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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Ser cristiano es llevar una vida que sólo resulta explicable por la llegada del amor de Dios a este mundo.
Homilía sjne022a, predicada en 20181227, con 13 min. y 23 seg. 
Transcripción:
Mis queridos hermanos, uno de los verbos más importantes en el Evangelio de Juan es el verbo ver. Parece la cosa más sencilla del mundo, parece que para ver, lo único que se necesita es levantar los párpados y ya empezamos a ver. Pero, precisamente, lo que nos enseña, o una de las cosas que nos enseña este evangelio de Juan y, en general, nos enseñan los escritos joánicos, es decir, los que tienen relación directa con este apóstol, algo que nos enseña es que el verbo ver tiene mucha profundidad, tanta profundidad que puede llegar incluso hasta lo que es invisible.
Pensemos, cuando miramos el rostro de una persona, no estamos solamente viendo dos ojos, una nariz, una boca. Al mirar el rostro de una persona, muchas veces encontramos su corazón, el drama que está viviendo, su esperanza, su alegría, su ilusión. A medida que nos vamos conociendo más, a medida que vamos tratando más a las personas y las vamos amando más, vamos encontrando que nuestra mirada se hace un poco más profunda. Así, por ejemplo, una buena mamá tiene una gran capacidad de ver, a veces con solo ver por un momento el rostro de su hija o de su hijo, sabe: le pasa algo, está triste, está preocupada, me quiere esconder algo.
Quiere decir que esa mamá está viendo, pero con un nivel de profundidad mucho mayor. En la primera lectura que escuchamos hoy, se habla del verbo ver. El apóstol dice: «Lo que hemos visto con nuestros ojos os lo anunciamos». Y el verbo ver aparece también en el Evangelio, dice el Apóstol que, dice el texto del Evangelio que este mismo apóstol: vio y creyó. O sea que el creer dentro del Evangelio de Juan no se opone a ver, sino que, en cierto sentido, creer es un nivel de ver. El que ve en profundidad, vamos a utilizar otro verbo, el que lee en profundidad los signos que Dios regala, termina creyéndole a Dios. Esa es una enseñanza fundamental de San Juan.
Se la repito, el que ve en profundidad, el que lee en profundidad los signos de Dios, termina creyendo, termina confiando, entregando su ser a eso que Dios le muestra. No es algo tan extraño, si lo piensas bien, es lo mismo que sucede cuando una persona se enamora o cuando una persona encuentra un buen amigo, una buena amiga. Usualmente no abrimos todo nuestro corazón y nuestra confianza a cualquiera, sino que primero vemos, leemos a la persona y en la medida en que nos vamos dando cuenta que la persona es de fiar, nos respeta, nos apoya, nos quiere, nos comprende, vamos abriendo más el corazón y vamos también entendiendo mejor a esa persona.
Entonces, tal vez la primera enseñanza que hay que destacar en el día de hoy es una pregunta: ¿Cuál es nuestra profundidad? Al ver, vemos superficialmente o vemos en profundidad. Esa profundidad, repito, nos va a llevar incluso hasta el corazón de las personas. Jesús tenía unos ojos capaces de entrar en el corazón de las personas. Nos dice el capítulo segundo de San Juan: Él no necesitaba que le dieran recomendaciones de nadie, Él sabía leer a las personas, Él se daba cuenta lo que había en las personas, lo que buscaban en realidad, lo que querían. Así que el primer punto es ese, el primer punto es preguntarnos por esa profundidad en el ver, si realmente sabemos ver.
Segundo punto, ¿ver qué? Bueno, la palabra clave en el Evangelio de Juan es una que ya mencioné signos, señales, igualito que cuando una persona se enamora, es exactamente lo mismo. Usted va viendo señales, parece que le intereso, no le soy indiferente, parece que le gusto. Ese descubrimiento, eso que se descubre es lo que hace que la persona deduzca. Entonces, hay que ver las señales. Y nos dice el apóstol San Pablo en el capítulo primero de la Carta a los Romanos que Dios ha llenado el mundo de señales, que, de hecho, ya la naturaleza, para quienes tienen ojos, ya la naturaleza proclama la grandeza de Dios.
Como dice uno de nuestros cantos, tomado de un salmo: «El cielo proclama la gloria de Dios. El firmamento pregona la obra de sus manos». Es decir, para el que tiene ojos, para el que sabe ver, eso que se puede leer ya en la creación es algo absolutamente maravilloso, es algo sublime que nos habla de la grandeza de Dios, que ahí está Dios declarándose a nosotros. Pero luego, las señales más específicas son las que provienen de nuestros hermanos creyentes, es decir, los que provienen de la comunidad creyente, los que provienen de la Iglesia.
