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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Tres lecciones que nos deja San Juan Evangelista
Homilía sjne027a, predicada en 20221227, con 9 min. y 50 seg. 
Transcripción:
La celebración del apóstol Juan sucede en el contexto de la Octava de Navidad, y sin duda la Iglesia quiere enseñarnos algo con este pequeño dato. La pareja de tiempos litúrgicos, Adviento y Navidad, nos prepara y luego celebra la llegada del Hijo de Dios a esta tierra. Así como la pareja de tiempos litúrgicos, Cuaresma y Pascua, celebra la salida de Cristo de esta tierra, a través de su dolorosa Pasión y luego, su gloriosa resurrección.
Así que el contexto general de la Navidad es el contexto de la encarnación, la llegada del Señor a esta tierra, es decir, el hecho de que por su misericordia y para nuestra salvación ha querido asumir nuestra naturaleza, ha tomado sobre sí todo lo nuestro, incluso sin ser pecador, el peso de nuestros pecados. Pues bien, la encarnación es uno de los elementos fundamentales en toda la teología de Juan, en su Evangelio, por supuesto, donde encontramos esa frase en la que puede uno deleitarse contemplando: «La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos visto su gloria».
Pero también en la primera carta de Juan, que nos va a acompañar para las lecturas de entre semana en el resto de este tiempo litúrgico de Navidad. En otras palabras, tiene un gran significado celebrar a San Juan en el contexto de la Navidad, porque podríamos, entre tantos títulos, llamar a Juan, el evangelista del Verbo encarnado, el evangelista de la Encarnación. Recojamos algunas lecciones que nos deja este apóstol para nuestra propia vida, nuestro propio camino de seguimiento de Cristo. En primer lugar, podemos decir que Juan es un antídoto contra la superficialidad.
En el tiempo en el que estamos, uno de los muchos peligros en la vida cristiana y también en la vida consagrada es una especie de superficialidad con respecto a la persona de Cristo. Cuando intentamos definir a Cristo simplemente en términos sociológicos, por ejemplo, cuando intentamos definir a Cristo solamente como un revolucionario o como un simple maestro espiritual, estamos, entre otras cosas, pecando de superficialidad. La mirada de este evangelista es tan profunda y su texto es tan denso, tan rico, que no se puede uno acercar a San Juan sin empezar a vencer ese riesgo, ese pecado de la superficialidad.
La manera como Juan nos ayuda a vencer la superficialidad es, además, única en toda la Biblia. Lo que hace este evangelista es tomar palabras, diríamos sencillas, como luz, vida, hora, vid, agua, pastor, palabras muy fáciles de entender, pero que al usarlas una y otra vez y al conectarlas de modos diversos, nos van llevando como en una especie de escalera ascendente, a buscar cada vez más la verdad inefable de Dios que está más allá de toda palabra. El uso del lenguaje en San Juan es algo absolutamente asombroso, sobre todo por lo que hemos dicho, porque son palabras muy sencillas, pero que él va conectando de distintos modos.
De modo que, al principio de un discurso de Cristo, por ejemplo, esa palabra tiene un sentido muy elemental, pero a medida que vamos avanzando en la lectura se va enriqueciendo. Solo por tener un ejemplo en nuestra mente, tomemos el caso del capítulo sexto de San Juan, donde todo empieza con la multiplicación de los panes, alimento para nuestra boca y nuestro estómago. Y al final, la misma palabra pan, ya está significando el pan vivo bajado del cielo, ya resulta que Cristo es el pan.
Y toma la misma palabra, pero nos hace una peregrinación con esa palabra para que nosotros ascendamos, para que nosotros subamos, para que nosotros salgamos de nuestra superficialidad, esa es una lección muy oportuna y muy necesaria. En segundo lugar, el evangelista Juan nos ayuda a ver de otro modo los milagros. De hecho, la palabra milagro no la utiliza San Juan, creo que nunca, él utiliza la palabra signo, para San Juan los milagros son fundamentalmente signos. Y por supuesto, esto conecta con lo anterior, el signo nos está invitando precisamente a ir más allá. No te quedes solo en el hecho prodigioso, sino busca el significado.
Pero también podemos aplicarlo a nuestra vida de otro modo. ¿Cuáles son los signos que Dios nos da? ¿Cuáles son las maravillas que Dios hace todos los días y que tal vez no estamos viendo? A veces, llevamos vida de esclavos siendo hijos, a veces llevamos vida de amargura, teniendo tantos motivos para el gozo, para la gratitud, para la alabanza. Entonces, este rasgo del evangelista Juan, este rasgo que es fundamentalmente el saber ver, el saber ver, el profundizar en los signos, es algo que necesitamos.
En la medida en que vamos descubriendo que nuestra vida es una cadena de providencias y de regalos, empezamos a habitar con el corazón en la paz, en la gratitud, en la compasión y en otras realidades igualmente profundas del Evangelio. Por último, no olvidemos que este es el evangelista que recostó su cabeza en el pecho de Cristo, Juan es una invitación a la contemplación. De esto nos habla San Agustín en algunos de sus sermones, refiriéndose a la vida activa y la vida contemplativa. Hay mucho que hacer por el Reino de Cristo, hay mucho que hacer.
Pero, dice San Agustín: Cuando lleguemos, por bondad de Dios a la gloria del cielo, ya no habrá hambrientos a los cuales dar alimento, o sedientos, a los cuales dar agua. Y dice San Agustín: Allí más bien seremos alimentados, allí más bien recibiremos esa agua de vida. De modo que, en medio de las tareas que, ciertamente, son parte de la vida de la Iglesia y que se expresan sobre todo dentro de la palabra misericordia, en medio de todas esas tareas, no debemos olvidar que el gran servicio a Dios está en permitir que Él acampe en nosotros, como dice el versículo aquel, el versículo 14, el capítulo primero, que el acampe entre nosotros y que nosotros veamos su gloria.
Es decir, es una invitación a ser contemplativos. Por algo le dijo Cristo a Marta y a María refiriéndose a María, le dice: « Ha escogido la mejor parte». Como que el gran deseo de Cristo es sobre todo eso, sí, hay que trabajar por Cristo y para Cristo, pero que no se nos olvide que el gran anhelo de su corazón es que nosotros le permitamos trabajar en nosotros. Y, de hecho, cuanto más trabaje Él en nosotros, pues más también podrá trabajar a través de nosotros. Sigamos esta celebración, gozándonos en la santidad de Juan y pidiendo al Señor que haga de nosotros mejores y, sobre todo, más amorosos discípulos. Amén.

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