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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Características notables del Evangelio de Juan, comparado con los otros Evangelios de la Biblia.

Homilía sjne031a, predicada en 20251227, con 26 min. y 24 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos, Jesucristo nuestro Señor tuvo un impacto inmenso en la vida de muchas personas por el poder de sus milagros, por la sabiduría de sus palabras, por la santidad de su vida, por su manera de padecer y de amar. Jesucristo tocó, impactó a muchísima gente. Por eso, no nos extraña que también muchas personas hayan hablado de Él, predicado sobre Él, escrito sobre Él, ya desde el siglo I y desde esa época hasta nuestros días.

Si uno mira la literatura de aquellos primeros tiempos del cristianismo, uno encuentra que hay muchos textos que se conocen como evangelios. Tenemos, en primer lugar, los cuatro evangelios que conocemos en la Biblia: Evangelio según San Mateo, según San Marcos, según San Lucas y según San Juan. Pero aparte de esos escritos que forman parte de la Biblia, pues tenemos también muchos otros escritos que también llevan el título de Evangelios, pero que la Iglesia no reconoció como inspirados por Dios.

Así, por ejemplo, hay un supuesto evangelio de Tomás, hay un evangelio de Pedro, hay un evangelio de Judas. Esos evangelios, que no pertenecen a la revelación según el discernimiento de la Iglesia, son los que llamamos apócrifos. Por supuesto, nuestra atención se concentra en los evangelios canónicos, es decir, los que sí entraron a formar parte de la Biblia, los que sí fueron reconocidos como revelados por Dios. Estos evangelios que ya he mencionado, Mateo, Marcos, Lucas y Juan, nos presentan en un lenguaje sencillo la profundidad del misterio de Cristo.

Cada uno de esos evangelios es como una mirada a la figura inmensa de nuestro Señor, y por eso, cada uno de esos evangelios tiene como su propio énfasis, tiene sus características propias. Una comparación infantil nos puede servir. Piensa, por ejemplo, en una estatua bien grande que se puede mirar desde distintos ángulos y se puede iluminar con distintos reflectores. Y entonces, lo que tú ves ahí, en cada caso, es la misma estatua, pero de un modo diferente. Es una comparación infantil para referirnos a lo que hacen los evangelistas, cada uno de ellos tiene su propio enfoque.

Así, por ejemplo, vemos que Mateo contempla a Jesucristo fundamentalmente como un maestro, un maestro que lleva a plenitud lo que estaba en las antiguas escrituras, como una especie de nuevo y definitivo Moisés, esa es la luz, ese es el enfoque de Mateo. Marcos nos presenta a Jesucristo en acción, nos presenta a Jesús como aquel que cambia la vida de la gente, que no deja igual a nadie. Son las acciones de Cristo lo que más le interesa a Marcos. Y podemos decir que Jesucristo en este evangelio según San Marcos, es como el transformador de vidas, el que cambia las vidas.

Si nos vamos a San Lucas encontramos que para este tercer evangelista es muy importante la acción del Espíritu Santo, es muy importante el amor a los pobres, es muy importante el papel de la mujer y, sobre todo, es muy importante que conozcamos cómo es el corazón de Jesús. Desde tiempos antiguos a San Lucas se le llama el evangelista de la humanidad de Cristo, como que él es el que más nos muestra ese corazón sensible, amoroso, compasivo de Cristo. Te das cuenta, cada uno de esos evangelios es una mirada a Cristo.

Hoy estamos celebrando a San Juan. San Juan fue apóstol, uno de los doce y también evangelista, se caracteriza por una gran profundidad, se ha comparado a Juan con un águila. Entre las aves, el águila vuela muy alto. Y esa altura de vuelo hace que muchas veces parezca que está como contemplando el sol, como mirándolo de frente, es una bonita comparación para hablar de San Juan. San Juan tiene palabras de una profundidad que es inmensa, incluso comparado con los otros evangelistas. Este es el Evangelio que cuando nos habla de Cristo, lo presenta eterno en su existencia.

