Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Nuestra fe depende de los Apóstoles.

Homilía sjne007a, predicada en 20061227, con 8 min. y 52 seg.

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Transcripción:

Casi siempre se considera a la fe como una apuesta a ciegas, pero en la Biblia no es así, y creo que el pasaje que mejor lo ilustra es el que hemos oído en el Evangelio de hoy. Dice que este discípulo amado, a quien la tradición identifica unánimemente con San Juan, vio y creyó. No se oponen estos dos. A veces, uno dice que hay que evitar ver. Pero hay ocasiones, como en esta, en que el ver y el creer van juntos. Y, de hecho, este discípulo llegó a la fe a través de ver.

Pero ¿qué fue lo que vio? Recordemos quién fue este discípulo. Este fue el único que estuvo junto a la cruz, fue el único discípulo que acompañó el proceso del sepulcro, de poner a Jesús en el sepulcro. ¿Cómo eran los sepulcros de la época? No es como nosotros estamos acostumbrados, meter la gente en tierra. Estos sepulcros eran como unos pequeños cuartitos y entonces usualmente tenían como dos secciones, la de más adentro era donde se ponía el cadáver. El cadáver se envolvía en un sudario, en una tela larga, se amarraba la mandíbula para que no se abriera la boca, se le amarraba la mandíbula y se envolvía todo el cadáver.

Y todo eso se untaba con una gran cantidad de esencias y de aromas penetrantes. Pues, precisamente, para cubrir el mal olor de un cuerpo que se corrompe. La gran cantidad podría ser a veces hasta de 50 a 60 kilos de esos perfumes. Entonces, se envolvía en el sudario y se le echaba abundantísimamente esas esencias y perfumes, mirra y otras cosas muy penetrantes para cubrir el mal olor, eso era lo que quedaba en la parte de adentro. El cadáver no iba en un ataúd, sino el cadáver quedaba o sobre el suelo, o quedaba sobre una pequeña piedra o superficie plana, ahí quedaba el cadáver envuelto y con esos perfumes, eso en la parte de adentro.

Esa recámara interior estaba unida, estaba conectada con un pequeño cuartico donde la gente se podía sentar, por ejemplo, para orar. Entonces, en ciertas circunstancias, a nosotros eso nos puede parecer macabro, porque el cadáver quedaba allá como expuesto. Pero lo que hacían era tener ahí al cuartico ese donde estaba el cadáver. Quedaba una pequeña, una pequeña como abertura, no puerta, pero abertura que iba allá. Y los difuntos y los fieles, los parientes del difunto, en ciertas circunstancias, podían incluso reunirse, algunos pocos en esa otra recámara que quedaba ahí.

Después de esa segunda recámara quedaba la entrada del sepulcro que, en el caso de Jesús, había sido cerrada con una gran piedra. Por eso las mujeres, cuando iban al sepulcro el primer día de la semana, decían: Bueno, y ahora ¿quién nos va a mover esa piedra tan grande? Porque había sido cerrada, obviamente, pues no era una piedra que cerrara herméticamente, era simplemente una piedra que impedía la entrada de otras personas ahí. Eso, toda esta disposición de cosas era muy familiar para los judíos. Por lo menos, era el entierro que tenía un judío rico de aquella época.

Los pobres, los pobres tenían que optar por soluciones más sencillas, las cuales desconozco como eran. Lo que sí sabemos es que Jesús fue puesto en el sepulcro de un hombre rico, ese hombre rico se llamaba José de Arimatea. Entonces, el cadáver de Jesús quedó en ese sepulcro nuevo que José había preparado, José de Arimatea había preparado para él mismo. Ahí fue donde él dispuso que se pusiera el cadáver de Cristo. ¿Quién vio todos esos arreglos, quién estuvo ahí? Pues varias personas estuvieron, María Magdalena estuvo, seguramente la Santísima Virgen, la Madre de Jesús estuvo en ese proceso del sepulcro y este Juan estuvo.

Entonces, Juan sabía cómo habían quedado las cosas, él sabía dónde estaban, en qué parte habían quedado, dónde había quedado el cadáver de Jesús, todo eso lo conocía Él. Cuando llegaron, ese primer día de la semana, cuando llegaron al sepulcro Pedro y Juan, Juan no se adelantó a entrar, dejó que entrara primero Pedro, como una señal evidente de respeto a la misión que tenía Pedro y al lugar que Pedro tenía en el grupo de los apóstoles. Entró Pedro, dice aquí: Pedro vio las vendas en el suelo, vio las demás cosas. Y solo cuando Pedro vio todo eso, entró este discípulo.

Entonces, ¿qué fue lo que vio este discípulo? Lo que este discípulo vio fue el sudario y las vendas. Dice aquí que el discípulo vio las vendas en el suelo, y el sudario, o el trapo, o en fin, con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. ¿Qué es lo que llama la atención de eso y por qué Juan creyó? Porque, si no está Jesús ¿qué se hizo el cuerpo? La posibilidad es que se lo hayan robado. Pero Juan había visto cómo habían quedado las cosas y se da cuenta que todo está en su sitio, menos el cuerpo de Jesús. Entonces Juan llega, ve que están las vendas, ve que está el sudario, ve que todo está como lo habían dejado, porque él sabía cómo lo habían dejado, todo está en el lugar, menos Jesús. En ese momento él entiende, esto no es un robo, no se han robado el cadáver.

Partamos de la base de que robarse un cadáver desnudo no sería fácil. Pero es que estaba todo igual. Entonces, Juan ve esa señal, no ve la resurrección, sino ve esa señal. Y él, que había visto el proceso del sepulcro, entiende, descubre, aquí ha sucedido algo. Ahí se da el acto de la fe, Juan ve y cree. O como dice aquí: «Vio y creyó». ¿Qué podemos recibir nosotros de esta, de este pasaje y de esta fiesta? En primer lugar, que son fiables los testimonios de los apóstoles. Tenemos a uno que vio cómo quedaba el cuerpo de Cristo y que vio todo igual sin el cuerpo de Cristo.

Nuestra fe en la resurrección del Señor se basa en el testimonio de estos apóstoles, se basa en el testimonio de ellos. Y una de las condiciones para ser apóstol precisamente era esa, una persona, eso lo sabemos cuando hubo que elegir al reemplazo de Judas Iscariote. Necesitamos uno que haya estado con nosotros, uno que pueda dar testimonio de dos cosas, de que Jesús existió y murió y de que ese mismo Jesús resucitó. Entonces, este es un día muy bello para saber que tenemos un fundamento sólido a nuestra fe.

Finalmente, toda la fe cristiana que existe en el mundo depende de estos hombres, de los apóstoles, de los que convivieron con Cristo, de los que lo vieron padecer, de los que supieron que estaba muerto y de los que tuvieron la certeza de su resurrección. Continuemos nuestra celebración, sabiendo sobre qué roca estamos parados, sabiendo lo que significa que nuestra fe depende de estos primeros testigos, y sabiendo que este mensaje de alegría no se extingue.

Porque el Dios que ha vencido el extremo de la traición, el odio y la muerte con la gloria de la resurrección, ese mismo Dios se ha puesto de nuestro lado, se ha declarado a nuestro lado. Y si nosotros nos fiamos de Él y nos aferramos a Él, somos también vencedores del dolor, del odio y de la muerte.

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