Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Nuestra vida no se puede limitar simplemente a la rueda del producir, consumir y entretenerse; sino que en nosotros hay una búsqueda de trascendencia, de que Cristo reine en nosotros.

Homilía sjne025a, predicada en 20211227, con 6 min. y 50 seg.

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Transcripción:

El 27 de diciembre nuestra Iglesia Católica recuerda y celebra al apóstol y evangelista San Juan. Y lo primero que debemos decir es que Juan, como seguramente nos sucede a nosotros, tuvo todo un proceso de conversión. El Juan que nosotros encontramos en el Evangelio, quiero decir, el Juan que escribió el Evangelio, es el hombre madurado por la gracia, es el hombre conducido por el Espíritu Santo. Pero atención, hubo un proceso para que él llegara a ese punto.

Dónde empieza la historia de este hombre tan bendecido de Dios, que es llamado precisamente el discípulo amado, ¿dónde empieza la historia? Él era primero discípulo de Juan el Bautista y fue Juan el que, señalando a Cristo, dijo: «Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Y entonces, los que eran discípulos de Juan el Bautista vinieron a conocer a Cristo, entre ellos este Juan, el evangelista, y también Andrés, el hermano de Simón Pedro. Entonces, su historia empieza así. Es un pescador en Galilea, el papá de él se llamaba Zebedeo, un hermano de él fue también apóstol, se llama Santiago, lo llamamos Santiago el mayor.

Estos dos, Santiago y Juan, eran pescadores, hijos de Zebedeo y, al mismo tiempo, eran discípulos de Juan. Por eso me gusta decir que Juan empieza siendo lo que hoy tal vez llamamos un laico comprometido, es decir, una persona que no se limita simplemente a su oficio, a su trabajo, a esto de producir, consumir y entretenerse, sino que tiene una búsqueda, tiene una necesidad, tiene hambre de algo más. Y mira que eso es lo mismo que él nos va a dar en el Evangelio. El Evangelio de San Juan, que es el cuarto evangelio, es el Evangelio que nos invita a trascender, a ir más allá.

Pero bueno, sigamos por partes. Entonces, él era pescador junto a su hermano y junto a los empleados que tenía Zebedeo, era al mismo tiempo discípulo de Juan el Bautista, es decir, pasaba algún tiempo con Juan o iba a escuchar a Juan el Bautista. Juan el Bautista, con gran humildad, los pone en la ruta de Cristo para que sean discípulos de Cristo. Y entonces, pues, sale hacia allá Juan el evangelista, y se hace discípulo del Señor. Un día él los llama para que sean pescadores de hombres, y Juan entra a ser discípulo de Cristo.

Pero ahí todavía no está completa la historia, porque resulta que, ya como discípulo de Cristo, él, lo mismo que su hermano, tenía sus ambiciones, ellos aspiraban a tener altos cargos, ellos aspiraban a sobresalir por encima de otros. Ellos, lo mismo que los demás apóstoles, tenían esa grave imperfección que consiste en buscar los primeros puestos, esa era la discusión entre todos los apóstoles: ¿Quién es el primero? Y Juan no estaba ausente de esa búsqueda. Además, su temperamento era explosivo, era una persona que fácilmente se impacientaba. Y Cristo lo llamaba a él y a su hermano Santiago los llamaba los atronados, los hijos del trueno.

O sea que, cómo sería la manera de ser. Juan estuvo al pie de la cruz y nos dice el Evangelio que lleva su nombre, que él da testimonio, y lo que dice es verdad. Él estuvo allí al pie de la cruz, fue el único, entre los apóstoles, que vio aquel momento en que la lanza abrió el costado de Cristo, y cuando se abrió el corazón de Cristo de esa manera, podemos decir que, también se abrió el corazón de Juan, es decir, aquello que él estaba buscando desde su juventud, ese ir más allá, esa trascendencia, esa hambre de infinito, se encontró con el corazón abierto de Jesús.

La muerte de Jesús lo impacta profundamente, pero será la gracia de Pentecostés, la gracia del Espíritu Santo la que haga de él un hombre nuevo. Vivió muchos años, todo indica que vivió hasta finales del siglo I. Y, por consiguiente, tuvo mucho tiempo, pero sobre todo, mucha gracia del Espíritu para reflexionar sobre todo lo que Cristo les había hecho y les había enseñado y lo que Cristo había padecido. Entonces, Juan nos transmite en su Evangelio lo mismo que era su experiencia de vida.

Es decir, que nuestra vida no se puede limitar, óigame esto, nuestra vida no se puede limitar simplemente a la rueda del producir, consumir y entretenerse, estar perpetuamente distraídos, gastando, comprando, ganando dinero, la vida es más que eso. Juan nos enseña que las realidades de este mundo, aún las más sencillas, tienen un lenguaje de Dios, y los milagros tienen como más importante, no el hecho mismo del milagro, sino el significado porque Cristo quiere que los milagros nos lleven, nos conduzcan a un encuentro con Él y al verdadero reino de Él en nuestra vida, eso es lo que Cristo quiere con sus milagros.

Entonces, Juan nos ayuda a leer esta vida y a descubrir en ella el mensaje de la vida verdadera, hasta poder decir que Cristo es nuestra vida. Ver la luz del día y decir: Esta luz es señal de la verdadera luz, porque Cristo es nuestra luz. Beber el agua fresca y, al mismo tiempo, descubrir que de Cristo sale el verdadero manantial. Ese es Juan, esa es la enseñanza de Juan, y esa es la preciosa fiesta que tenemos el día de hoy.

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