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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
San Justino, mártir laico.
Homilía sjus001a, predicada en 19990601, con 10 min. y 0 seg. 
Transcripción:
Estamos vestidos de rojo, de fuego y de sangre porque estamos celebrando a un mártir muy antiguo, un mártir del Siglo Segundo. Un convertido, un laico, un filósofo llamado Justino. San Justino mártir. Se parece la historia de San Justino a la historia de la epifanía. La historia de aquellos sabios de Oriente. También Justino. Vivió muy cerca. De Tierra Santa. También Justino vivió en el Oriente. Fue conducido de la búsqueda de la sabiduría humana al encuentro con la sabiduría divina. Así como a los magos los condujo una estrella por los cielos. La estrella que iba por los cielos los condujo hacia el niño recién nacido. Así también a Justino lo condujo la sabiduría. En este caso, la sabiduría de Platón lo condujo al encuentro con la sabiduría de Dios. Y así este filósofo fue guiado como por una estrella hasta llegar a Jesucristo, y en Cristo encontró su sabiduría.
Justino es laico. En la Iglesia necesitamos muchos santos laicos. Porque los laicos se hacen la idea. Muchos ya se hacen la idea de que la santidad está reservada para los sacerdotes o para los religiosos. Hemos de descubrir en este filósofo la búsqueda y la realización de la santidad. Además, no tenemos muchos santos filósofos, aunque sí tenemos una santa que durante mucho tiempo se dedicó a la filosofía. Aquella monja Carmelita, Edith Stein. Que conociendo el mundo del pensamiento, encontró en la mística de Santa Teresa como un puente entre la grandeza de la razón. La grandeza de la razón humana y la grandeza de las razones de Dios. Las razones que están patentes en el amor de Jesucristo.
San Justino es importante también porque conservamos algunos escritos de él llamadas apologías. Las apologías de San Justino nos presentan como una primera confrontación en el terreno del pensamiento entre la predicación cristiana y el mundo de la época. Justino, podemos decir que predicó a Jesucristo en las fronteras. Predicó Jesucristo en la frontera porque como laico cristiano, en un mundo pagano, está en la frontera misma con el mundo. Estaba también en la frontera por su filosofía, porque estaba al borde de las opiniones, corrientes y creencias de todo género en aquella época. Y así con razones. Por ejemplo, en sus apologías predicó a Jesús y finalmente recibió de Dios la gracia de predicarlo también con su martirio, con su propia sangre. Tres modos de predicar al Señor. Con el testimonio en medio del mundo, con la sabiduría, con la filosofía y con el derramamiento de su propia sangre. Justino, en su martirio, mostró cuál era la razón de su filosofía. Con su dolor mostró el tamaño de su amor. Con su sangre declaró qué sangre lo había redimido a él.
Quisiera hacer una relación con una de las lecturas que coinciden para el día de hoy. Aquí la expresión de Ana, la esposa de Tobit. Tan parecida a algunas declaraciones que hacía la esposa de Job. Esa declaración de Ana, esa queja de Ana. Tu esperanza se ha visto frustrada, ya ves, de lo que te ha servido hacer limosnas. ¿En qué han parado tus limosnas? ¿Para qué sirve tu donación? ¿Para qué sirve darte? Este es el gran reto, el gran reto para el martes. Y esto es lo que detiene la generosidad de los corazones. ¿De qué te está sirviendo ser bueno? ¿Para qué te esfuerzas? Pero eso se preguntaba algún salmista ¿Para qué me corrijo yo cada mañana? ¿Para qué sirve el bien? Lo difícil de ser bueno y sobre todo, lo difícil de ser mártir, es esa pregunta, el grito o la queja de nuestra carne.
En la Biblia aparece representada algunas veces por boca de las esposas, como esta de COVID la dejo ¿De qué te sirve ser bueno? Pero si se sostiene algo, como dice Catalina de Siena, si se sostiene uno aún en el grito de la carne y ante el sollozo de la carne, se sostiene uno adherido a la cruz. Esa tormenta pasa como pasó sin rastro el COVID, como quedó atrás en Job, como quedó atrás, también en Jesús.
Las quejas y los dolores de aquellas mujeres de Jerusalén. Cristo las deja atrás. Más bien devuelve a esas mujeres a su propio dolor. Llorad por vosotras y por vuestros hijos. Hay que saber pasar en la mente de la carne. Hay que dejar atrás esos sollozos y seguir como Tobit, ciego a este mundo e incomprendido por este mundo. Ni él podía mirar al mundo, ni el mundo lo podía mirar a él. O como Job, ni él podía entender al mundo, ni el mundo lo podía entender a él. O como Jesús, que tiene que seguir su camino hasta el final.
También Justino, en su martirio, tiene que llegar hasta el final. En los mártires brilla sobre todo la fortaleza. Pero aunque nosotros no estemos llamados directamente al martirio, eso solo lo sabe Dios. Si estamos llamados a implorar y practicar la fortaleza de tal manera que ese lamento de la carne, que siempre va a ser el mismo, ¿De qué te sirve ser bueno? ¿Para qué te esfuerzas? No vale la pena. Te estás acabando. No logras ningún fruto. Para que ese lamento de la carne, quede atrás y para que podamos llegar hasta el final.
¿Y qué hay al final? Para Tobit, al final, la salud, la alegría, la luz. Para Job, al final, la sabiduría, la victoria sobre la enfermedad y la prosperidad. Y para Cristo, al final, la gloria de la Pascua. La efusión del Espíritu. Y todos nosotros, pueblo suyo, como victoria de su batalla, reconciliados en el camino del Padre. Que por la intercesión de este gran mártir, de este gran sabio, de este gran hombre, nosotros recibamos virtud de fortaleza para dejar atrás todo lo que se oponga a Cristo, llámese como se llame y tenga el tono que tenga, y seguir con Él hasta el final, hasta su gloria.

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