así pensaban los romanos. Entonces vemos, por ejemplo, a finales del siglo, cuarto y comienzos del siglo quinto, vemos que las derrotas militares del Imperio Romano eran atribuidas a los cristianos. Hay una obra muy importante del siglo quinto, escrita por otro gran santo. Ese hombre se llamaba Agustín. San Agustín. Lo llamamos San Agustín de Hipona. San Agustín tiene dos obras que son muy conocidas. Una se llama Las confesiones, que es una historia de su propio camino de conversión y de encuentro con Dios. Una obra muy profunda que es como una exploración interior, una obra única en la historia de la humanidad. La otra obra de San Agustín se llama La ciudad de Dios. Y en esa otra obra que escribió Agustín en el ocaso de su vida, él murió en el año cuatrocientos treinta. Agustín examina una idea que tenían los romanos de aquella época y la idea que tenían es: Si nos está yendo mal es porque estos desgraciados cristianos están pervirtiendo la fe de la gente. Están acabando con los sacrificios a los dioses.

Y a medida que desaparecen los sacrificios a los dioses, los dioses nos están dejando de proteger y por eso las hordas de tribus paganas están haciéndonos tanto daño. En el año cuatrocientos dieciséis, Roma fue invadida por paganos y entonces se multiplicaron las acusaciones contra los cristianos. Pero ese fastidio hacia el cristianismo y ese fastidio hacia el monoteísmo ya venía desde antes. Entonces ya encontramos por lo menos una causa por la cual los cristianos eran tan fastidiosos para los romanos. En la medida en que se predica que hay un solo Dios, es difícil hablar con el politeísmo. En la medida en que se predica que hay un solo Dios, desaparece la superstición. Y a medida que desaparece la superstición, desaparecen las costumbres que los romanos consideraban mágicamente como salvaguarda del mismo imperio. Pero hay otro problema con los cristianos. Resulta que los romanos, como toda sociedad organizada, tenían su modo de permitir asociaciones. Había el derecho de asociación consagrado por el derecho romano. Pero los romanos permitían asociaciones dentro de las clases y grupos ya establecidos en el imperio. Es decir, hombres podían asociarse con otros hombres, mujeres con mujeres, ciudadanos, es decir, los que eran libres con otros ciudadanos, esclavos con otros esclavos. Se podía tener asociaciones de esclavos, pero los esclavos tenían que asociarse sólo con otros esclavos. Es decir, la sociedad romana era una sociedad supremamente estática. Cada uno tenía que asociarse solo con sus iguales.

Pero nosotros leemos en el Nuevo Testamento una cosa muy distinta. Tal vez puede sonarte familiar aquel texto del apóstol San Pablo cuando dice: Ya no hay esclavo ni griego. Ya no hay esclavo ni libre, ya no hay griego ni escita, ya no hay hombre ni mujer. Todos somos uno en Cristo Jesús. Ese lenguaje era escandaloso para los romanos. ¿Cómo se va a decir que todos somos de los mismos? No somos de los mismos. Imagínate que en algunas ciudades del Imperio Romano, un noventa por ciento de la población eran esclavos. Esos esclavos estaban bajo dominio inmediato y directo de sus respectivos amos. El derecho romano estaba escrito de tal manera que si una persona. Cogía a su esclavo robándole algo, podía castigarlo en la casa de la manera que considerara. Eso incluía la tortura y la muerte, es decir, el dueño de casa, lo que los romanos llamaban el pater familias. El dueño de casa tenía la autorización de ser como una especie de rey o tirano dentro de su casa, y por consiguiente, los esclavos que tuviera en su casa eran su propiedad y podía manejarlos y podía disponer de ellos y podía hacer con ellos lo que quisiera, literalmente lo que quisiera. Los trataban como si fueran cosas. Incluso un hombre tan inteligente como el griego, o mejor dicho, el macedonio, Aristóteles decía: Un esclavo es un instrumento con vida, es una cosa que tiene vida.