La Iglesia misma, se puede decir que, es la gran señal. Ella, la Iglesia entera es la gran señal, y la Iglesia en la multitud de sus santos, en sus obras de misericordia, en la elocuencia de sus predicadores, en la belleza, en la gloria de sus sacramentos, la Iglesia misma nos está contando, nos está dando señales. Básicamente porque cuando uno se encuentra una persona que realmente ama y que realmente se entrega y que realmente da y da, en medio de la imperfección humana, pero una persona que da, que se entrega. Uno termina por preguntarse: Pero ¿este por qué lo hace?
A veces, la respuesta es sencilla. Por ejemplo, una mujer que ve que la están tratando con mucha delicadeza, con mucha ternura, con mucha poesía, con muchos detalles, pero ve que en el fondo de lo que se trata es de tocarla y de aprovecharse de ella. Entonces ella dice: Ah, ya sé, este para dónde va. Y a menos que ella misma quiera meterse en ese lodo, pues ella se aparta, toma distancia, dice: No, yo no estoy para esos juegos tontos, porque ella tiene conciencia de lo que viene ahí. Pero qué pasa cuando una persona descubre amor y dice: Pero ¿qué le mueve? O sea, ¿por qué lo hace? Porque esta persona ama así, porque esta persona se mete en problemas.
Con frecuencia, estos días estamos recordando a la religiosa colombiana Gloria Cecilia Narváez. Esa mujer estaba en África, estaba en Mali, en África, cuando fue secuestrada. Está en poder en este momento, hasta donde sabemos, de grupos radicales musulmanes. Entonces, uno se pregunta: Y ¿ella qué hacía en África? Estaba consiguiendo dinero, estaba consiguiendo fama, estaba buscando una vida de lujo, de placer, estaba siguiendo modas. No, ella no estaba haciendo nada de eso. Entonces, lo inexplicable del amor gratuito se convierte en una proclamación de la gracia misma de Dios.
Por eso, aquí viene la tercera y última parte de esta homilía. Una persona como la Madre Teresa de Calcuta, o como la hermana Gloria Cecilia, nos pone a pensar porque uno dice: Pero ¿ella por qué estaba en esas? Y la única respuesta es por amor. Entonces, ella se convierte en un signo, se convierte en una señal. Bueno, y ahora viene la conclusión de nuestra homilía. Y tú ¿cuándo vas a hacer esa señal? ¿Cuándo vas a hacer tú la señal? De manera que la gente, al ver tu vida recta, bella, humilde, generosa, como dice San Pablo, perfumada con el perfume de Cristo, que la gente vea tu vida y diga: Pero ¿por qué lo hace?
También nosotros estamos llamados a ser signos. Signos que, en cierto sentido, obligan al mundo a decir por qué lo hace. Y cuando esas señales se multiplican, entonces estamos haciendo realidad lo más profundo del Evangelio de Juan. También nosotros nos convertimos en luces que llegan a otras personas. Y nos dice la primera lectura de hoy: Ahí es cuando la alegría es perfecta, ahí es cuando es perfecta la alegría. Es una gran alegría ver las señales de Dios, es una gran alegría sabernos amados por Él.
Pero la máxima alegría es que eso que tú recibes, se refleje en ti para que otros se pregunten: Y ¿este qué tiene, y ésta por qué vive así, por qué todos buscan una cosa y este no, por qué todas están detrás del ídolo de moda y esta no? Esta tiene una independencia en su criterio, no es tonta, no es un ser anormal. Y, sin embargo, es un ser único. Parece que la santidad es algo como eso, no somos anormales, pero somos únicos, con una unicidad que se convierte en un desafío, ese es el verdadero challenge, a ustedes que les gustan tanto los challenges. Ese es el verdadero Challenge.
El verdadero Challenge, el verdadero desafío es ser inexplicables. El verdadero desafío es volvernos inexplicables hasta el punto de que la única explicación sea debe ser que hay un Dios, debe ser que hay un Dios que ama mucho y debe ser que esta persona se encontró con Dios. Yo no veo otra explicación. Por supuesto, eso es lo que encontramos en el mismo Cristo. O sea, el primero que hizo este camino fue el evangelista Juan, él miró y miró muy de cerca, muy, muy de cerca miró a Jesucristo y lo miró durante mucho tiempo. Y finalmente tuvo que preguntarse ¿él por qué es así? Y tuvo que preguntarse por su origen.
Y al preguntarse por el origen último de Cristo, dice: Este es Dios. «En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios y la Palabra era Dios. Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros». Es decir, es la única explicación, la única manera de entender esto es Dios. Resumen, es muy importante el verbo ver, que nuestra mirada no sea superficial, que nuestra mirada esté cargada de sabiduría. Segundo, ¿ver qué? Ver todas las señales que Dios te regala en la naturaleza, en la historia, en tu familia, quizás en tu propia familia tienes unas señales admirables, míralas, léelas.
Y tercero, vamos a hacer nosotros mismos, nosotros vamos a hacer también señales, que nuestras vidas sean inexplicables, o mejor, que la única explicación posible de nuestras vidas sea el amor de Dios.

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