Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El martirio, la gracia de las gracias.

Homilía slor002a, predicada en 19980810, con 19 min. y 3 seg.

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Transcripción:

Lorenzo es uno de los diáconos más amados y venerados en la Santa Iglesia. Fue diácono de la Iglesia de Roma. Se distinguió por su generosidad y luego por la fortaleza en el terrible martirio del fuego. Lorenzo fue asado vivo. Y con este martirio, cumplió lo que significa esa palabra dio el supremo testimonio del amor a Jesucristo. Entregó sus cosas a los pobres por amor a Cristo y luego entregó su vida al mismo Cristo. Y de esta manera, con su vida y con su muerte, nos dejó un testimonio de cuánto puede la gracia de Dios. El mismo Dios que le concedió ser generoso en la vida, le concedió la suprema generosidad en la hora de la muerte. Y así también aprendemos nosotros que el que es generoso con los bienes de esta tierra también es generoso para entregar su resto. Entregarse entero a la hora de la muerte.

Este es el testimonio que nos da Lorenzo y nosotros miramos con cariño su amor a los pobres y miramos con generosidad y miramos con admiración su dolorosa muerte. La admiración y el cariño. Estos son los sellos de la santidad grande en la Iglesia. Inspirar solo cariño. El inspirar solo admiración es pequeño. Lo verdaderamente grande, el verdadero servicio a Cristo está en poder inspirar las dos cosas; poder inspirar cariño, que haga sentir la cercanía de Cristo y poder despertar admiración, que haga clara la gracia de Jesucristo. La santidad cristiana tiene, por decirlo así, estas dos dimensiones y despierta en nosotros, como ya lo despertó, como ya lo despierta desde Jesucristo. Estos dos sentimientos, la cercanía del cariño y la distancia de la admiración. No queramos ser solamente admirables, porque entonces seremos lejanos, no queramos ser solamente cercanos, porque entonces seremos tal vez inútiles.

Hay que saber tener al mismo tiempo la ternura y la grandeza. Y esto fue lo que tuvo Lorenzo, ¿de quien lo aprendió? de Jesucristo, a quien encontró en los pobres y a quien encontró en la hora de la muerte. Hay un testimonio escrito que aparece en las antífonas de la liturgia de las Horas para este día un testimonio de las palabras de Lorenzo mientras se acercaba el momento de la muerte. Y en esas palabras podemos destacar tres cosas Primera, una, que es a ver qué adjetivo utilizamos. Una que revisa. Estando completamente quemado por un lado le dice al verdugo, le dice al rey que estaba ahí cerca. Bueno, ya está, parte está quemada. Ya puedes cortar y comer. Estas palabras espeluznantes. Fueron dichas muy cerca de las palabras de adoración con las que reconocía cercano el cielo. No son entonces palabras de ironía ni palabras de venganza. ¿Qué son? Son una predicación, una predicación hecha con su carne malograda ya para siempre en este mundo, pero preparada para los cielos. Son una predicación. Está mostrando Lorenzo, que así como Cristo, torturado en la cruz, pudo por fin ser digerido por nuestra miseria, así también los mártires destrozados por la injusticia del mundo, son el alimento, la predicación, el único lenguaje que termina entendiendo el mundo. Cristo pudo cumplir a la letra. Tomad, comed, esto es mi cuerpo. Con el sacrificio, con la ofrenda de su vida en la cruz. Los azotes, los clavos, el dolor, la tortura y la muerte.

Y como diría Catalina de Siena, el fuego del espíritu hornearon este pan. Y así podemos comerlo en la Eucaristía. La cruz, entonces, hizo digerible a Cristo. La cruz hizo que nosotros pudiéramos comernos a Cristo. Cuando Él habló por primera vez en la sinagoga de Cafarnaún; el que no come mi carne no tiene vida. La gente se fue espantada y dijo: Pero este señor me va a dar a comer su carne, no, esa carne que tiene solo la vida de esta tierra no puede ser comida sin canibalismo. Pero la carne que ha pasado por el misterio de la cruz, la carne que se ha hundido en el misterio del amor, la carne que ha pasado por el fuego del espíritu. Eso sí puede ser comida. Y esa es la que nosotros como carne de Pascua, como cordero pascual, comulgamos en la Santa Misa.