Pues el Imperio Romano en algunos lugares tenía un noventa por ciento de población de esclavos. Estos esclavos para ser mantenidos, para tenerlos en esa posición de subyugación, para tenerlos ahí trabajando sin ninguna esperanza de retribución real. Había que mantenerlos distantes y asustados. El sistema de la esclavitud en Roma, lo mismo que en muchas otras sociedades, estaba basado en el miedo. ¿Cuál era el recurso de los romanos para aumentar, para conservar y aumentar el miedo? Pues el castigo. ¿Cuál era el castigo de los esclavos rebeldes? La cruz. La cruz, lo que sufrió Jesucristo. Así se trataba. Un esclavo rebelde. Cuando un esclavo llamado Espartaco. Dirigió una revuelta junto con otros miles de esclavos. Una revuelta que no tenía esperanza real de victoria. Pero en todo caso una revuelta muy grande y que implicó una respuesta militar fuerte de parte de los romanos. Porque hubo que enviar legiones para pelear contra un ejército de esclavos. Cuando eso sucedió y Espartaco y sus secuaces fueron vencidos. ¿Cuál fue el castigo? El castigo fue crucificarlos. En el camino más importante, lo que hoy llamaríamos la autopista más importante del Imperio, que era la Vía Apia. Crucificaron a miles. Cada diez o quince metros ponían un poste y ahí clavaban una persona. Otros diez metros, ahí clavaban otro esclavo, otros diez metros, otro esclavo. Así mataron a miles de esos esclavos que por supuesto, duraron agonizando horas o incluso días. ¿Cuál era el objetivo de un castigo tan horroroso? El objetivo era mantener en el miedo a los esclavos, porque el sistema económico romano era impensable sin los esclavos. Los esclavos eran la mano de obra barata. Los esclavos eran los que sostenían el imperio. Y llegan estos cristianos. Y en las reuniones de los cristianos, como lo que tenemos ahora, esta hermosa Eucaristía, llegaban todos. Todos se revolvían los esclavos con los libres. Pero qué es ese desorden.

¿Cómo se les ocurre mezclar esclavos con libres? Cómo es posible que llegue el momento de la paz. Y se abrazan y se dan el beso de la paz, todos. ¿Cómo hacen eso? Era un escándalo. ¿Cómo revuelves a los jóvenes con los ancianos? Tú sabes qué significa la palabra Senado. Senado viene de Senex en latín. ¿Qué quiere decir? El anciano, el viejo. Los ancianos tenían su lugar y su autoridad. El anciano no se mezcla con el joven. El joven no se mezcla con el anciano. El hombre tiene unos privilegios que no se deben mezclar con los de la mujer. Los esclavos tienen su forma de vida que no se tiene que mezclar con los ciudadanos. Pero en las asambleas cristianas se mezclaban todos y esto causa horror a los romanos. ¿Qué puede salir de ese revuelto? ¿Qué puede salir? ¿Qué respeto puede tener un esclavo que recibe el abrazo de la paz? Si mi amo me da un abrazo, entonces yo soy igual a él. Entonces, dónde queda el miedo. Y si tu esclavo no te teme, entonces tu esclavo no te va a obedecer. Así pensaban los romanos. Entonces llevamos dos causas por las que los cristianos eran fastidiosos, estorbosos en el Imperio Romano. Primera, porque esa idea del monoteísmo era una idea absurda que ponía en peligro las costumbres y las supersticiones de los romanos. Si dejamos que estos cristianos ganen terreno, se van a dejar de ofrecer los sacrificios a los dioses. Nos va a empezar a ir mal, vamos a tener mala suerte.

¿Y ustedes saben una cosa? Hay gente que cree así, en nuestra época. Yo he oído con estas orejas y con estos oídos he recibido la siguiente información de gente que vive en unión libre, es decir, que no se casan. Se vive mejor así porque es que uno se casa y le va mal. Supersticiosos. Dignos del Imperio Romano, indignos del reinado de Cristo. ¿Cómo vas a decir que Cristo va a dañar el amor que tú tienes por tu mujer, o el amor que tú tienes por tu esposo? Pero hay gente que es así, supersticiosa. Eso se llama superstición. Supersticiosos. Los romanos entonces eran supersticiosos y veían en el cristianismo una amenaza. En segundo lugar, el cristianismo era fastidioso porque ser cristiano implicaba mezclarlo todo. Eso de andar mezclando gente es muy peligroso. Sobre todo es peligroso mezclar a los libres con los esclavos. Se va a acabar el sistema de miedo, se va a acabar el miedo. Y si se acaba el miedo, se acaban los esclavos. Y si se acaban los esclavos se daña el sistema.

Es muy interesante ver que el cristianismo acabó con la esclavitud. Pero acabó con la esclavitud, no a la manera de Espartaco. Violencia con violencia, sino acabó con la esclavitud por la vía larga, pero mucho más segura de la persuasión, la fraternidad y el amor. Y eso fue lo que sucedió. Hay una tercera razón por la que el cristianismo tenía que resultar muy fastidioso, terriblemente fastidioso. El cristiano plantea el problema de la verdad. ¿Qué es lo verdadero? ¿Qué es lo verdadero? Y resulta que la mente humana tiene grandes dificultades para aceptar la verdad cuando vive en una cosa que se llama el pecado. El mismo Agustín dijo en alguna oportunidad: Solo niega a Dios aquel que no le conviene que Dios exista. Entonces, abrirse a la verdad es abrirse a la exigencia moral. Abrirse a la verdad es abrirse al bien. Pero el bien verdadero, el bien iluminado por la verdad, es un bien exigente. El bien verdadero es un bien que denuncia nuestros muchos pecados. Y eso es grave en una sociedad que se acostumbra a vivir del pecado y a vivir en el pecado. La vida humana era simplemente algo para gastar. Lo que hemos dicho de los esclavos se aplicaba no únicamente a ellos.