De él son esas palabras que hemos oído estos días: «En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios». Llegar a decir que ese hombre que caminó entre nosotros, que ese hombre es eterno como el Padre y que luego se encarnó, eso es algo sublime. Uno se queda asombrado que Dios le haya dado tanta luz a un corazón humano, como para escribir esas palabras. Por eso, podemos decir que San Juan es el evangelista del Verbo, o podríamos llamarlo también el evangelista del misterio de Cristo.

Resumiendo esta parte, Mateo es el que nos presenta a Jesucristo como el Maestro. Marcos, el que nos presenta a Jesucristo en acción. Lucas, el que nos presenta el corazón de Jesucristo. Y Juan es el que nos presenta el misterio de Jesucristo. Comentemos ahora unas tres características de este evangelista, con el deseo de mi parte de que ustedes se animen a acercarse a la Biblia misma, y tomen esas palabras que el Espíritu Santo le regaló a San Juan. Porque, el que nos habla con tanta elocuencia y con tanta belleza del misterio de Cristo, tiene un don especial para invitarnos a la contemplación.

Cuando hablamos de misterio, hablamos de una realidad inagotable, inagotable. Un misterio no es una pared que frena nuestra inteligencia y que nos deja vacíos. Un misterio es como un camino que nunca acaba, como un pozo que nunca se seca. San Juan nos invita a ser contemplativos. Entonces, unas tres características de San Juan. La primera tiene que ver con la palabra trascendencia. Trascender es ir más allá, es preguntarse por el sentido, por el significado. Por ejemplo, mira esto, los demás evangelistas nos hablan de los milagros de Cristo, pero San Juan no presenta milagros, no utiliza esa palabra.

Cuando San Juan va a hablar de milagros, utiliza la palabra señales o signos. En griego eso se dice «sémeion», de donde viene la palabra semiología o semiótica. Entonces, San Juan nos está presentando los milagros como signos. Y ¿qué es un signo? Un signo es una realidad que te lleva a algo más. Por ejemplo, una señal de tránsito, es algo que tú puedes ver pero que te está mostrando algo más, por ejemplo, que la carretera tiene peligro de caída de rocas o que tienes que hacerte hacia la derecha o que tienes que tener un límite de velocidad. Ese objeto está ahí para que tú aprendas algo más.

O el ejemplo que da San Agustín y que es un ejemplo clásico, si tú ves en la distancia que de una montaña sale humo, ese humo te lleva a la realidad del fuego, aunque no estés mirando el fuego inmediatamente. Si tú ves todo ese humo, tú dices: Debe haber un incendio allá. Ese es un signo, lo que te lleva más allá. Esa es una característica de San Juan. San Juan quiere que nosotros, al ver los milagros, por ejemplo de Cristo, no nos quedemos solamente mirando: Se le arregló el problema a esa persona. Porque uno puede ver los milagros solo de ese modo, quedarse solamente con eso.

Por ejemplo, en el capítulo quinto de San Juan se nos cuenta de un hombre que llevaba 38 años paralítico, Jesús sana a este hombre. Ese milagro se puede leer de distintas maneras, cada vez con más profundidad. Por ejemplo, yo puedo quedarme en el aspecto puramente físico: Qué maravilla, antes no podía caminar y ahora sí puede caminar, qué alegría para él. Eso es verdad, pero eso es apenas el primer nivel del milagro. Puedo ir un poco más y puedo pasar a la admiración. Entonces, me lleno de admiración y digo: Pero qué impresionante lo que ha sucedido.

Y los evangelios nos cuentan que la gente quedaba impresionadísima por lo que hacía Jesús: Qué maravilla lo que él hace, nunca habíamos visto algo así. Ese es como un nivel un poco más profundo. Todavía uno puede ir un poco más y descubrir que Jesús tiene un poder que nadie más tiene, hasta ahí vamos bien, pero hay todavía un nivel mayor. ¿Qué quiere decir este milagro? Eso es lo que se llama trascender. ¿Qué me quiere decir Dios con esto? Por ejemplo, en ese milagro que estoy contando, el del capítulo quinto de San Juan, que San Juan no lo llama milagro, sino lo llama un signo, una señal.