De manera que el mismo mundo que torturó a Cristo necesita del alimento de Cristo. Cuando Lorenzo dice esas palabras espeluznantes, a su torturador está revelando el misterio profundo del odio y al mismo tiempo, la necesidad del mundo tiene de mártires. Mientras estemos enteros, resultamos incomprensibles y en cierto modo inútiles para el mundo. Como Cristo cuando estaba entero en la sinagoga de Cafarnaún. Por ese momento fue inútil para esas personas que no entendiendo nada, ofuscadas en ese momento se fueron, se alejaron de él. En cambio, en Cristo destrozado el Cristo en la cruz, ese Cristo sí puede ser comido. Ese Cristo sí puede ser digerido. Así también nosotros, mientras estemos enteros, seremos en cierto modo inútiles. Pero esa es la lectura del Evangelio. Si el grano no muere, si permanece entero es infecundo. Es solamente eso, un grano de trigo, es infecundo, es inútil. Destrozado el grano, deshecho el grano brota la cosecha que es útil para el mundo.

De manera que Lorenzo estaba predicando en medio de las llamas. Estaban unidose a Cristo, Hostia. Y estaba revelando el misterio de su participación en la Pascua del Señor. Allí, en medio de los dolores. Dice también Lorenzo en ese momento que da gracias, que da gracias a Dios. Esta ha sido una constante en los mártires. Sin duda es la muerte en sí mismo más deseable para nosotros los cristianos. Porque si nosotros repasamos las vidas de los santos, hay penitentes que son héroes, vírgenes purísimas, doctores llenos de luz, obispos celosos del rebaño. Bueno. ¿Cuántos géneros de santidad tiene la Iglesia? Y sin embargo, cuando se estaba muriendo uno de estos monjes del desierto, hombre dedicado a la penitencia y a la oración, años y años y años, los que estaban ahí cerca, otros ermitaños de esa Tebaida, le vieron postrado y de pronto hizo un gesto de temor ante la certeza de que se iba a morir. Y uno de los jóvenes que estaba iniciando ese camino del desierto y de la penitencia, vio que esto temblaba de miedo ante la muerte. Y como ellos eran así desbaratados para hablar todos esos monjes del desierto. Entonces le preguntó ¿Ahora tú también tiemblas ante la muerte? Siempre se trataban así. Ahora tú tiemblas ante la muerte. Y el otro anciano que llevaba no sé cuántos años de oraciones y penitencias, dice mi conciencia, nada me reprocha. Pero quién sabe las palabras de Cristo.

Y así podríamos dar ejemplos de muchos otros santos. En cambio, los mártires. Eso es un grupo aparte. Recordemos el caso, por ejemplo, de Pablo y sus compañeros. Ellos fueron crucificados allá en el Japón. Están puestos en serie uno junto al otro en sus cruces. Y de pronto uno le dijo al otro, recordando el momento de la Pasión de Cristo, le dijo: Hoy vas a estar en el paraíso. Uno hizo de Cristo para el otro, hoy vas a estar en el paraíso. Y ese otro, ya torturado, deshecho, demacrado, con las manos sujetas al leño. Tuvo todavía fuerzas para levantar sus manos, para moverlas hacia el cielo, para sonreír de gozo, para expresar con júbilo que servía para el cielo. El único que dice Lorenzo, hoy me has agregado al Reino de los cielos, le dice a Cristo Y recordemos al primero de los mártires, Esteban: Veo los cielos abiertos y a Jesucristo. Los cielos se abrieron para él en medio de una lluvia de piedras. Los cielos se abrieron. Esteban. Señor Jesús, recibe mi espíritu, dice. Y dice también Señor, no nos tengas en cuenta este pecado. De manera que hay algo en la santidad de los mártires que hace que, siendo todos santos, estos sean en cierto modo un grupo aparte.

Porque parece que a ellos, a los que mueren así, combatiendo por Cristo, Cristo, les infunde una certeza tan completa de la victoria que ni siquiera los más grandes penitentes, ni siquiera las más puras de las vírgenes, ni siquiera los más esclarecidos de los teólogos y doctores, ni siquiera los más celosos obispos han tenido. Es un regalo, es una prenda, es un abrazo o beso de Cristo que él reserva para los que mueren así, en medio de la persecución y la lucha. Y Lorenzo da testimonio de esto. No es el único ejemplo. Es un ejemplo entre otros, y es una verdad maravillosa. Santos, tan grandes como nuestro amado Domingo, como nuestra amada Catalina, entendían estas cosas. Sabían que hay un último coloquio y aburrido para el mundo. Hay unas últimas palabras. Hay unos susurros que Cristo le dice al oído al que está muriendo por él.

