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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

San Juan es el gran cantor de la Encarnación de la Palabra Divina, y por eso tiene particular sentido que su fiesta quede incorporada dentro de la gran fiesta del Nacimiento del Señor, que se extiende por ocho días, es decir, a lo largo de la Octava de Navidad.

Homilía sjne009a, predicada en 20101227, con 3 min. y 57 seg.

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Transcripción:

El 27 de diciembre tenemos la fiesta de San Juan, apóstol y evangelista, pero no es la celebración de un santo más dentro de nuestra Iglesia Católica. Puede decirse que la fecha en que celebramos a San Juan está en estrecha relación con el misterio que llena de alegría y que llena de luz estos días, me refiero, por supuesto, a la Navidad. La Navidad es una fiesta tan grande que, por decirlo de alguna manera, no cabe en un solo día, sino que se prolonga, se derrama, se vierte sobre toda una semana.

Y por eso, desde el 25 de diciembre hasta el primero de enero, en realidad estamos en una sola fiesta, una sola celebración muy grande, la celebración del nacimiento del Señor. En nuestra liturgia católica llamamos a esta clase de celebración prolongada una octava. Tenemos una octava en el tiempo de Pascua, tenemos otra octava en Navidad. En ambos casos, la Iglesia toma plena conciencia de la magnitud de lo que está celebrando. Son tantos los textos de la Biblia, son tantos los tesoros de oración, son tantos los himnos y cánticos que celebran, por ejemplo, la victoria sobre la muerte, que por eso tenemos una octava de Pascua.

Lo mismo sucede aquí, tenemos una octava de Navidad. Y hay una razón muy seria para que la fiesta de San Juan el Evangelista se encuentre como invitado de honor para esa octava, podemos decir que esta es una fiesta dentro de otra fiesta. O podemos decir que San Juan es el invitado de honor para gozarnos en el misterio del Verbo hecho carne. Efectivamente, la expresión tal vez más sublime del misterio de la Encarnación, la encontramos dentro de la Biblia en las palabras de San Juan: «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros».

También en la primera lectura de hoy, tomada del primer capítulo de la primera carta de San Juan, hay la misma idea: «Lo que hemos visto, lo que hemos oído acerca de la palabra de vida, eso lo compartimos», así habla San Juan. Y de ese modo, podemos decir que él es el gran poeta, el gran teólogo, el gran liturgo, él es el maestro de ceremonias cuando se trata de cantar la hermosura de la encarnación, cuando se trata de celebrar al Verbo hecho carne. El mismo San Juan es el que, en el Evangelio de hoy, capítulo 20 del Evangelio que lleva su nombre, nos aparece ante nuestros ojos como testigo privilegiado del final de la vida de Cristo en esta tierra.

En efecto, San Juan, que estuvo junto a la cruz, que acompañó la sepultura de Jesucristo, es el que al entrar al sepulcro se da cuenta que todo está como lo dejaron, menos el cuerpo de Jesús. Y así se convierte en testigo privilegiado del acontecimiento central de nuestra fe. Qué grande este evangelista, qué gran maestro, qué gran testigo, qué gran amigo. Que Él nos ayude a celebrar la Navidad. Amén.

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