Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Uno sólo es dueño de las cosas cuando empieza a regalarlas, a compartirlas.

Homilía slor004a, predicada en 20070810, con 19 min. y 53 seg.

Click derecho para descargar versión MP3

Transcripción:

Hermanos amados, hoy somos invitados a la generosidad, la alegría y el servicio. Tres palabras, tres virtudes que están estrechamente relacionadas. Es difícil encontrar la alegría cerca de los corazones egoístas o avaros. Es difícil encontrar el servicio cerca de las personas que se abstienen de compartir de sus bienes, porque, al fin y al cabo, el servicio no es otra cosa sino dar de nuestros talentos, dar de nuestro tiempo, dar de nuestros conocimientos o capacidades. De modo que estos tres están relacionados la generosidad, la alegría y el servicio.

Creo que todos queremos la alegría de una o de otra forma, pero no todos queremos servir y no todos queremos ser generosos. Y sin embargo, la puerta para una alegría verdadera está únicamente en el dar, porque uno siempre tiene algo que dar. No siempre, en cambio, encuentra quien le dé a uno. Por eso es tan sabia esa oración que se atribuye a la inspiración de San Francisco de Asís que yo no busque ser consolado, sino consolar, que yo no busque ser entendido, sino entender que yo no busque ser amado, sino amar. Porque la persona que está esperando ser amada será feliz muy poquitas veces, porque muy poquitas veces vamos a encontrar gente que nos exprese todo el amor que nosotros quisiéramos recibir. En cambio, la persona que está dispuesta a amar va a ser muy feliz porque va a encontrar muchísimas ocasiones de amar. Lo que trae la alegría a nuestra vida, es el paso del amor. Y el amor puede pasar de dos maneras. Puede pasar llegando hacia nosotros cuando alguien nos ama, o puede pasar saliendo de nosotros cuando nosotros amamos.

Pero la gran diferencia es que si yo me quedo esperando a que el amor me visite. Ahí puede pasar demasiado tiempo. Puedo caer en frustración, puedo caer en desesperación, puedo caer en una cantidad de patologías en mi mente y en mi espíritu. En cambio, la decisión de amar es así, está en mi mano. Yo no puedo decidir por los demás. Yo no puedo decidir que el mundo tiene que aceptarme. No puedo decidir que el mundo tiene que amarme. En cambio, yo sí puedo decidir que voy a amar. Yo sí puedo decidir que voy a entregar. Yo sí puedo decidir qué voy a dar. Este es el primer pensamiento de hoy. La relación que hay entre generosidad, servicio y alegría, y sobre todo, la conciencia de que eso está en nuestra mano. Es decir, nosotros podemos tomar la decisión de dar.

Pasemos entonces al segundo punto de esta reflexión. Muchas veces uno no cree que tenga nada para dar. Es impresionante cómo las personas, no importa en qué nivel económico se encuentren, siempre dicen estoy apenas, o si no dicen me falta mucho, no tengo muchos bienes, no puedo, apenas estoy pagando unas deudas. La diferencia es que la persona que es muy pobre está pagando las deudas para poder alimentarse. El que tiene un poco más está pagando las deudas para poder tener una vivienda. El que tiene un poco más está pagando sus deudas para poder tener un lujoso automóvil y el que tiene más también está pagando sus deudas para cubrir el último edificio que compró o el último yate que le gustó. Y todos sienten, estoy apenas pagando mis deudas. En realidad, esta es una trampa. Esta es una trampa del enemigo.

Porque cuando uno siente que apenas tiene para pagar las propias deudas, lo que está implícito es que no tengo nada para dar. A duras penas alcanza para mí mismo. Mi tiempo a duras penas da para solucionar mis necesidades. Mi dinero a duras penas cubre con lo más urgente de mi vida y de mi familia. Ahí hay un pretexto que viene de nuestro egoísmo y que tiene su raíz última en Satanás. Y ese es el pretexto que consiste en no des nada, porque fíjate que ni siquiera te alcanza para ti. Y lo mismo repiten todos. Y el que gana muchísimo dinero dice no, no, no, no puedo dar nada porque a duras penas alcanza para mí. Y sí, son duras esas penas. Efectivamente no tiene nada para dar porque todo lo gasta en sí mismo. Pero también podemos mirarlo de este otro modo. La persona dice no tengo nada para dar, no tengo alegría para dar, no tengo inteligencia para dar, no tengo talentos para dar. Y es verdad que no los tiene, no los tiene porque uno solo puede decir que tiene una cosa cuando puede disponer de ella.