Y Domingo, Catalina, que no murieron mártires, aunque se gastaron por Cristo. Sabían que ahí hay una última enseñanza que escuchan los mártires y que tal vez no oyen otras personas. Y como verdaderos hambrientos de la gloria divina, querían escuchar esas palabras. Así es como discípulos aprovechados, así como discípulo aprovechado. No quiero perderme palabra a su profesor, a su maestro, así también Santo Domingo, Santa Catalina. Querían saber. Querían saber qué es lo que Cristo le dice a una persona como Lorenzo cuando faltan minutos para recibir de los cielos, cuando ya no falta nada, cuando ya es Cristo el que está padeciendo. Y por eso las personas pueden predicar como Lorenzo, Lorenzo predicó desde la parrilla ardiente, como si estuviera en la catedral, hablando, predicando como si fuera otro el que padeciera. En realidad había tomado en serio su diaconado. Efectivamente, el que estaba padeciendo ahí en ese fuego era Jesucristo, y el que había visto tantas veces y había participado tantas veces del sacrificio de la Santa Misa y había podido predicar del sacrificio de la Misa.

Podía predicar también el sacrificio de Cristo, que esta vez estaba aconteciendo muy cerca de Lorenzo, en su propia carne. Podía predicar. Realmente el martirio, es la gracia de las gracias. Realmente es el más grande regalo que Cristo le puede hacer a un corazón humano. Realmente la persona que muere mártir no solo muere con la certeza del cielo, sino que participa de un modo especialísimo las enseñanzas, las luces de Jesús, las luces de gracia de Jesucristo. ¿Quién sabe cuáles serán esas palabras? Quién sabe qué es lo que sucede ahí. Qué es eso misterioso que sucede ahí cuando Cristo se acerca a estas personas faltando momentos para su muerte y les da enseñanzas que tal vez no están escritas en ningún libro. Lorenzo, a la hora de la muerte habla del cielo, habla del cielo. Y de este modo se convierte como en un adelantado, es decir, el que va delante de nosotros, el que está delante de nosotros enseñándonos el camino en un momento en que encontré la puerta. Y puesto que él iba adelante, a él le correspondía abrirla. Yo creo que esta dimensión del ministerio pastoral de Lorenzo. A mí me cuestiona, me toca muy profundamente porque yo no sé qué tiempos estamos viviendo, yo no sé qué tiempos me toca vivir a mí. Y yo hablo mucho. Yo digo muchas cosas, muchas, muchas cosas.

Entonces yo voy sintiendo por esa comunión el sacramento del orden que tenemos con Lorenzo. Yo voy sintiendo que uno también va adelante, de algún modo va adelante, no va detrás de Cristo, detrás de todos estos santos, porque va adelante delante de alguien, delante de algunas personas. Yo digo bueno, ¿y si aparece la puerta? Y si llega el momento y aparece la puerta y hay que abrir esa puerta. Hay que pedir a Dios sea esta la última enseñanza de esta fiesta. Y yo he pedido a Dios. Hay que rogar a Dios por los que van delante. Es decir, hay que pedir por los ministros ordenados. Lorenzo iba y llevaba mucha gente y convirtió mucha gente y consoló a mucha gente, pero iba adelante y cuando llegó la puerta de la muerte la abrió con resolución y se lanzó a los brazos de papá Dios. Que una persona como yo, que habla tantas cosas, quiera Dios, que a él le guste. Una persona como yo cuando le toque la puerta solo Cristo, solo el Señor se le encomienda la plegaria de ustedes. Y les pido que oren siempre por los que van delante, y unos más que otros desde luego. Para que el Señor nos dé a todos esa configuración con Jesucristo. Y si Él ha pensado para alguno de nosotros la gracia del martirio, pues que la lleve hasta su plenitud. Porque aunque toda gracia es gracia, ninguna mayor que esta gracia de configurarse hasta el último instante con nuestro Señor y Maestro Jesucristo.

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