Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Juan Evangelista es maestro de contemplación.

Homilía sjne005a, predicada en 20001227, con 28 min. y 47 seg.

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Transcripción:

Juan es el evangelista que ha podido asomarse con mayor profundidad en el misterio de Jesucristo. Dios le concedió una comprensión especial del misterio de Cristo. Es este el evangelista que dijo: «Hemos contemplado su gloria. La vida se hizo visible, nosotros la hemos visto». El ha visto la vida, él ha visto la gloria, porque: «La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria». Además, es el evangelista del que dice el texto que acabamos de escuchar: «Vio y creyó». Su mirada, pues, está llena de fe, su mirada está llena de vida, su mirada está llena de gloria.

La mirada de Juan, eso es lo que nosotros necesitamos, siempre lo necesitamos, pero especialmente en este tiempo de Navidad. Porque, Cristo llega a nosotros como regalo supremo del Padre. María lo siente vivir en sus entrañas desde hace meses. Pero para nosotros, solo ahora que podemos mirarle y que podemos abrazarle, solo ahora que podemos besarle, solo ahora empieza como a existir para nosotros. Solo ahora, cuando nuestros ojos se abren ante la carne de Cristo, solo ahora descubrimos, empezamos a descubrir el tamaño del regalo que Dios nos ha dado.

Pero para encontrar ese regalo que viene ofrecido, pero, a la vez, encubierto por la carne, necesitamos la mirada de Juan. La Navidad, es decir, el regalo nos lo da Cristo, pero abrir el regalo nos lo da Juan. Necesitamos la mirada de Juan, una mirada llena de fe, una mirada llena de vida, una mirada llena de gloria, esa es la mirada que necesitamos para abrir el regalo, para entrar por el misterio de la carne de Cristo. La Carta a los Hebreos nos dice qué es lo que nos vamos a encontrar, porque esta carta habla de la carne de Cristo comparándola con el velo del antiguo templo.

El lugar más santo del antiguo templo, el que a veces se llama Santo de los Santos, o el lugar Santísimo del Antiguo Templo, estaba protegido solamente por una cortina, por un velo. Solo el sumo sacerdote podía entrar por ese velo, y esto solo una vez al año. Era allí donde se ofrecía el incienso y la sangre como súplica de propiciación por los pecados. Un lugar en el que, con una misteriosa soledad, el sumo sacerdote se quedaba, por decirlo así, a solas con Dios. La Carta a los Hebreos toma todo este lenguaje del Antiguo Testamento y lo convierte o nos hace descubrir su dimensión de figura.

Es decir, todas esas realidades, esa cortina física, ese velo real, tangible, se convierte de repente en una palabra, en un lenguaje, un lenguaje en el que esta carta nos ayuda a descubrir lo que Dios venía preparando y que finalmente se realizó por Cristo. Y dice la Carta a los Hebreos que el velo era la carne de Cristo. Y esa carne rasgada precisamente por la Pasión de Cristo, ha quedado abierta. Entonces, ha podido entrar el sumo sacerdote, que de nuevo es el mismo Cristo. Cristo es sacerdote que penetra a través del misterio de su carne desgarrada, la carne es el velo, la carne está rota.

Cristo entra por esa carne como sumo sacerdote, para ofrecer no sangre ajena, sino, de nuevo, su propia sangre, y la ofrece no en un altar de oro, sino la ofrece en su propio altar, Él es el altar. Es decir, en Cristo se concentra toda la realidad que venía anunciándose en el Antiguo Testamento. De todo este lenguaje tan bello y tan profundo, hoy nos interesa destacar aquello de la carne de Cristo como un velo a través del cual hay que entrar. Y dice la Carta a los Hebreos que una vez que ha entrado Cristo como sumo sacerdote de los bienes futuros, pues el velo ha quedado abierto.

Así como nos dicen los Evangelios, que se rasgó la cortina del velo antiguo y ya no hubo quien la considera, pues así también la carne de Cristo ha quedado rota, sus llagas están expuestas y no han cicatrizado, ni habrán de cicatrizar jamás, están para siempre abiertas, porque a través de la carne de Cristo está el camino por el que todos nosotros, beneficiados de ese sacerdocio del Señor, podemos también entrar con Él, al Santo de los Santos. Para esto ingreso, para descubrir cómo la sangre de Cristo y su carne rasgada son nuestra salvación, para eso necesitamos la mirada de Juan, una mirada llena de fe, una mirada llena de vida y una mirada llena de gloria.