Yo les cuento una anécdota: Cuando un ejército romano perdía una batalla, no era simplemente perdieron una batalla, era humillaron al imperio. Ustedes son culpables de haber humillado al imperio y tienen que pagar por habernos humillado a todos. Entonces, cuando una legión romana perdía una batalla, era tradicional lo que se llamaba diezmar ese ejército. ¿Y que era diezmarlo? Diezmarlo consistía en poner en fila a los soldados e ir contando de uno a diez. Y al que le tocó el número diez sale y al que le tocó el número veinte sale y al que le tocó el número treinta sale. ¿Y qué se hace con esos? Se les mata. Normalmente se les mataba de un modo espantoso. Por ejemplo, tirándolos de lo alto de un acantilado a que se despedazaran abajo. Ese es el miedo. ¿Y para qué se necesitaba eso? Para que cuando un soldado romano estuviera en la batalla, entendiera: Yo tengo que ganar esto, porque si yo no gano esto, después ya sé lo que me viene. Pero por supuesto, esa manera de imponer el miedo y esa manera de imponer la tortura son simples abusos.

En la medida en que tú traes la luz de la verdad, en la medida en que tú traes esa verdad que trae Cristo, esa verdad que habla del valor de cada ser humano, porque eso es lo revolucionario que tiene el cristianismo, el valor del ser humano, de cada ser humano. En la medida en que tú traes ese mensaje, ya no puedes utilizar las técnicas cómodas de los abusos de poder o del miedo. Mao Tse-Tung impuso una forma de comunismo porque el comunismo tiene distintas versiones una forma de comunismo en China. Esta es una anécdota que es bien conocida, pero es necesario repetirla. Ustedes saben cómo ganó sus batallas Mao Zedong, matando gente. Digamos que había, por ejemplo, un poblado que estaba defendido por dos punto quinientos soldados fieles al emperador. China tenía emperadores. Antes de Mao Zedong, China tenía su emperador. Fue el nombre que le dieran ellos. Entonces había un poblado que era defendido por dos mil quinientos soldados fieles al emperador. ¿Cómo ganaba Mao Tsetung ese pueblo? Enviaba cien mil campesinos casi desarmados a pelearan. Qué suerte le esperaba a esos campesinos armados con azadones, con palos, con pedazos de lanza, con espadas improvisadas. Iban a morir. Iban a una muerte segura. Entonces los dos mil quinientos que estaban ahí empezaban a matar. Y mataban mil, dos mil, cinco mil, diez mil. Pero en algún momento se le tienen que acabar las municiones o en algún momento se tienen que cansar o en algún momento tienen que dejar de llegarles refuerzos. Después de matar, las cifras son inventadas, pero no son irreales. Después de matar treinta mil o cuarenta mil personas, ya no tienes más que hacer.

Entonces a Mao Tsetung le costaba cuarenta mil personas ganar ese puesto que estaba defendido por dos mil quinientos. Parece una gran pérdida, no. Entonces le preguntaron a Mao Tsetung si él no consideraba que eso era perder demasiada gente. Y él decía Cuarenta mil. Cuarenta mil, los hacemos en una noche. Para él eran ganado. Los imperios, los tiranos, son siempre homicidas. El ser humano. El individuo, no interesa. A éste lo reemplazó por otro. Lo maravilloso, la verdad maravillosa que trae el cristianismo. Y es la verdad revolucionaria. Y es la verdad por la que pelea el Papa y por la que peleó yo y por la que pelean todos los sacerdotes que amamos nuestra fe católica y todos los obispos. Es que cada ser humano vale la sangre de Cristo y esa es la verdad más revolucionaria que te puedas imaginar.

