Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Los padres de la Santísima Virgen, embajadores de los Pobres de Yahvé

Homilía sjya014a, predicada en 20190726, con 24 min. y 38 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos, los nombres que tradicionalmente se dan a los papás de la Santísima Virgen no provienen de los Evangelios canónicos, sino que se encuentran en algunos escritos apócrifos, especialmente en el llamado evangelio de Santiago. Sin embargo, esos nombres no son lo más importante de esta celebración. Con la ayuda del Espíritu Santo, vamos a detenernos en tres puntos de reflexión. Primero, la descendencia y la promesa de la casa de David. Segundo, la continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Y tercero, el lugar que estos papás de la Virgen, los seguimos llamando Joaquín y Ana, pueden tener en la devoción de nuestro tiempo.

Hablemos de la descendencia de David. En el capítulo séptimo del segundo libro de Samuel encontramos que el profeta Natán le hace una promesa a David. David tenía un buen propósito, que era construir un templo en toda regla, que fuera de alguna manera digno de la gloria de Dios, o en todo caso, más digno que aquella tienda de campaña en la que había estado el Arca de la Alianza desde la época del desierto. La reflexión que hizo David fue: Yo vivo en casa de Cedro y el Arca del Señor todavía está bajo pieles, o sea, en esa especie de tienda de campaña.

El profeta Natán le dice a David: No vas a ser tú quien le edifique una casa a Dios. Va a ser Dios quien te edifique una casa a ti, utilizando con esa expresión la dinastía que habría de empezar con David y que tendría que prolongarse sin final, para siempre. Esa dinastía tiene un comienzo en Salomón, luego pasa a Roboam. Pero sabemos lo que sucede en tiempos de Roboam, se da la división entre el reino del Norte, llamado Israel, y el reino del Sur, llamado Judá. Y el reino del Sur, con capital en Jerusalén, se convierte en el depositario de esta promesa que Dios hizo a David.

De manera que desde la época de David, es decir, desde finales del siglo XI antes de Cristo, hasta comienzos del siglo VI antes de Cristo, hay una sucesión de dinastía que va pasando de padres a hijos, hasta que llega el tiempo del destierro. En el tiempo del destierro las cosas se complican mucho porque Joaquín, que era el sucesor en ese momento, sucesor directo de David, fue deportado por el rey Nabucodonosor. Y luego, Nabucodonosor puso un rey de pacotilla allá en Jerusalén. Ese rey, Sedecías, resuelve rebelarse contra Nabucodonosor, se cree muy astuto, como dicen los españoles, muy listillo.

Y entonces, le va muy mal, le matan a los hijos, a él le sacan los ojos, lo llevan encadenado a Babilonia, es un desastre. Y ahí queda un gran interrogante, porque propiamente desde la época del destierro, estamos hablando del siglo VI antes de Cristo, ya no queda clara cuál es la descendencia de David. Y, por consiguiente, queda un tremendo signo de interrogación sobre qué pasó con esa promesa mesiánica que había pronunciado Natán en el capítulo séptimo del segundo libro de Samuel de nuestras Biblias. ¿Qué pasó con la descendencia de David?

Esta pregunta era tanto más angustiosa para los israelitas, para los judíos era tanto más angustiosa en la medida en que el recuerdo que ellos tenían del tiempo de David era un recuerdo hermoso, un recuerdo glorioso. Realmente, cuando ellos pensaban en esa alianza viva, fructífera, alegre, amorosa entre Dios y su pueblo, lo mejor que podían recordar era el tiempo de David, porque en el tiempo de David se cumplieron aquellas tres grandes características que los hebreos siempre habían buscado desde la época de Moisés. Vale decir, en la época de David hubo seguridad, prosperidad y fecundidad.

Entonces, los judíos sobrevivientes del destierro, siempre tuvieron el recuerdo del tiempo de David, pero ni siquiera estaba claro quién era el descendiente de David. Esta incertidumbre sirvió para que personas astutas, guiándose de genealogías absolutamente dudosas, usurparan el reino, fue lo que sucedió con los Herodes, Herodes papa y Herodes hijo. Según todos los análisis, estos Herodes ni siquiera pertenecían al pueblo hebreo, eran de familia idumea, es decir, eran descendientes de Edom, es decir, eran descendientes de Esaú, ni siquiera eran descendientes de Jacob.

Herodes, pues, era un usurpador, lo cual explica, por supuesto, la angustia de Herodes cada vez que se mencionaba que había un rey, porque si hay un rey, significa que todo el mundo se va a dar cuenta que yo soy un usurpador, y él lo sabía muy bien. Esto también explica por qué Herodes, por qué Herodes se empeña en la reconstrucción del templo. La palabra que suelo utilizar para describir esa situación es que Herodes quería sobornar el corazón del pueblo, al ofrecerles un templo sumamente esbelto y vistoso tenía a la gente, como decimos popularmente en Colombia, en el bolsillo, se los había echado al bolsillo, había ganado su corazón.