Está el hecho de que este hombre por fin pudo caminar, está el hecho de que es una cosa admirable que lo haya curado, está el hecho de que Cristo es muy poderoso. Pero hay algo más todavía porque Cristo le dice: «Toma tu camilla y ponte a andar». De tal manera que este, que había estado paralítico, toma su camilla y se pone a andar. Antes la camilla lo llevaba a él, ahora él lleva la camilla. Por supuesto que la escena, ver al que estaba paralítico llevando su camilla, tiene un carácter de testimonio y parece que por ese lado va el sentido del milagro. Dios me cura, Dios me sana, Dios me da un milagro, para algo más, para algo más.

Algo parecido sucede en otro pasaje de San Juan, en el capítulo nueve, Cristo le da la vista a un hombre que había nacido ciego. Es algo maravilloso, es algo admirable, impresionante, pero no nos quedemos ahí. En la parte final de ese capítulo, Cristo le pregunta: «¿Crees en el Hijo del Hombre?» Y entonces el que estaba, el que había estado ciego, le responde: «¿Quién es para que yo crea en él?» Y Jesús le dice, oiga esta respuesta: «Soy yo, el que estás viendo». Como fue un milagro de curarle la vista, cuando Cristo dice: El que estás viendo, está mostrando para qué le dio la vista.

Le dio la vista para que él viera a su Salvador. Además, como Cristo le pregunta: ¿Crees? Esta mostrando con esa pregunta, que la fe es una especie de luz, es una especie de visión. Es muy profundo, eso es lo que llamamos trascendencia. No te quedes únicamente en el milagro, en la obra, que Cristo multiplicó panes, por supuesto que multiplicó panes, aunque ese milagro se lo quieren quitar al Señor por todas partes. Claro que multiplicó panes, pero lo más maravilloso es que, el que multiplicó panes, él mismo es pan. Porque en ese capítulo, que es el capítulo sexto de San Juan, él termina diciendo: «Yo soy el pan».

Eso es lo que se llama trascendencia, del milagro al misterio. Esa profundidad la tiene como nadie el evangelista San Juan. Otra característica de Juan es la manera como él utiliza las palabras, y podríamos decir, como él hace crecer las palabras. Mira, por ejemplo, el caso de la samaritana que está en el capítulo cuatro de San Juan por supuesto. Jesús hacia medio día, cansado del camino y muy sediento, se sienta al borde de un pozo en la ciudad de Sicar. Una mujer samaritana se acerca para sacar agua y Cristo le dice: «Dame de beber».

¿Qué significa la palabra agua en ese momento del relato? Pues agua significa esa sustancia líquida maravillosa que sirve para calmar la sed, cuando uno está sediento, ay, qué agradable que es un vaso, sobre todo de agua fresca. Agua significa eso en ese momento. Pero lo maravilloso es ver cómo las palabras van creciendo de significado en San Juan. Entonces, la mujer samaritana le responde a Jesús y le dice: «¿Cómo tú que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» Hasta ahí, la palabra agua sigue significando sustancia líquida que calma la sed.

Ahora mira la respuesta de Cristo: «Si tú supieras quién es el que te pide de beber, le pedirías tú a él, y él te daría agua viva». Ahora la misma palabra agua pasó a significar algo más profundo, es agua viva. ¿Qué es agua viva? Y ¿cómo es posible que un hombre muerto de sed, me va a dar agua, qué agua me va a dar? El relato te lleva a crecer en la palabra agua. Y en todo el relato vamos avanzando de lo puramente material a algo mucho más espiritual. Por ejemplo, Jesús hacia el final de ese pasaje les dice a los apóstoles: «Yo tengo un alimento que ustedes no conocen. Mi alimento es hacer la voluntad del Padre».

Cristo se sacia haciendo la voluntad del Padre, de alguna manera esa es su agua, ese es su alimento. Ese es un sentido de agua que ya está mucho más allá de lo que dijo al principio, que era puramente la sustancia líquida que le sirve a uno para calmar la sed del cuerpo. Esto que acabo de decir de la palabra agua sucede con muchas palabras en San Juan, la palabra pan, que ya mencioné, la palabra vida, la palabra luz: «Yo soy la luz del mundo. Yo soy el camino, la verdad y la vida».

