Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La profundidad de la enseñanza de San Juan sobre la persona de Cristo habla bien de la intensidad del amor y disponibilidad que este apóstol tuvo hacia su Señor y Maestro.

Homilía sjne018a, predicada en 20161227, con 8 min. y 9 seg.

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Transcripción:

En nuestro tiempo, cuando una persona se va a presentar, va a decir quién es, casi siempre dice qué hace, por ejemplo, soy médico, soy sacerdote, soy abogado. Eso demuestra que en nuestra época lo que uno hace, lo que uno produce, se considera tan importante que equivale, prácticamente, a lo que uno es. Resulta interesante asomarnos a otros tiempos y a otras culturas para descubrir que la misma pregunta, quién eres tú, se responde de una manera distinta.

Recordamos, porque fue no hace mucho, que el Evangelio según San Mateo empieza por presentarnos la genealogía de Jesucristo. Esa larga lista de nombres que quizás resulta extraña para muchos de nosotros, es el modo largo de presentarse a alguien en el ambiente semita, en el ambiente judío. Recordemos, por ejemplo, cómo en el libro de Tobías, cuando este hombre joven Tobías, se va a presentar allá en la casa de Sara, no quedan tranquilos hasta que no logran saber de dónde viene, de qué familia viene, de quién eres hijo, cuál es tu origen.

De modo que, así como en nuestra época, cuando se va a responder quién es alguien, se hace una alusión a lo que la persona hace o produce. En aquella época, la respuesta fundamental es ¿cuál es su familia, cuál es su origen? Y cuando ya se encuentra el origen, entonces ya se sabe quién es la persona. Esa manera de pensar y de hablar puede resultarnos extraña a nosotros, pero estoy seguro que nuestra manera de pensar les resultaría muy extraña a ellos. Los distintos apóstoles y los distintos evangelistas presentan variaciones en esta manera de hablar de quién es Cristo.

Por ejemplo, el apóstol San Pablo en la Carta a los Gálatas, habla de Cristo como aquel que es nacido de mujer y nacido bajo la ley. Si nos vamos a San Lucas, que es de origen pagano, él tiene un cuadro diferente. La historia empieza en el anuncio del ángel, en la escena del templo con Zacarías y en la escena de Nazaret. Marcos responde diciendo el bautismo. El apóstol que recordamos hoy, san Juan, da la respuesta que podríamos decir más profunda de todas, estaba desde el principio, es la palabra misma, es el Logos de Dios.

O sea que Juan, en cierto sentido, se adelantó a todos los otros, porque todos los otros ponen el origen de Cristo en tal o cual acontecimiento, mientras que Juan se remite a lo que ha sucedido antes de que nada sucediera, se remite a la eternidad misma de Dios. Por eso, la respuesta que Juan da nos asombra y es motivo de continua contemplación y admiración. ¿Cómo podemos aplicar ese hecho a nuestra vida cristiana? Bueno, podemos preguntarnos ¿quién es Cristo para nosotros? O podemos preguntarnos también ¿qué tamaño tiene Cristo en nuestras vidas?

Porque muchas personas, como lo muestra el Evangelio, encontraron en Cristo la solución a un problema que tenían, esas multitudes que fueron sanadas estaban constituidas por hombres y mujeres que encontraron una solución. Pensemos en los paralíticos, en los ciegos, en la hemorroisa, pensemos en los sordos, en los mudos, en los leprosos. ¿Quién fue Cristo para ellos? La solución de un problema. Y es posible que hasta ahí haya llegado su conocimiento de Cristo, digamos que Cristo se quedó así, pequeñito en esas vidas.

Cristo fue solo un parche para un momento difícil de mi vida, Cristo fue apenas un repuesto, Cristo fue apenas una muleta mientras yo me recuperaba y seguía mi historia. Otras personas encontraron un poco más, seguramente Nicodemo, José de Arimatea, encontraron más. Y entonces, uno se pregunta: ¿hasta dónde quiero yo que Cristo sea grande en mi vida? O de otra manera, ¿qué tamaño quiero que Cristo tenga en mi vida? Porque el mismo apóstol, que en el Evangelio vemos que corría más que Pedro, fíjate, iba con Pedro, pero iba delante de Pedro.

Esa prisa, ese correr, ese correr más, es lo propio del evangelista que hoy recordamos. Y eso demuestra, entre otras cosas, el afán propio de un amor, Cristo es tan grande en Juan y eso lo demuestran sus escritos. Entonces, tenemos que preguntarnos nosotros de qué tamaño queremos que sea Cristo en nuestra vida, quiero que Cristo sea una muleta, quiero que sea un parche, quiero que sea un repuesto, una solución a un problema. O quizás quiero algo más, quiero que sea mi amigo entrañable, quiero que sea la fuente de mi vida, quiero que sea el centro de mi existencia.

O como Francisco de Asís decía: Mi Dios y mi todo. ¿Qué tamaño quiero que Cristo tenga en mi vida, hasta dónde quiero llegar con Cristo, hasta dónde quiero permitirle a Cristo que habite en mi corazón? Porque Él es respetuoso, el Apocalipsis dice: Toco a la puerta, no dice destruyó la puerta, toca a la puerta. Pero eso no vale únicamente para el principio de la conversión, Cristo sigue tocando puertas dentro de nuestra casa: ¿Puedo entrar al baúl de tus recuerdos, puedo entrar a la casa de tus sueños, puedo entrar al lugar de tus miedos, puedo entrar a tus dolores más profundos?

Y a medida que le vamos diciendo, como le dijo Juan: Sí, sí, sigue, entra, llénalo todo, cólmalo todo. En esa medida, Cristo es verdaderamente nuestro Señor. De otro modo dejamos a Cristo en el portal, dejamos a Cristo en el vestíbulo, dejamos a Cristo en la salita de estar, mientras yo sigo organizando mi vida más o menos como a mí me parece. Pidamos, por la intercesión de este apóstol, que un amor incontenible nos lleve a quitarle todas las llaves a las puertas y decirle a Jesús: Tú eres el amor de mi alma, eres el centro de mi ser, eres mi Dios y mi todo.

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