El templo de Jerusalén fue el gran soborno de los reyes Herodes para tener contenta a la gente, lo cual a su vez explica la actitud de desconfianza, de distancia y escepticismo de Cristo frente al templo. Ustedes recuerdan cuando los apóstoles, con ojos asombrados ponderan la belleza del templo y Cristo toma una actitud más bien escéptica y dice: Mire, de esto no va a quedar piedra sobre piedra. Cristo tenía los ojos abiertos, Él se daba cuenta del soborno que implicaba ese templo. El hecho de que estos Herodes hubieran podido subirse al trono demuestra que había gran incertidumbre sobre quién era el descendiente de David.

Si uno mira las genealogías de Mateo en el capítulo primero y de Lucas en el capítulo tercero, uno se da cuenta que ambos asignan una genealogía a José. A José, no a María, sino a José. Una genealogía que conecta de alguna manera a este José con el rey David. Lucas sabemos que se va más atrás, hasta Abraham e incluso hasta Adán. De modo que, hay una tremenda incertidumbre sobre quién es el descendiente de David y quién es el depositario de las promesas.

La liturgia de la Iglesia Católica, como lo vimos en la respuesta del salmo que hemos dicho y como lo vemos en las antífonas de la Liturgia de las Horas de este día, San Joaquín y Santa Ana, trata de presentar a María, María de Nazaret como descendiente de David, de manera que habría un vínculo directo, llamémoslo así, de sangre, entre David y el Mesías, esa es la asociación que intenta hacer la liturgia. Sin embargo, quizás no es necesario llegar a ese extremo, porque nos damos cuenta que en todas estas culturas antiguas la sucesión del trono no necesariamente pasaba por la sangre, digamos por los genes, por el ADN, sino que muchas veces tenía que ver con la adopción.

De manera que aquellos que eran tratados como hijos, eran tratados también como legítimos herederos. Toda esta explicación nos sirve para decir que no tenemos certeza de que la línea davídica pase por María Santísima, las indicaciones que nos dan los Evangelios más bien se inclinan hacia el linaje de José. Pero esto no nos preocupa, porque sabemos que esa descendencia genética, esa descendencia de sangre, no es necesariamente un requisito para que podamos llamar a Cristo, el Mesías. Todo esto, pues, es solamente una aclaración de lo que puede significar el título Hijo de David cuando se aplica a Jesucristo.

Pasemos a nuestro segundo punto de reflexión, que es la continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Si nos damos cuenta que hay esa ruptura genética o de sangre entre el reinado de David y la presencia del Mesías, sin embargo, no queda duda de cuál es la continuidad real que se da entre el pueblo que los profetas llamaron: pequeño resto, y aquellos que dieron origen según la carne a nuestro Señor Jesucristo. Lo que quiero decir es esto, después del destierro a Babilonia, aunque se perdiera el rastro de sangre de qué sucedió con los descendientes de David, ya no se puede saber quién es el depositario de la promesa, hubo una cosa que sí trajo el destierro.

El destierro fue una tremenda purificación en la fe, el destierro hizo que aquellos que volvieron a su tierra y que luego escucharon a Nehemías y a Zacarías y a Malaquías, y todos estos profetas posteriores al exilio, se aferraron a Dios de una manera nueva, nueva en el sentido de apegarse a Dios con una gran desconfianza de los reinos y los poderes de este mundo, incluyendo los reinos y los poderes que pudieran tener su fuerza en la misma tierra de Judá. Ni siquiera en épocas de los Macabeos, ni siquiera en esa época, hay un apoyo decisivo a esos gobernantes o a esos líderes como para decir que ellos son representantes de Dios.

Tal vez la persona que más se acerca a lo que fue David en su tiempo, fue Simón, el hermano de Judas Macabeo. Pero la verdadera fidelidad al Señor no va a venir por los poderosos, no va a venir por los reyes, sino va a venir por el pueblo pobre y fiel. Será ese pueblo, ese pequeño resto, será ese pueblo que llamamos los anawim, serán los pobres de Yahvé, los que de una manera más colectiva van a llevar esta promesa de la fidelidad de Dios. Y, por consiguiente, son estos pobres, estos pobres de Yahvé, los que tenemos que mirar como continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento.