Porque entonces ya no se puede abortar, así diga lo que se le dé la gana el Congreso no se puede abortar porque lo que tú tienes en tu vientre, querida mujer, es un ser humano distinto de ti. Todos los argumentos que en Estados Unidos se llaman pro-choice no son pro-choice porque ellos dicen que son derecho a elegir. ¿Y quién les dio derecho a elegir al que estaba dentro de esa barriga? Ese no tiene derecho a elegir. Ya se eligió la muerte para él. Y no vengas a decir que es un derecho de la mujer, porque lo que ella tiene adentro no es ella. Tú creciste en el vientre de una mujer, lo mismo que yo. Y tú no eres tu mamá. No. Tú tienes un ADN distinto de tu mamá. Tú eres distinto de ella. Tu mamá nunca fue dueña de ti. Nunca. Nunca. Tu mamá fue dueña de ti. Nunca. Tu mamá te tuvo a ti. Pero tu mamá no fue dueña de ti nunca. Por eso la iglesia jamás puede ceder en estas cosas. Y aquí llegamos a la segunda pregunta que nos habíamos planteado. ¿Qué tiene para decirnos el cristianismo del siglo tres a nosotros? Lo que tienes un mensaje maravilloso, un mensaje lleno de fuerza, un mensaje lleno de alegría y un mensaje que denuncia las mentiras de nuestro tiempo.

Y ese mensaje hoy en el siglo veintiuno, es el mismo mensaje que estaba en el siglo tercero. ¿Por qué murió San Lorenzo? Lorenzo murió porque Lorenzo era el que administraba el dinero, los bienes de la diócesis de Roma en favor de los pobres. Esa gente que era basura para los grandes del Imperio. La basura humana. Los que no contaban, esos eran el tesoro. El prefecto, que es como decir el administrador de los bienes de la ciudad de Roma, fue donde Lorenzo, que era el que administraba los bienes de la iglesia en Roma y le dijo: Dame los tesoros de la iglesia. Y Lorenzo le dijo: Hoy no puedo, pero ven tal día, vamos a suponer el próximo lunes. Y efectivamente, el prefecto volvió a ese día correspondiente. Bueno, vengo por lo que me dijiste. Vengo por los tesoros de la Iglesia. Y entonces Lorenzo lo llevó allá por unos corredores y lo llevó al lugar donde estaba el comedor de los pobres y le dijo: Mire, estos son los tesoros de la iglesia. Y el administrador, el prefecto de Roma, montó en cólera. Y esa es parte de la rabia que llevó a que lo torturaran hasta matarlo. Pero lo que dijo Lorenzo es totalmente cierto. ¿Sabes una cosa? Tú, que estás hoy aquí, tú eres el tesoro de Dios. Querida niña. Qué estás hoy aquí. Querido niño, que estás hoy aquí y anciano y enfermo y cansado, adulto, hombre, mujer, inmigrante, emigrante, con papeles, sin papeles. Tú eres el tesoro precioso de Dios. Eso es lo que tú vales. Tú vales sangre de Jesucristo. Por ti, por ti está ese hombre en la cruz por ti. Ese es el mensaje del cristianismo. Y eso destruye todos los imperios, porque los imperios necesitan tratar al ser humano como Mao Tsetung se trataba a sus tropas. Cuarenta mil, cuarenta mil, los hacemos en una noche, como el que hace ganado, como el que hace perros o conejos o abejas.

El cristianismo no es así, como lo dijo sin cansarse el beato Juan Pablo Segundo: Eres único, eres irrepetible, eres precioso ante los ojos de Dios, eres el tesoro de la Iglesia. Lorenzo lo dijo y por decirlo lo mataron, porque eso fue lo que él dijo: Estos pobres, cada uno de estos que para ti no valen nada porque no pagan nada. Estos son nuestro tesoro. Aquí está el precio de la sangre de Jesucristo. Y así entendemos, mis hermanos, que aunque el Imperio Romano se acabó hace mucho tiempo, la lógica de esos imperios homicidas sigue. Y así entendemos, mis hermanos, que también hoy necesitamos a Lorenzo. También hoy necesitamos hombres y mujeres que sepan mirar al vientre de la mujer embarazada y decir ella lleva adentro suyo el tesoro de la humanidad y el precio de la sangre de Cristo. Que sepan mirar a ese que no tiene derechos ni tiene papeles, ni tiene trabajo, ni tiene escuela, ni tiene hogar y solo tiene hambre y solo tiene cansancio. Y sepan mirarlo y decir aquí está el precio de la sangre de Cristo. Necesitamos a Lorenzos que sepan mirar a ese anciano tirado en una cama, a esa abuelita a la que nadie saluda, a ese paralítico que ya no interesa ni parece valer nada y en vez de decir eutanasiemoslo. Sepan decir aquí está Cristo padeciendo. Este es el precio de la sangre de Cristo. Es el mensaje maravilloso que nos deja este Santo del día de hoy. Y yo les invito a que nos sintamos felices de pertenecer a la misma Iglesia y a la misma fe de este gran hombre. Bendito sea Dios. Amén.

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