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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Desconocemos muchos detalles de la vida de Joaquín y Ana, pero sí conocemos su corazón: el de los pobres de Yahveh.

Homilía sjya006a, predicada en 20120726, con 8 min. y 41 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos, hay algunos personajes de la Escritura de los cuales sin duda nos gustaría conocer más. Por ejemplo, los santos que recordamos hoy los papás de la Santísima Virgen, tienen estos nombres porque son los que les da un escrito que se llama el proto-evangelio de Santiago. Pero las demás cosas que dice el proto-evangelio, la Iglesia no las considera completamente seguras ni de fiar. De modo que estos nombres, en realidad, hablan poco de las personas concretas, específicas que los llevaron.

Así que quisiéramos saber más, por ejemplo, de Ana y de Joaquín, quizás quisiéramos saber más de José, del cual no aparece una sola palabra en la Escritura, o de Juan Bautista. Y esos vacíos de conocimiento, a veces hay gente que intenta llenarlos. Que Juan el Bautista era discípulo de los esenios, otros más exóticos dicen que la parte de la vida de Cristo que no conocemos hay que irla a buscar a la India, porque Cristo, entre los 12 y los 30 años estaba aprendiendo budismo, no sé si además estaba aprendiendo el método Silva y la dieta de Atkins, allá en la India.

Eso quiere decir que no toleramos fácilmente esa ignorancia, nos molesta desconocer esas cosas. Hay escritores que se han hecho bastante adinerados jugando con esa ignorancia. Hay toda una saga de JJ Benitez del caballo de Troya o no sé qué Troya. Y ese señor hizo bastante plata con la curiosidad que nos abruma por no conocer de estas personas. ¿Cuál sería la respuesta bíblica a esa ignorancia, en verdad son tan desconocidos? Una primera respuesta es que la Palabra de Dios, inspirada por el Espíritu, ha puesto aquello que conduce a nuestra salvación.

Y eso significa que tanto lo que sabemos como lo que no sabemos viene del Espíritu, y que aquello que el Espíritu no ha querido que nosotros sepamos, también es útil que no lo sepamos. Vamos a suponer que una persona tiene gran curiosidad por saber cuál talla de zapato sería Cristo. Cristo sería, hablando de las tallas de hombre en Colombia, siglo XXI, Cristo sería talla cuarenta. Algunos de los aquí presentes son talla cuarenta, entonces levantarían la pierna y dirían: Esa es mi talla, soy como Cristo en eso.

Pero en realidad eso, conocer la talla de los zapatos de Cristo, conocer si Cristo tenía resistencia a la lactosa o no, conocer el tono de cabello exacto de Cristo, esas cosas, por ejemplo, ¿realmente conducen a la salvación? Hay una cantidad de curiosidades que caen dentro de aquello que santo Tomás de Aquino critica, cuando critica la curiositas. Sabemos que en la Secunda Secunde, santo Tomás estudia virtudes y vicios, y así opone la studiositas y la curiositas. La estudiosidad es el deseo ordenado de saber, mientras que la curiosidad es el deseo desordenado de saber.

Lo mismo que pasa con otras cosas, el deseo ordenado de descansar trae la salud, el deseo desordenado de descansar trae la pereza, el deseo ordenado de comer trae salud, el deseo desordenado trae todo tipo de enfermedades. Lo mismo sucede con el conocimiento, nuestros apetitos necesitan un cierto límite, no todo lo que nosotros deseamos por el hecho de que lo deseamos, tiene que ser satisfecho. Ah, yo quisiera saber qué tipo de sangre era Jesús. Entonces, hay gente que se apoya en Milagros Eucarísticos para decir que tenía que ser O+, o no sé qué otro tipo de sangre.

Repito, esa clase de cosas más bien deberíamos dejarlas como están en la Escritura. Y con el debido amor y respeto para la gente que anda buscando revelaciones, incluso de personas muy santas como Ana Catalina Emmerick, yo personalmente creo que no es buena idea estar esculcando debajo de las piedras, a ver cómo puedo satisfacer esas curiosidades. Entonces, hay toda una vida de la Virgen de Ana Catalina Emmerick, y todo un retrato de la Pasión de Cristo, de Ana Catalina Emmerick, que sin duda fue una mujer muy santa.

Pero ni aún eso me parece a mí, es suficiente garantía de que estamos obedeciendo a Dios, que ha querido que sepamos unas cosas y que ha querido que no sepamos otras. Porque en esa combinación, como en las combinaciones de luces y sombras de un cuadro bien hecho, es donde aparece el relieve del mensaje divino. Bueno, esa es una primera respuesta al asunto de por qué ignoramos tantas cosas. Pero hay una segunda respuesta que también es importante, quizás no es que ignoremos, quizás es que no estamos buscando donde deberíamos buscar en la misma Biblia.

Porque resulta que el retrato de personas como los ancianos Simeón y Ana, allá de la escena de la presentación del Señor, o el retrato espiritual de un Juan Bautista o de un Zacarías, en realidad todas estas personas pertenecen a una, podríamos decir, a un renuevo, a una cepa, a un germen que ya lo vio crecer el profeta Sofonías, estoy hablando, por supuesto, de los pobres de Yahvé. Si queremos encontrar el rostro de Joaquín y el rostro de Ana, no debemos correr detrás de videntes ni detrás de supuestas revelaciones.

Si queremos conocer cómo eran Joaquín y Ana, lo realmente útil no es ir a los textos apócrifos, muchísimo menos darle más plata a la gente que se enriquece diciendo tonterías sobre estos temas. La verdadera manera de conocer a Joaquín y Ana, la verdadera manera de conocer a Juan Bautista es conocer la historia del destierro y del tiempo posterior al destierro, es acercarnos a los escritos de Esdras, de Nehemías, del profeta Zacarías, del profeta Ageo, es acercarnos a textos sapienciales que van retratando qué pasó en el alma judía después del destierro y qué es eso que Dios preparó, eso que luego conecta de una manera hermosísima con las bienaventuranzas.

Precisamente quien hace ese recorrido que va del exilio y el post-exilio y las humillaciones y todo aquello que se siguió, cuando luego lee las bienaventuranzas, entonces comprende por qué Jesús hablaba como hablaba a ese pueblo, y por qué ese pueblo podía entender esa clase de lenguaje. O sea que realmente no es que ignoremos quiénes son Joaquín y Ana, en realidad, los conocemos si queremos conocer la Biblia en su integralidad, en realidad sí podemos conocerlos. Y ese conocimiento, ese retrato que es el retrato de su fe y de su esperanza, ese es el que nos sirve.

Si comían mucho o poco trigo en casa de la Santísima Virgen, cuál fue la primera palabra que ella dijo, de qué color eran sus rizos, esas cosas probablemente no son las que el Espíritu Santo tiene más urgencia de que nosotros aprendamos. Pidamos al Señor entonces que nos dé genuina sabiduría para amar lo que escuchan nuestros oídos y para ponerlo también en práctica.

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