Si nosotros miramos las primeras páginas del Nuevo Testamento, por ejemplo, en los Evangelios de la infancia, es decir, los dos primeros capítulos de san Mateo y los dos primeros capítulos de Lucas, encontramos una serie de personas que no contaban para nada en los poderes de este mundo. Ahí aparece un anciano llamado Simeón, una viuda llamada Ana, aparecen en José y María, incluso aparecen estos pastorcitos. Todas esas personas que aparecen en los evangelios de la infancia y también, todas esas personas que van a ser los primeros escuchas, el primer auditorio de Jesucristo, todas esas personas son la continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento.

De manera que yo personalmente, cuando pienso en Joaquín y Ana, pienso en ese pueblo, los veo a ellos como representantes de ese pueblo, de esos pobres de Yahvé, de esos que no cuentan ni pintan nada ante la sociedad y, sin embargo, son fieles a Dios. Esa es la continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Una continuidad genealógica, una continuidad genética, una continuidad de sangre no funciona realmente no nos da certeza, pero la verdadera continuidad está entre esos humildes anawin, entre ese pueblo pobre, entre esos pobres de Yahvé y los que van a escuchar a Cristo.

Se lo digo de manera más corta, si usted quiere encontrar el puente entre el Antiguo Testamento y el Nuevo, mire en el Antiguo Testamento el producto final, que son los pobres de Yahvé, y mire en el Nuevo Testamento el prólogo de la predicación de Cristo, que es el sermón de las bienaventuranzas. Si usted se da cuenta, las bienaventuranzas y los pobres de Yahvé casan perfectamente.

Podemos decir que cuando Cristo predica los primeros que le oyen, los primeros que le atienden, los primeros que lo aman, los primeros que reciben el Evangelio son estos que, como Joaquín y Ana, como Simeón y la otra Ana, como José y María, son personas que se acostumbraron a aferrarse a Dios y a no creer demasiado en los poderes de este mundo. Ahí termina esta segunda parte de esta predicación. Es decir, hemos visto que la verdadera continuidad, más que en la dinastía, más que en la sangre, más que en el pedigrí, por decirlo de una manera caricaturesca.

La verdadera continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento es que el Antiguo Testamento, como una ola que se rompe en la playa, lo último que entrega son los pobres de Yahvé. Y el Nuevo Testamento se abre con el pueblo de las bienaventuranzas. Y las bienaventuranzas de Cristo casan perfectamente con la descripción que los profetas, como Sofonías, nos habían dado de estos pobres de Yahvé. O sea que Joaquín y Ana, para mí, ¿quiénes son? Joaquín y Ana son representantes de esos anawin, esa gente que solo tiene la fe puesta en Dios, esa gente que se ha acostumbrado a desconfiar de los poderes de este mundo y que se ha acostumbrado a aferrarse con amor y con esperanza al Señor.

Último punto, ¿qué pueden decir Joaquín y Ana para la devoción y para la fe de nuestro tiempo? Desde hace unos años, hay un impulso bastante bonito, piadoso, que es referirse a Joaquín y Ana como los abuelitos de Jesús. Por supuesto que eso es real, son los papás de la mamá de Jesús, son los abuelitos de Jesús. Y hay muchas reflexiones buenas, útiles, edificantes, que se hacen en este día, repito, desde hace unos años se viene enfatizando eso, es relativamente reciente. Ya con la edad que tengo me puedo acordar que cuando yo era más joven ese énfasis no existía, no sé si eso lo empezó Juan Pablo II o quien lo empezó.

Tiene razón de ser y recuperar la figura de los abuelos y la importancia de los abuelos es interesante, pero hay un problema y hay una sugerencia. El problema que tenemos es que, en ninguna parte, ni siquiera en los apócrifos consta, ni siquiera en los apócrifos consta que de alguna manera los papás de la Virgen hubieran ejercido algún tipo de cercanía, influencia, apoyo en lo que tiene que ver con la llegada del Mesías, con la infancia de Cristo, mucho menos con su crianza. Entonces, estos son abuelos que quedan un poco desconectados de la vida misma del Mesías. Ese es el problema que tiene esa interpretación.

De manera que parecería que simplemente estamos tomando un hecho biológico para hablar, lo cual está muy bien, hablar del lugar de la tercera edad en la sociedad y todas estas cosas. En cambio, sí que hay un hecho que a mí me parece mucho más relevante y que con todo respeto y sin ánimo de polémica, me atrevo a recordar aquí, porque lo he dicho en muchos otros lugares. Todos sabemos que nuestro Señor Jesucristo nace de una manera prodigiosa, de una manera humanamente inexplicable. Uno tiene que romper con la fe católica para decir otra cosa.

