Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Pidamos la intercesión de San Justino para que seamos mejores discípulos de Jesucristo, respondiendo a la persecución actual con mansedumbre, modestia y pureza de intención.

Homilía sjus004a, predicada en 20180601, con 5 min. y 19 seg.

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Transcripción:

El Primero de Junio, nuestra Iglesia católica recuerda a un laico, filósofo y mártir del Siglo segundo llamado San Justino. Siempre me ha llamado la atención este personaje, por eso he subrayado las características de su vida y de su entrega a Dios. Laico, es decir, no se trata de un sacerdote ni de un monje. Filósofo, un hombre adiestrado en la discusión, en la enseñanza, en aprender y también en compartir lo que sabe. Mártir, una persona que finalmente llega hasta el extremo de dar su vida.

Yo a veces me pregunto cuántos filósofos estarían dispuestos a hacer esto. Si se llevan a un Schopenhauer, a una cámara de torturas, si le dicen a Heidegger que lo van a crucificar, si le dicen a Kant que lo van a azotar hasta desangrarlo ¿Seguirían sosteniendo sus mismas ideas? Es que lo de San Justino no eran simples ideas. Él ciertamente recorrió los caminos de la filosofía, pero en sus propias palabras encontró finalmente la verdadera sabiduría y la encontró en Cristo. Así que, ya sabes, en el Siglo segundo vivió un hombre que fue laico, filósofo y mártir.

Hay otro aspecto que quiero destacar de la vida de San Justino. En sus obras él da explicación frente a algunas de las acusaciones que eran frecuentes contra los cristianos. Sabemos que en aquel ambiente del Imperio Romano eran muy frecuentes las calumnias, las burlas, muchas veces burlas blasfemas. Es famoso el hecho de que se representaba a Cristo, por ejemplo, por una cabeza de burro y que estaba sobre una cruz, y decían esto es lo que adoran los cristianos. Esas blasfemias, verdaderos disparos que trataban de apartar a los cristianos de su fe. Esas blasfemias eran muy frecuentes y no solamente se trataba de burlas, sino también de cosas mucho más serias.

Se decía, por ejemplo, que en la Eucaristía lo que los cristianos llamaban el cuerpo de Cristo era fruto de un sacrificio humano. O sea que nosotros éramos antropófagos y matábamos a veces niños, se dice. Y era una cosa espantosa. Esas calumnias circulaban sobre los cristianos. Y entonces ahí viene una pregunta ¿Qué hacer cuando nos calumnian? ¿Cuál es la mejor respuesta? Y sobre esto siempre ha habido distintas posturas. Algunos han pensado que la mejor respuesta es simplemente el testimonio. En cierto sentido, el silencio. Otros han pensado que nosotros debemos tratar a toda costa de convencer a los demás, presentar argumentos sólidos y derrotar a los demás en el terreno de las discusiones.

El problema está en que esos apologetas, que es el nombre que tienen las personas que se especializan en la defensa de la fe cristiana. El problema de esos apologetas es que muchas veces caen también ellos en una especie de arrogancia o en un placer mal disimulado de derrotar al enemigo. Y resulta que lo más importante para nosotros no es derrotar personas humanas. Lo más importante para nosotros es vencer al error y expulsar a satanás de lo que considera terreno seguro. Entonces hay que tener un equilibrio, hay que tener una sabiduría en eso. Guardar demasiado silencio hace que prospere la calumnia. Pero pretender uno que puede solamente a base de argumentos, aplastar o derribar a los demás no es una buena idea.

Hay que decir que San Justino tuvo ese justo medio. Su manera de presentar la fe cristiana está cargada de belleza, de mansedumbre, de modestia, con una gran pureza de intención, con un deseo muy grande de tocar no solo la mente, sino también el corazón del que lee. Esta grandeza de San Justino es muy importante en nuestra época, porque también en nuestro tiempo no faltan tristemente los ataques, las burlas y las calumnias. Que Justino interceda por nosotros y que nosotros lleguemos a ser mejores discípulos de Jesucristo. Así sea.

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