Este florero hermoso, por ejemplo, ahí se tendrá que quedar. Yo no puedo disponer de él. Yo no puedo decirle Margarita, mira, llévate este florero. No puedo disponer de él porque no es mío. Cuando las personas dicen que no pueden disponer de su tiempo es porque en realidad no sienten que su tiempo sea suyo. Cuando la gente dice que no puede dar dinero es porque tampoco siente que el dinero es suyo. Y esta es una gran paradoja, porque suele suceder que las personas muy pobres son muy generosas. Eso quiere decir que las personas pobres en realidad sí tienen al dinero, mientras que muchas de las personas ricas no tienen al dinero. El dinero las tiene a ellas. El dinero se ha adueñado de ellas. El dinero se ha apoderado de ellas. Y esto que decimos del dinero, hay que decirlo de los demás bienes. Si yo tengo una gran inteligencia, pero esa inteligencia no está al servicio de mis hermanos, entonces yo no tengo mis ideas o mis conocimientos, sino que ellos se adueñaron de mí. Y con razón, entonces digo que yo no puedo dar esas ideas, no las puedo dar porque tampoco las poseo. Uno sólo posee aquello de lo que puede disponer.

Terminemos esta segunda parte de nuestra reflexión con una conclusión muy concreta. Uno solo puede empezar a disponer de las cosas cuando empieza a regalarlas. Es en el acto de donar cuando yo descubro lo que tengo. Es en el acto de dar, cuando caigo en la cuenta de todo lo que sí poseo. Y empezar, tomar la resolución de dar es tomar la resolución de agradecer lo que ya la vida me ha dado, lo que ya la sociedad me ha dado y sobre todo lo que ya Dios mismo me ha dado. Por eso, especialmente en los círculos protestantes, se ha puesto cada vez más de moda el diezmo. Nosotros miramos con escepticismo o miramos a veces con ironía, esa actitud de los protestantes. Pero probablemente los que estamos equivocados somos nosotros. Ellos recomiendan a menudo a una persona, no importa cuál sea su nivel de ingreso, no importa cuáles sean sus problemas. Asegure el diezmo y usted experimentará bendición. Pero hay una condición que es la que nos ha dicho San Pablo en la primera carta, en la primera lectura de hoy, tomada de su segunda Carta a los Corintios. Dalo, pero dalo con bendición. Da tu diezmo, pero con alegría. Acuérdate, generosidad, alegría, servicio. Hay que unir los tres. Da tu diezmo.

Y algunos predicadores protestantes que son así fogosos. Entonces le dicen a la gente pon a prueba a Dios, ponlo a prueba que no te va a dejar caer. Da lo que tienes, dalo con alegría, dalo. Yo puedo dar testimonio de eso. Un testimonio pequeño, en mi caso no del dinero., ciertamente no es esa mi fortaleza, pero sí puedo dar testimonio de lo que Dios ha hecho con mi tiempo y con las capacidades que ha querido darme. Durante este tiempo que he estado aquí en Colombia, he tratado de servir a todos los que he podido, a todos los grupos, a todas las comunidades. Me parece casi irreal la cantidad de cosas que he tenido en este tiempo y lo que me parece más irreal es que durante este mismo tiempo el Señor me ha concedido los minutos y las horas para terminar un capítulo de mi tesis de doctorado. Yo no entiendo en este momento, no entiendo a qué horas hice eso. No sé, pero hay veces que tengo menos trabajo, menos servicio a la gente y me rinde menos el tiempo y no puedo escribir tanto. Es decir, lo que yo tengo que hacer. Mi doctorado no camina tan bien en otras épocas en que estoy más desocupado. En esta época en que he estado agobiado de trabajo, con un retiro y otro retiro, y un congreso y otro congreso, y un grupo y otro grupo. En este tiempo, sin que yo pueda explicar cómo, porque materialmente no sé cómo explicarlo, ahí están las cincuenta y una páginas del capítulo terminadas. Cuando lo hice. No sé, no tengo ni idea, pero ahí está. Y he tenido esta evangelización y he tenido mi colaboración en el capítulo general y he tenido estos retiros y el Señor lo hace. Mi diezmo para el Señor es yo no puedo tomar esto y encerrarme en que no, no, no mi doctorado, mis estudios, mis cosas, yo tengo que acabar lo mío, lo mío no, yo no he hecho eso, yo he creído en esta palabra, yo he creído que si yo gasto de mi tiempo con alegría con ustedes y por ustedes y por otros grupos, y por otras personas. El Señor me va a dar tiempo y el Señor me lo da y no estoy enfermo, ni acabé loco ni nada, no, me siento bien. Hay un cansancio natural, pero estoy muy contento, estoy muy feliz.