Ese santuario en el que entramos ya no es un cuartico, ya no es un cuartico localizable en la Jerusalén de esta tierra, ese santuario en el que entramos es la Jerusalén del cielo. Por consiguiente, a través de la carne rota de Cristo, lo que se entrevé es el cielo. Esto explica por qué el evangelista Juan nos da una versión completamente diferente, por lo menos en su aspecto exterior sobre la Pasión de Cristo. Mientras que Lucas nos muestra con especial ternura, con especial delicadeza, casi diríamos solidaridad, los tormentos de Cristo.

Ese mismo Cristo en el lenguaje de Juan, es majestuoso, es un Cristo revestido de una autoridad. Es ese Cristo que, de alguna manera, dirige la liturgia de su propia muerte, ese es el Cristo que padece y que muere en el Evangelio de Juan, es un Cristo liturgo, un Cristo sacerdote que dirige la celebración de su propia muerte, porque en las palabras del evangelista: «A mí nadie me quita la vida, yo la entrego». No le hemos rapado nada que Él no quisiera primero darnos y nada tendríamos si Él no hubiera querido entregarlo.

Por eso, el Cristo majestuoso de Juan no es un Cristo lejano de nosotros, sino un Cristo, podríamos decir, sereno, con esa paz de la mirada que ha encontrado los porqués de Dios. Esto sí es lo más grande que se pueda decir, me parece a mí, de un contemplativo. Yo no sé si haya una cima más alta en la contemplación que asomarse a los porqués de Dios, por decirlo de algún modo, las razones de Dios. Y esto explica la íntima, la indescriptible unión que Juan siente con aquello que predica, con aquello que anuncia, con aquello que ha vivido.

Esa unión en griego, koinonía, esa comunión, es la fuente de vida de la que tienen que vivir los discípulos de Cristo. El ideal de comunidad eclesial que nace en los escritos de Juan, es un grupo de personas que han escuchado, que han visto, que han creído y que, como el mismo apóstol, tiene una unión profunda con las razones de Dios, una unión profunda con los afectos, con el amor de Dios. Esa unión profunda es una fuente de vida de la que se alimenta el mismo apóstol y de la que se alimenta la comunidad que lee al apóstol, que escucha el apóstol, en este caso nosotros, si lo queremos.

«Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos, para que estéis unidos con nosotros en esa unión que tenemos con el Padre y con su Hijo Jesucristo». Frases pretenciosas, demenciales casi, ¿quién está hablando aquí, quién es este hombre que se atreve a declarar su propia unión con Dios en un grado tan alto? Ese es el santo, ese es el maestro, el amigo y hermano a quien hoy recordamos y cuyas maravillas celebramos, ese es Juan Evangelista. Necesitamos la mirada de Juan, claro que uno puede preguntar: Y todas estas maravillas contemplativas y toda esta vida mística ¿para quién será?

Porque da la impresión de que solo gente desocupada, ecuánime, sin grandes problemas económicos, sin desequilibrios afectivos, sin un pasado triste, sin un futuro incierto, mejor dicho, solo la gente con todo resuelto puede dedicarse a estas cosas. Pero hablar así, sería traicionar de arriba a abajo el mensaje del apóstol. Si hay algo que tiene para enseñarnos Juan, es que la unión con el Verbo no es el premio para los que no necesitan del Verbo. Porque esa sería la conclusión a la que llegaríamos, si solo los ecuánimes que no tienen pasado sucio y que no tienen futuro problemático, que tienen todas sus pasiones bajo control y que tienen toda la familia sanita.

Si esos fueran los únicos que pudieran dedicarse a estas contemplaciones, entonces quiero decir que Cristo vino exactamente para los que no necesitaban de Cristo, vino a ponerle la medalla a los que se habían portado bien. El ejercicio contemplativo que Juan sintetiza en ese verbo, ver, el ejercicio contemplativo no es el postgrado, después de haber resuelto todo en la vida. Por lo menos, esa no es la contemplación de Juan, no es un ejercicio para la gente que tiene todo resuelto. Más bien es una puerta que se ofrece para resolver, para resolver.

