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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Oremos para que el Evangelio de Cristo encuentre tierra fecunda en nosotros y su Palabra nos haga verdaderos testigos y portadores de bendición como lo fueron los padres de la Santísima Virgen.
Homilía sjya010a, predicada en 20160726, con 4 min. y 55 seg. 
Transcripción:
El 26 de julio nuestra Iglesia celebra a San Joaquín y Santa Ana, los papás de la Santísima Virgen María. ¿De dónde vienen los nombres de estos papás de la Virgen? No aparecen en la Biblia, aparecen en una obra antiquísima conocida como el evangelio de Santiago. Esa obra no es parte de la Biblia, sino que pertenece a la literatura del tiempo en el que fueron escritos los evangelios canónicos, los que sí pertenecen a la Biblia. Eso significa que estamos tomando nombres que vienen de esa literatura, de ese tiempo.
Pero los nombres mismos no son lo más importante y el hecho de que utilicemos estos nombres no le da una autoridad específica ni un valor permanente a los escritos de esa obra del Evangelio de Santiago, ni tampoco le da un valor a otros escritos que son llamados apócrifos, de ese tiempo. De hecho, repito, los nombres no son lo esencial aquí. Para nosotros lo realmente importante es descubrir cómo de la humildad del pueblo elegido, de la humildad de los pobres de Yahvé, surge esa flor preciosa que es la Santísima Virgen María.
Es decir, Joaquín y Ana, o el nombre que ellos hayan tenido, estos papás son como embajadores o representantes de aquellos que el Antiguo Testamento llama el pequeño resto. Estos son como aquel germen que vio el profeta Isaías, estos son como aquel remanente, estos son los pobres de Yahvé, estos son representantes de todo aquello que pudo sobrevivir al destierro en Babilonia, y que, desengañados de todos los poderes y los imperios de este mundo, pusieron su confianza solamente en Dios. En este sentido, Joaquín y Ana son modelo de vida también para nosotros.
Porque cuando Cristo predica sus bienaventuranzas, los destinatarios inmediatos de este lenguaje son precisamente las personas como Joaquín y Ana, o las personas como Zacarías e Isabel, o las personas como aquel anciano Simeón y aquella viuda que también se llamaba Ana, de los cuales nos habla el Evangelio de Lucas. Dicho de otra manera, la palabra de gracia, la palabra de Evangelio, la palabra de salvación de Cristo resulta absurda e incomprensible para quienes todavía tienen sus esperanzas puestas en los poderes y en los imperios de este mundo.
Pero, gente como Joaquín y como Ana, gente que se ha desengañado de todo y que ha puesto su esperanza solamente en Dios, es gente que lleva dentro de sí la fuerza de la bendición divina, esa fuerza de bendición en ellos se expresó dándonos esta hermana nuestra, esta preciosa criatura, esta hija de Sión, esta que será la Madre del Hijo de Dios, la Santísima Virgen. Esa fue la bendición excelsa, irrepetible, preciosa y perfumada que ellos pudieron dar a la historia de la humanidad.
Esa fue su vocación única. Cada uno de nosotros tiene su propia vocación, pero en lo que hemos de parecernos todos y en lo que tenemos que tener todos un mismo lenguaje es en, igual que ellos, aferrarnos con absoluta confianza a Dios y mirar con distancia y mirar con desconfianza tantas promesas y tantas vanidades y tantas mentiras que se dicen en este mundo.
Desde la espiritualidad de los Anawim, desde la espiritualidad de los pobres de Yahvé, desde la espiritualidad de las bienaventuranzas, el Evangelio de Cristo encontrará tierra fecunda en nosotros, y su Palabra hará de nosotros verdaderos testigos y verdaderos portadores de bendición, como lo fueron los padres de la Santísima Virgen. Los recordamos con amor y pedimos que su intercesión y su ejemplo sean una realidad también en nuestros días.

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