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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Hay que ver y creer.

Homilía sjne002a, predicada en 19961227, con 15 min. y 41 seg.

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Transcripción:

De todos los textos del Evangelio de San Juan, la Iglesia nos presenta este de la resurrección. De manera que ya se ve cómo anda rápido la liturgia, porque el 25 hablábamos del nacimiento de Cristo, ayer 26 ya teníamos que relacionarlo con su muerte, en ese primer mártir, San Esteban, y hoy ya se está hablando de resurrección. Esta liturgia anda tan rápido como esos discípulos. Y eso es bueno, porque para comprender quién es el recién nacido hay que saber de su vida, pero, sobre todo, hay que saber de su muerte y de su resurrección.

Que si nació, fue para morir, dice hermosamente uno de los padres de la Iglesia, quizás sea San Agustín. Nació en nuestra carne para que, aquel que era inmortal en su naturaleza pudiera morir. Desde el principio entonces, nuestros ojos, embelesados ante la criatura del pesebre, han de verle como carne destinada al sacrificio, como cordero que se acerca a su verdugo, como hostia que se presenta en favor de toda la humanidad, para gloria del Padre. Porque, así como los israelitas reservaban algunos corderos para ofrecerlos a Dios, así también Dios reservó su Cordero para ofrecerlo en favor nuestro.

Y así, en el pesebre empieza el rebaño de Dios, un rebaño que al principio solo tiene un corderito destinado a la muerte, además. Mientras que todos cerrábamos como ovejas sin pastor, mientras que cada uno iba detrás de su apetito, Cristo preparaba su rebaño, Dios preparaba su rebaño, y su primer corderito es este que vemos recién nacido y que ya tenemos que acostumbrarnos a mirarlo en el sacrificio de la cruz y en la gloria de la resurrección. ¿Por qué la Iglesia selecciona este texto del capítulo 20 de San Juan? Pienso que, sobre todo por esas palabras finales, que son como una síntesis de la teología joánica: «Vio y creyó».

Todo el mensaje de este evangelista como que puede ser condensado ahí, ver y creer. Casi siempre oponemos esos dos verbos, se cree lo que no se ve y si algo se ve, ya no hay que creerlo porque ya se ve. Pero Juan no opone estos dos verbos, para él hay que ver y creer. Y todavía más, sin ver no se puede creer. Y todavía más, solo se cree a partir de lo que se ha visto. Este uso del verbo ver es completamente singular en la Sagrada Escritura, es una peculiaridad de este apóstol y evangelista. Y quizás, la Iglesia no ha querido perder esa peculiaridad y, por lo mismo, escoge este texto donde es él mismo el que ve y el que cree.

Y el que luego, como nos ha contado la primera lectura, da testimonio de eso que vio y creyó para edificación nuestra. Bueno, esa no es la expresión del evangelista, él no dice para edificación, sino para que nuestra alegría sea completa. Vio y creyó. Y ¿cómo es que no se oponen estos verbos? Es que, según él, ver es ver las señales y creer es entender las señales. El que no ve las señales no llega a creer, pero el que solo ve las señales tampoco llega a creer. Hay que ver a Dios en nuestra historia y no lo vamos a encontrar entonces como Él es, porque tampoco nosotros somos como llegaremos a ser.

Hay que encontrar a Dios como Él se deja encontrar en esta historia y, viendo esas señales, hay que creer más allá de esas señales. Y ese paso, de ver las señales y de entender las señales es la historia de todo su Evangelio. Dos ejemplos, cuando la multiplicación de los panes, allá en el capítulo sexto, la gente va detrás de Jesús, una gran multitud se agolpa cerca de él. Cualquiera diría funcionó, ahí están. Pero Cristo, en este Evangelio, es el que más ve. Todos ven, pero el que más ve es Cristo. Y Cristo ve hasta el corazón y sabe de las intenciones de las personas. Entonces Cristo, que ve los corazones, le dice a esa multitud: Ustedes no vienen porque hayan comprendido los signos.

Signos de salvación, señales del reino, adelantos de la gloria, pruebas de la gracia, todo eso es como lo mismo. Y todo eso lo dice este evangelista con una sola palabra griega que en singular es «semeion» y en plural «semeia». Entonces, Jesús les dice: Ustedes no han comprendido los «semeia», ustedes no han entendido lo que está pasando. Simplemente se llenaron la barriga, simplemente comieron hasta que les supo rico. Es decir, ustedes no tienen sino ojos para esta tierra y así no se pueden entender las señales de Dios. O sea que uno puede ver hasta milagros y no creer.

Lo que en realidad hace este evangelista no es disminuir el creer a la altura del ver, sino levantar el ver a la altura del entender. Pero es de entender, no es un entender intelectual, no se trata de poder ofrecer una explicación científica, filosófica o de otro orden sobre aquello que nos pasa. Ese entender sucede estrictamente en la gracia del paráclito, o soy más preciso, en la gracia del segundo Paráclito, porque para este evangelista Dios nos ha enviado dos paráclitos. Paráclito parakletos, es el advocatus, es el que es llamado como ayuda.