Si quieres saber todo lo que tu posees, haz la prueba de dar. Si quieres saber cómo es de bonita tu casa, invita gente. Si quieres saber cómo preparas de deliciosos los alimentos dalos a otras personas. Si quieres saber cuánto calor hay en tu pecho, empieza a abrazar gente. Si quieres saber cómo es de bonita tu sonrisa, busca a los tristes y regálasela. Si quieres saber cuántos milagros se esconden en tus manos, empieza a acariciar a los pobres y a bendecir a los enfermos y empezarás a ver cosas maravillosas. Ayer estaba una señora en el teatro Minuto de Dios. Como no dieron espacio suficiente para testimonios, ella se acercó allá a la tarima y gritando decía: Pero yo tengo que decir que el Señor me sanó de un cáncer porque el Señor me sanó y yo sé que el Señor me sanó y a mí no me van a hacer callar porque el Señor me sanó. El Señor sanó. Por supuesto, ese no soy yo. Pero que el Señor sana, sana, que él hace sus obras prodigiosas. Yo no concibo eso que han vivido muchos católicos y que todavía siguen viviendo muchos católicos que tratan a la Iglesia como si fuera un museo. Es decir, aquí nosotros recordamos que hubo milagros en otra época, aquí nosotros recordamos que hubo predicación, aquí nosotros recordamos que hubo santidad. Ser católico no es tener vocación de cuidandero, de museo. Ser católico es creer que hoy la santidad sucede, hoy los milagros suceden, hoy el Espíritu transforma las vidas, hoy eso sucede, hoy. Pero no solo sucede hoy y mañana va a ser mejor.

Nuestra religión es una religión del futuro. Tiene una raíz honda en el pasado. Pero nuestra religión mira al futuro. Para mí, lo mejor de lo que yo voy a conocer de la Biblia todavía está por delante. Yo miro con amor los próximos quince o veinte años de mi vida, porque sé que lo que el Señor me va a mostrar de su Divina Palabra en estos años yo nunca lo hubiera podido imaginar en los años que tengo. Lo mejor está por venir. Nuestra religión es intensa y maravillosamente optimista. Nuestra religión sabe que esta palabra se cumple. Nuestra religión tiene conciencia de que el Señor no sólo no se repite, sino que cada vez mejora sus obras. ¿Tú quieres entonces saber todo lo que tienes? Pues empieza a darlo. Haz como Lorenzo, haz como Pedro Claver. Haz como Teresa de Calcuta. Haz como ellos. Aunque no tienes que ser la fotocopia de nadie. Empieza a ver todo lo que sucede.

¿Cómo era la vida de San Francisco de Sales? Una vida agobiada de trabajo, atendiendo personas de la mañana a la noche, resolviendo problemas doctrinales, formando sacerdotes, implementando el Concilio de Trento, haciendo maravillas. Y en medio de esa ocupación, escribiendo unos libros de vida espiritual que si a uno no le dicen que son de San Francisco de Sales, uno pensaría que fueron escritos en el reposo por allá de una casa de retiros quién sabe dónde. Y este hombre se acaba así. Así, de a cinco minutos y de a tres minutos y de a media hora iba escribiendo sus tratados. Por Dios, ¿En qué se te va a ti la vida?.