Esa característica de San Juan es absolutamente fascinante y es un sello muy propio de él, porque no encontramos en la Biblia otro libro donde las palabras crezcan dentro del mismo libro, eso lo hace San Juan. Ahora permítanme que les comparta una última característica de San Juan. ¿Para qué les hablo esto? Porque quiero enamorarlos de la Biblia, porque quiero que lean la Biblia, que amen su Biblia, especialmente en el día de hoy, que nos acerquemos a San Juan.

En el Evangelio de Juan, ya lo he sugerido antes, hay una relación muy interesante entre ver y creer, y esto es muy importante porque nos enseña cómo el creer no es hacer afirmaciones sin evidencia. Me explico, en el tiempo en el que vivimos, que es un tiempo que idolatra el conocimiento científico, en este tiempo mucha gente se imagina que la fe es algo así como afirmar cosas sin evidencia. Especialmente la gente que está llena de arrogancia cientificista, tiende a pensar que la fe es una cosa caprichosa y sin evidencia. Fíjate que dije la palabra cientificista, no dije la palabra científica.

Porque la ciencia es un empeño noble, que dentro de sus propios límites es todo un regalo para la humanidad y es una luz muy grande para la inteligencia humana. El cientificismo, en cambio, es una deformación de la ciencia, una deformación que hace que muchas personas piensen que la única verdad es la que diga la ciencia y que, por lo tanto, esas personas miren con desprecio, con desprecio, todo lo demás. Por ejemplo, la fe, hay gente que tiene un gran desprecio hacia la fe y piensa que todo eso es superstición, fábulas, afirmaciones sin ningún sustento.

Pero lo que nos muestra Juan es que la fe no surge de un capricho, la fe no surge de que nosotros nos inventemos cosas o creamos en inventos. Fíjate nada más el Evangelio de hoy cómo terminó, el discípulo amado, es decir, el mismo Juan, vio y creyó. La fe no surge simplemente de imaginar cosas o de admitir cosas porque sí, o por autoridad o por costumbre, sin evidencia. La fe surge de la experiencia, la fe surge de ver. Por eso dice: vio y creyó, vio y creyó. Y esto tiene una gran profundidad, de lo cual solo puedo decir en este momento que Dios nos va regalando señales suyas de su amor, de su providencia, de su sabiduría.

Dios nos va regalando señales suyas todos los días y por todas partes. Y la fe no consiste en que yo me invente un Dios, como lo han dicho muchos ateos, sobre todo recientes. La fe consiste en que yo aprendo a mirar lo que Dios me ha dado y a partir de lo que Dios me ha dado, lo voy reconociendo a Él, lo voy honrando a Él y voy entregándole mi vida a Él: Vio y creyó. La fe no es un juego de fábulas, de imaginación, de suposiciones o de costumbres. La fe parte de experiencias vivas como la que tuvo el discípulo amado en el sepulcro de Jerusalén. Entonces, la relación entre ver y creer es algo impresionante en San Juan.

Bueno, quedémonos con esas tres señales, esas tres características de San Juan. Es un hombre que nos invita a trascender, a preguntarnos ¿esto qué sentido tiene, qué me quiere decir Dios con esto? En segundo lugar, es un evangelio en el que las palabras van creciendo a medida que pasa el texto. Y, en tercer lugar, es el evangelista que nos enseña a relacionar el ver y el creer, sobre todo para persuadirnos de que hay que ver lo que Dios está haciendo por nosotros para llegar a la fe y para crecer en la fe.

Qué día tan hermoso, el día de San Juan Evangelista, que él haga de todos nosotros mejores cristianos. Y yo pienso especialmente en estas queridas monjas dominicas, que son, ante todo, monjas contemplativas. Que San Juan interceda por este monasterio y conceda la gracia de la contemplación a ellas y a todos nosotros. Amén.

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