Sabemos que nuestro Señor Jesucristo nace de las entrañas de María Santísima de una manera que es esencialmente sobrenatural, virginal. Pero ella, María, es el fruto natural, es el fruto amado de la unión natural también, de sus padres, que la tradición llama Joaquín y Ana, y así los seguimos llamando. Lo que quiero decir es que María, la Virgen purísima, la flor más bella de santidad, como muchas veces la ha proclamado la Iglesia, es la hija, es el fruto de la unión de amor, unión que es íntima y que es sexual entre Joaquín y Ana.

Y por eso, yo me he atrevido a proponer, repito, sin ánimo de controversia, ni de polémica ni de nada, me parece que es mucho más hermoso ver a Joaquín y Ana como patronos de la sexualidad humana, porque es la unión sexual que hay en ellos, la que hace posible el fruto de amor que es María Santísima, la Virgen santa, la Virgen Inmaculada. Por supuesto, si nosotros afirmamos, como lo cree la Iglesia y bendita sea, si nosotros afirmamos la Inmaculada Concepción de María, pues la Inmaculada Concepción de María se da en las entrañas de Ana y se da en la unión de amor, unión sexual entre Joaquín y Ana.

Hermanos, vivimos en un tiempo en el que la sexualidad parece entregada únicamente a los intereses de este mundo. Vivimos en un tiempo en el que hacen falta verdaderamente referencias de lo que es la verdadera sexualidad según el plan de Dios, necesitamos esas referencias. De manera que si yo pudiera escoger y si mi voz tuviera alguna importancia, yo quisiera que estos santos, los papás de María Santísima, fueran considerados, ante todo, patronos de lo que es una verdadera sexualidad según el plan de Dios.

En la Biblia se nos presentan otras parejas que se han amado en Dios, tal vez una que destaca es aquella del libro de Tobías, donde este hombre, antes de unirse con Sara, pronuncia aquellas palabras tan bellas y tan conocidas: «Señor, tú sabes que si me uno a esta hija de Israel no es para satisfacer mis pasiones, sino para fundar un hogar donde se bendiga tu nombre». Qué hermosura, eso es lo que tenemos que predicar nosotros a nuestro pueblo, ese tipo de amor. Que la unión sexual no se convierta en una competencia de intensidad de placeres, ni en una competencia de egos y de egoísmos.

Sino que se convierta en un lugar que celebra el amor mismo de Dios y el plan de Dios para la pareja humana. La dificultad que tenemos es que el libro de Tobías, según múltiples estudios, más bien parece ser una especie de parábola, un relato edificante. Mientras que, cuando nosotros hablamos de los padres de la Virgen Joaquín y Ana, estamos hablando de una realidad de seres humanos de carne y hueso.

Por eso, creo que es interesante proponer a esta pareja como patronos de la sexualidad humana, para que aquellos que tienen esa vocación, vocación de matrimonio, vocación de pareja, puedan mirar en un hombre real, que tuvo sexo real con una mujer real, puedan mirar en esa pareja la santidad de Dios, y no cualquier santidad, sino la santidad llevada a su máxima potencia.

Resumo entonces, nuestro Señor Jesucristo descendiente de David, sí, probablemente a través de José, lo cual no nos preocupa ni cambia en absoluto el hecho de que en Él se cumplen las promesas mesiánicas. Segundo, la verdadera continuidad, más que genética, es la continuidad que se da entre el pueblo pobre, el pueblo de los pobres de Yahvé y el pueblo de las bienaventuranzas que predica Jesús. Ellos son el puente vivo entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, y en ese puente están de lleno Joaquín y Ana.

Y tercero, una propuesta que no quiere ser motivo de rivalidad ni de polémica, sino simplemente es una propuesta para exaltar lo que es la santidad de la sexualidad humana, como la vivió esta preciosa pareja. Eso me parece que es mucho más real. No se nos olvide que en los relatos de los Evangelios, realmente los papás de la Virgen no aparecen por ninguna parte, a pesar de que María, según todas las estimaciones, tenía que ser bastante joven cuando tuvo a nuestro Señor Jesucristo. Por esas razones, y no quiero repetirme, por esas razones, creo que es bello enseñar a nuestro pueblo a contemplar la santidad de la sexualidad humana.

La sexualidad humana no es un espacio ajeno a Dios, Dios no se tapa los ojos cuando la sexualidad se vive como Él lo ha querido, Dios bendice ese espacio de la realidad humana, y creo que esta hermosa pareja lo está mostrando. Si estos pensamientos son gratos a Dios, que Él los haga florecer en medio de su Iglesia y que a nosotros, como seminaristas y sacerdotes, nos ayude para propagarlos y que se hagan realidad en muchos hogares. Amén.

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