Mi hermano, el que me sigue esto, el que me antecede cumplió recientemente cuarenta y cuatro años de edad. Entonces nos mandó un correo electrónico a todos los de la familia. Y en su correo lo que venía era algo así como esto. No se preocupen en darme regalos. No, no es mi tema ni este correo tiene que ver con eso. Lo que quiero es compartirles una reflexión y esa reflexión que él quería compartir, compartirnos. Era edades de la gente. Entonces Santa Teresa del Niño Jesús, doctora de la Iglesia a los veinticuatro años, que creo que es como la edad suya. ¿No? Y así sucesivamente. Entonces él empieza a sumar. Él empieza a sumar y empieza a contar la historia de una cantidad de gente. A qué edad Einstein hizo su teoría de la relatividad. A qué edad Catalina de Siena escribió su tratado del diálogo. A qué edad. Y todas esas consideraciones sirven para tres cosas. La primera, para una profunda humildad, uno se da cuenta que no está haciendo nada. La segunda, para recuperar el sentido del humor. Uno tiene que aprender a reírse de uno mismo, porque la otra posibilidad es entrar en depresión profunda. Y lo tercero, esas consideraciones también sirven para que uno se dé cuenta que cada día es precioso, cada día es precioso. No es que los grandes genios o los grandes santos hayan tenido días de más horas, sino que desperdiciaban menos. No es que ellos recibieran más, sino que botaban menos.

Utilizaban cada hora como un regalo precioso del Señor. Un Lorenzo utilizaba cada hora, cada recurso, cada palabra, como un regalo del Señor. Yo te invito a que desde este mismo instante empieces a mirar tus minutos, tus horas, tus fuerzas, tus talentos, tu dinero, tu casa, tu capacidad, tu sonrisa, tu abrazo. Míralo como regalo que el Señor mantiene en ti. Regalo que el Señor continúa dándote y descubre antes de que sea tarde, esta alegría de la generosidad, esta alegría del servicio. Una última palabra sobre el Evangelio de hoy nos dice Jesús: El que quiera servirme, que me siga donde esté yo, allí también estará mi servidor. Eso no significa que nosotros nos encontraremos con Cristo únicamente allá al final, no, donde esté yo. Si uno va con Él, donde Él está, está uno, y donde uno está, está Él. Dicho con otras palabras, Jesús no te va a dejar solo en el acto de ser generoso, en el acto de dar, Jesús no te va a abandonar. Él está ahí acompañando cada regalo, acompañando cada acto de misericordia, acompañando cada cosa que tú das. Jesús está ahí, acompañando y santificando lo que tú haces. Por eso lo más hermoso de dar no son los panes o las monedas o las ideas. Lo más hermoso es que al darnos así, nos estamos asociando a aquel que se dio completamente. Nos estamos volviendo Eucaristía con él, nos estamos volviendo ofrenda con él. Vivir en esta actitud de darse es convertirse como en una hostia que camina por el mundo, que camina por las calles, que bendice esta tierra. Jesús no nos va a dejar solos. Jesús quiere Eucaristísarnos.

Recibamos hoy ese pan del cielo, recibamos este Cristo que no tiene ningún afán en irse de nosotros. Jesús llega, nos besa, se entra en nuestra vida, posee nuestro corazón, habita nuestra casa, habita nuestro cuerpo. Jesús no tiene afán de irse. Nosotros a veces sí tenemos afán. ¡Ay, que se acabe esta misa! ¡Ay, que se acabe este retiro! El que no conoce a Cristo obra así, piensa así. Pero Cristo, Cristo no tiene afán de irse. Cristo no tiene ninguna prisa. Quiere que desde ya vayamos conociendo cómo es eso de vivir para siempre en la gloria del cielo. Amén.

Publícalo en Facebook! Cuéntalo en Twitter!

Derechos Reservados © 1997-2025

La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico,
está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente:
http://fraynelson.com/.

 

Volver a las homilías de hoy.

Página de entrada a FRAYNELSON.COM