Claro, en esto yo no sé qué vamos a hacer, no sé qué vamos a hacer porque nos falta mucha contemplación, indudablemente, eso es verdad, pero también nos falta comprender mejor qué puede ser una vida contemplativa. Si uno mira un poco las cosas, se da cuenta de que la separación clásica entre una etapa, llamémosla así, ascética y una etapa mística, esa separación no existe en los escritos de Juan. La contemplación no es el premio para las almas sosegadas, porque las grandes revelaciones no son para los que las merecen, sino para los que las necesitan, sino la gracia no sería gracia.

Y yo creo que no estoy diciendo ni inventos, ni tonterías, porque si miramos al Evangelio mismo, nos damos cuenta de que las palabras más profundas, las revelaciones más explícitas, son hechas, casi diríamos, a contrapelo de las circunstancias. A ver, recordemos algunos ejemplos. La samaritana, había una mujer más indispuesta en todos los sentidos razonables de la palabra, cómo era la vida de la samaritana. No alcanzaba al cuatro en conducta, la vida de la samaritana no estaba muy en orden, le faltaba toda la etapa ascética, no había puesto en orden sus emociones, su afectividad, su sensibilidad, no le habían hecho sanación intergeneracional, su futuro no se sabía en qué iba a parar.

Pues a esa mujer le dice Cristo, cuando ella le pregunta o cuando ella presenta sus objeciones: Sí, cuando venga el Mesías. Soy yo, soy yo. Ese tipo de revelaciones en la historia de la espiritualidad cristiana como que la recibe gente un poquito más organizada, gente más disciplinada, soy yo. Pero ahí Cristo le dice: Soy yo, no a la persona que merece oírlo, sino a la persona que necesita oírlo, y ella necesitaba eso. Esto nos hace suponer que si nosotros vemos nuestra necesidad, entonces a través de nuestra necesidad vamos a ver al único que puede sanarla.

Cosa que es perfectamente coherente con lo que hemos dicho de la carne herida de Cristo. A través de las llagas de Cristo, miro la gloria del Verbo, a través de los rotos de mi vida, miro mi posibilidad de salvación, hay una lógica en eso, eso tiene lógica. Y lo mismo podríamos decir de otros casos, pensemos en el ciego de nacimiento, pensemos en el Evangelio que acabamos de oír. Con el punto de que lo dicho acá se sitúa exactamente después de la primera revelación del Resucitado. Esa primera revelación del Resucitado va para María Magdalena.

¿Qué tan completa iba la espiritualidad de María Magdalena? No se sabe, debía tener sus descompensaciones. Eso tampoco podemos tapar el sol con una mano, debía tener sus descompensaciones emocionales, afectivas o yo no sé que otras. Su manera de obrar es muy primaria, muy sensible, quizás yo no sé, quizás hasta muy carnal, yo no sé, quién lo va a saber. Pero a ella Cristo se le revela: María. Rabbuní, mi maestro. Ve y dile a mis hermanos. Por qué se le muestra a esta mujer a la que tiene que corregirle y tiene que decirle: Suéltame, que voy a mi Padre, ¿por qué obra así Jesús? Porque María lo necesitaba, no lo merecía, pero sí lo necesitaba.

Así podemos completar nuestro mensaje de hoy, Juan Evangelista es maestro de contemplación y necesitamos esa mirada contemplativa. Pero, en segundo lugar, es una contemplación muy singular, porque es una contemplación de gracia, una contemplación para el que la necesite. Y la manera de descubrir mi necesidad es ver que no veo, darme cuenta de que estoy ciego, como lo dice el mismo Juan en el famoso pasaje del capítulo noveno de su Evangelio, cuando el ciego de nacimiento. Toda esa escena termina cuando Cristo dice, refiriéndose a los fariseos: Si estuvieran ciegos, no tendrían pecado. Problema no es la ceguera, el problema es creer ver.

Por eso, el camino que nos anuncia Juan para llegar a esa maravillosa unión, mire esa unión tan hermosa: «Nosotros la hemos visto, la palabra de la Vida. Os anunciamos la vida eterna que estaba con el Padre y se volvió hacia nosotros». Eso es mucha noticia, para llegar a esa unión, para ver cómo la vida se vuelve hacia nosotros. Yo tuve un profesor de griego que nos hacía toda una reflexión sobre la preposición pros. «En arkhe en ho lógos, kai ho lógos en pròs tòn theón». En el principio estaba la palabra y la palabra «kai ho lógos en pròs tòn theón», la Palabra estaba vuelta hacia Dios, estaba vuelta hacia Dios.