La criatura humana, herida y enceguecida, lastimada por el pecado, no logra levantarse por sus propias fuerzas, necesita ayuda, no está muerta, no está perdida, definitivamente está enferma, necesita ayuda para levantarse de su enfermedad. Y Dios nos ha enviado dos ayudas, dice San Juan, el primer Paráclito es el Verbo encarnado. Este Verbo, esta palabra hecha carne, presenta en nuestra historia las señales, y ese es el ver. Pero luego se necesita que el otro parakletos, que el otro advocatus, nos permita dar el otro paso, el entender, el creer, porque entender y creer no se oponen en San Juan.

Si hay algo absolutamente ajeno al pensamiento de Juan es la oposición modernista entre razón y fe. Más bien de San Juan, seguramente, proviene esa frase maravillosa que nos enseña Santo Tomás de Aquino, que la fe es la perfección del entendimiento. Pues bien, Dios nos ha enviado dos paráclitos. El primero nos levanta y nos presenta signos, y el segundo nos sana, nos ilumina, nos conduce a la verdad completa. Cristo puede decir: «Yo soy el camino, la verdad y la vida». En verdad, Cristo es la verdad. Pero para que esa verdad sea plena se necesita que además de ver los signos, los entendamos.

Y de ahí, esa plenitud de verdad, solo nos conduce el segundo paráclito, que es el Espíritu Santo, el Espíritu de la Verdad, como lo llama este mismo evangelista. Y lo mismo sucede con la alegría, porque así también se podría leer este Evangelio. El ser humano está triste, está decaído, está encerrado en su propio problema, no logra salir de sí mismo. Ninguna carne se fecunda a sí misma, nadie puede gozarse de qué se goza. El ser humano está triste y necesita ayuda para ser alegre, es de una ternura infinita esta perspectiva. Necesita ayuda para alegrarse, porque no se puede alegrar solo.

Entonces, viene el primer Paráclito y le da la primera alegría. Esa primera alegría es sanar el hambre, por ejemplo, que hambruna tan terrible la que teníamos, pero comimos, se nos templó la barriga, eso estuvo pero bueno, esa es la primera alegría, una alegría pasajera que aparece en ese pan o que aparece en el pozo aquel de las salidas del pueblo de Samaria llamado Sicar. En ese pozo de Jacob hay agua, un agua que causa una alegría, pero una alegría que se extingue. Esa es la primera ayuda, señales. Voy a decir una palabra inadecuada en castellano señalitas, esas son las señalitas, esas ya son alegrías.

Pero, solo se puede llegar a la señal completa cuando la fuerza del Espíritu Santo permite comprender la definitiva manifestación que es Cristo en la cruz, que a la vez para este evangelista es ya Cristo glorioso, la gloria y la cruz no están separadas en él, quien contempla así, la cruz y la gloria al mismo tiempo, ya no tiene señalitas, sino que ya ha alcanzado el gozo pleno, el gozo perfecto. Porque aquel que solo tiene sorbitos de agua o mendrugos de pan, siempre tiene el miedo. Y acabándose esta agua ¿yo en qué quedo? Y cuando se me acabe este pan, ¿yo qué voy a hacer?

Pero aquel que, por la gracia del segundo Paráclito, el Espíritu Santo, bebe torrentes que emanan del costado de Cristo y come el pan de vida, el que bebe y come así ya tiene la alegría completa, porque el que se alimenta en la mesa de la cruz ya no tiene que temer privación alguna. Y ¿qué va a pasar cuando se me acabe el pan, qué haré yo cuando ya no me quieran? Y si se olvidan de mí y si me intentan matar, ¿qué haré si me persiguen? Ves cómo las señales que da Dios en esta vida son todas señalitas, son pequeñitas alegrías, chiquitas.

Pero cuando llega el Paráclito y nos permite ver la gran señal de la cruz y cuando vemos cruz y gloria en ese Cristo crucificado, ahí sí alcanzamos la alegría completa. Porque el que está abrazado a la cruz del primer Paráclito y entiende esa cruz por el segundo Paráclito, ya no teme nada, porque a nadie se le puede quitar tanto como se le quitó a Cristo en la cruz. Y ese Cristo despojado de todo, hasta de su ropa, ese Cristo sigue siendo la gloria del Padre. Por consiguiente, si en esa cruz desnuda de todo hay gloria, quiere decir que no importa qué me quiten, no importa que pierda, mi alegría ahora es completa.

Y por eso dice Jesús: «Y esa alegría ya nadie os la podrá quitar». Este Evangelio, entonces, es todo él, un itinerario, un camino hacia la alegría completa, hacia la verdad completa, hacia el amor perfecto. Bendito Dios que nos regala un contemplativo de estos, benditos ojos, bendita palabra que nos ilumina el misterio de la Palabra.

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