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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Los jóvenes y niños están llamados por Dios a la santidad y a testificar como Juan lo que significa amar a Cristo, siendo para el mundo y para la Iglesia motivo de esperanza.
Homilía sjne017a, predicada en 20161227, con 6 min. y 14 seg. 
Transcripción:
El 27 de diciembre nuestra Iglesia Católica celebra la fiesta de San Juan, apóstol y evangelista. La historia de la vocación de este apóstol creo que tiene enorme actualidad, especialmente si caemos en cuenta de algo que con frecuencia subrayaron los antiguos padres de la Iglesia. Me refiero al hecho de que este apóstol, el de hoy, Juan, era el más joven de todos. La juventud de Juan es una invitación a que descubramos el verdadero valor de ser joven y también pensemos de una manera un poquito diferente sobre lo que significa evangelizar a la juventud.
Recordemos algunos datos elementales, según nos dice el Evangelio, que precisamente lleva su nombre, es decir, el cuarto Evangelio, el de San Juan, este discípulo fue primero discípulo del Bautista y luego discípulo de Cristo. Pero, por otro lado, como lo cuentan los evangelios llamados sinópticos, es decir, los tres primeros Mateo, Marcos y Lucas, Juan era pescador junto con su hermano Santiago. Santiago y Juan eran hermanos, así como Pedro y Andrés eran hermanos. Pero esto representa una pregunta entonces, esto nos obliga a hacernos una pregunta.
Por un lado, se nos dice que era discípulo de Juan Bautista, que vivía en el desierto y por otro lado se nos dice que era pescador junto con su hermano en el mar de Galilea. ¿Cómo son compatibles estas dos cosas, cómo es posible que al mismo tiempo fuera pescador en el mar y discípulo en el desierto? La única explicación posible es que este Juan era, al mismo tiempo, un laico que tenía su trabajo, trabajo duro, trabajo manual, físico, que era el de pescador, pero que atendía la predicación del Bautista y pasaba tiempo también junto con él.
Las distancias no son excesivas, es decir, esto perfectamente se puede caminar, mucho más en aquella época en que la gente tenía esa costumbre y tenía ese valor para hacer grandes recorridos. Lo que quiero decir con esto es que el joven Juan era indudablemente lo que hoy nosotros llamaríamos un joven, un joven comprometido con su fe, un laico comprometido. Es decir, Juan es la imagen de aquella persona que por un lado tiene su trabajo, tiene sus compromisos, qué sé yo, familiares, económicos, pero por otro lado, saca tiempo para lo que en nuestra época llamamos formación o lo que llamamos retiros espirituales.
Estoy haciendo como una traducción entre aquella época y la nuestra, por supuesto, porque estoy pensando en jóvenes que también yo he conocido, que están haciendo sus estudios, por ejemplo, en la universidad, o tienen su trabajo, por ejemplo, en un almacén o en un taller, y sacan tiempo, sacan tiempo para hacer un buen retiro espiritual, sacan tiempo para una jornada de vida cristiana, sacan tiempo para sus convivencias de la comunidad a la que pertenecen, sacan tiempo para Dios porque en el fondo saben que el mismo Dios que les da el tiempo para trabajar y para estudiar es el Dios que merece todo nuestro tiempo en la formación y en la oración.
Cuando miro a Juan, el evangelista, desde esta perspectiva, entonces lo descubro muy cercano, porque entonces descubro que cada uno de esos niños y jóvenes que están sintiendo, al mismo tiempo, las exigencias de una vida laboral, pero están sintiendo también las exigencias del amor de Dios que les llama, cada uno de esos jóvenes es una esperanza para el mundo, es una esperanza para la Iglesia. Muchos de ellos seguramente serán llamados por el Señor para asumir un compromiso mayor. Este Juan, que ya tenía ese ritmo, ese ritmo de oración, de formación, de trabajo, podemos decir que era como tierra preparada para el día bendito en el que Cristo lo llamó.
Ya cuando llega el sígueme de Cristo, encontró la tierra preparada. Y por eso digo que tenemos que repensar nuestra pastoral, como llamamos a veces, nuestra manera de evangelizar a los jóvenes. Se necesita una cierta exigencia, se necesita una cierta, podríamos decir un cierto nivel de excelencia para que estos hombres y mujeres puedan descubrir que el mayor desafío de su vida no es tirarse de un puente amarrados a una cuerda, el mayor desafío de su vida no es andar a cientos de kilómetros por hora por una autopista a ver si me mato. El mayor desafío de su vida no es ver cuánto alcohol les resiste el cuerpo.
El mayor desafío de su vida es ser esa tierra preciosa que un día puede escuchar el llamado a la santidad. Que así nos lo conceda este joven, este jovencísimo apóstol que, de esa manera, testificó lo que significa amar a Jesucristo.

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