Es una de las posibilidades, estaba dirigida hacia Dios. Lo maravilloso de todo esto es que el Hijo estaba mirando al Papá, qué dicha para ellos, pero ese hijo se volvió. «pros hemas», se dice en griego, se volteó a mirarnos, el hijo se volteó y nos miró. Hay como una especie de conversión en Dios, ahora nadie se va a escandalizar por esto que estoy diciendo. Hay una conversión, es decir, un darse la vuelta. «Lo que contemplamos y palparon nuestras manos, la palabra de la vida. Pues, la vida se hizo visible. Nosotros la hemos visto».

Hay una conversión, un pros, pros indica dirección, es como un hacia, «ho lógos en pròs tòn theón», la Palabra estaba vuelta hacia Dios, pero se volteó y me miró. Entonces, yo miro la Palabra, pero yo también me volteo y lo miro. El Hijo miraba al Papá. Y yo ¿qué miraba? Yo miraba la muerte, yo miraba mi pecado, yo miraba mi tristeza, yo miraba mis lágrimas, como María Magdalena, que de tanto llorar no podía ver. El ser humano mira sus lágrimas y el Hijo miraba a Papá Dios. ¿Cómo solucionamos ese problema? Una doble conversión. El hijo, aunque no deja de mirar a Dios, se voltea, «pros hemas», nos mira.

El Hijo me mira y entonces yo dejo de mirar mi tragedia, o mejor, a través de mi tragedia, a través de mi carne rota veo al Salvador de mi carne rota, porque él está vestido como yo y es como yo, es como mi carne, pero anuncia la gloria. Entonces, me encuentro con Él y lo veo. Y en esa mirada está todo, está la fe: «Vio y creyó». Está la vida: «Nosotros la hemos visto». Está la gloria: «Hemos contemplado su gloria». Y de esa fe, esa vida y esa gloria, la unión con Él. Y en esa unión con Él, el nacimiento de una comunidad que es la Iglesia. Qué teología tan hermosa, tan, tan bella, tan vivificante.

Por eso, tenemos que anunciar lo que nos enseñó Juan, tenemos que anunciarlo, anunciarlo. Cuando uno dice tenemos que anunciarlo, uno dice: Bueno, vamos a organizar las misiones de Semana Santa. Tenemos que anunciárselo a nuestro corazón encallecido, envejecido, escéptico, cansado, enfermo. Hay que decirle al corazón: Mira, deja de mirar tu llanto, ya estuvo bien. El que estaba mirando hacia el Padre, ahora te mira. Hay que anunciárselo a nuestro pasado, tenemos que tomar así un velón grande como este sin dejarlo caer y tenemos que salir a pasear por el pasado nuestro con una vela así, grande.

Hay que salir a pasear y decir: Mira, el Hijo que estaba mirando hacia el Padre, te voltea a mirar, recibe la luz. Hay que pasearse por el pasado de uno, por las heridas de uno, por los sufrimientos de uno, hasta que todo se vaya llenando de luz. Y luego entonces, va saliendo la luz afuera y van saliendo las palabras de amor y se va tejiendo la Iglesia. Como hay gente que ama las preguntas teológicas, tenemos que resolver una última. Si el Hijo estaba mirando al Padre, ¿cómo es eso que se vuelve a mirarme a mí, no es esa una pérdida para el hijo? No es pérdida para el hijo porque en mí, lo que mira es la imagen del Padre.

Por eso el Hijo no pierde cuando me mira, pero yo sí gano con su mirada. Él nada pierde al mirarme, pero yo lo gano todo cuando me mira. Por eso, el Hijo descubre en mí el mismo Padre de la gloria. Y por eso, la mirada del Hijo despierta en mí la imagen de Dios que yo soy. Claro, ese despertar de la imagen divina dentro de nosotros es como un nacimiento. A eso parece que es a lo que llama Juan: «Estos no han nacido ni de la carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios». Yo siento a Dios, vivo en mí, siento que nace la vida de Dios en mí.

La mirada de Cristo, precisamente porque reconoce al Padre que da la vida en mí, hace que yo descubra la vida de Dios en mí. Cuando yo le doy permiso a Dios para que viva en mí, he nacido para Dios. Padre celeste recibe nuestra alabanza por habernos regalado la Palabra, la santidad, la adoración.

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