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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
San Juan María Vianney nos enseña a quejarnos menos y proponer más, a aceptar la cruz como camino a la resurrección y a vivir con confianza y devoción constante como hijos de Dios.
Homilía sjmv007a, predicada en 20250804, con 6 min. y 53 seg. 
Transcripción:
El Cuatro de Agosto recordamos y celebramos a San Juan María Vianney. Este es un Sacerdote que vivió a finales del Siglo Dieciocho, comienzos del Siglo Diecinueve y que por su entrega, por su amor, por su piedad, por su predicación, es realmente un modelo para todos los sacerdotes del mundo, pero muy especialmente para los que son párrocos. Para mí ha sido una referencia constante, especialmente por tres puntos que quiero destacar y recordar en este momento.
El primer punto es el tiempo en el que él vivió. Apenas te mencioné finales del Siglo Dieciocho, es probable que hayas recordado la Revolución Francesa y es probable que hayas recordado todo el odio que se vertió en contra de la Iglesia Católica en todo ese final del Siglo Dieciocho, incluyendo persecuciones, incluyendo crueldades, incluyendo auténtico martirio. Como lo que sucedió en la Vendée, donde realmente ese odio llegó a concretarse en la muerte de muchos católicos que no tenían otro crimen sino creer en Dios. Así que estamos en una época de convulsión, en una época de persecución, en una época de odio hacia la fe y en esa época de tanto odio.
Juan María Vianney brilla como un faro de caridad, como un faro de sensatez, de humildad y de alegría en Dios. Así que lo primero que me llama la atención de él es que no es un hombre que se deja aplastar por las circunstancias. No es un hombre que se deja deprimir porque ¡oh estamos viviendo un tiempo muy difícil, esto está muy complicado, esto está muy doloroso, mire lo que está sucediendo! No es el hombre de las mil quejas. Es el hombre del amor desbordante. Más que dedicarse a quejarse. Más que dedicarse a criticar el tiempo en el que vive. Él se dedicó a mejorar el tiempo en el que vivía. A dar un testimonio impresionante. Un testimonio que dos siglos después sigue resonando con fuerza entre nosotros. Así que primer punto. Este no es un hombre de quejas. Este es un hombre de propuestas y soluciones.
Segundo elemento. Me llama la atención de Juan María Vianney su espíritu de penitencia. Ya desde joven, ya desde el seminario, él descubrió un secreto que no debería ser secreto. Y es que si nosotros hemos sido redimidos por la fuerza de la cruz de Cristo, pues decididamente en la cruz de nuestro Señor, en la participación de la cruz de nuestro Señor está también la participación en su victoria. Y así como Él resucitó de entre los muertos, así también toda obra auténtica de predicación y apostolado. Lo que quiere finalmente es algo parecido. Lo que quiere es resucitar muertos, lo que nosotros queremos con la predicación, con la oración, con la evangelización, con el apostolado. Lo que nosotros queremos es que aquellos que están muertos, están muertos en su esperanza, están muertos en su tristeza, están muertos por pérdida de fe. Que esos resuciten. Y por eso queremos que la Pascua de Cristo llegue a ellos.
Y la pregunta es si queremos que la Pascua de Cristo llegue a ellos. No será que lo más sensato es que el don de la cruz también se haga presente, de manera que si el camino hacia la Pascua de Cristo fue la cruz de Cristo, pues también el camino hacia la resurrección, por la fe y por la gracia en nuestros hermanos, pues pasa por la cruz. Y eso lo entendió perfectamente San Juan María Vianney y por eso fue un hombre de penitencia, casi diríamos de extrema penitencia. Un hombre que se aferró, se apegó a la cruz de Cristo con auténtica pasión y logró conversiones hasta el punto de que podemos decir una cosa fue el pueblo que él encontró, un pueblo que se llama Ars, y otra cosa fue el pueblo que él dejó cuando ya finalmente terminó su camino en esta tierra. O sea que Juan María Vianney hizo una diferencia y la hizo por el poder de la cruz de Cristo. Una cruz que él tomó en serio y que la abrazó en clave de penitencia. Esto me llama la atención.
Lo tercero que me parece fantástico de este santo sacerdote es su espíritu de piedad. Tú sabes que entre los siete dones del Espíritu Santo hay uno que es el don de piedad, y el don de piedad es el que en primer lugar nos recuerda y nos hace vivo en el corazón, ese sentir que somos hijos de Dios y por consiguiente, si somos hijos de Dios, nuestro trato con el Señor ha de estar marcado por la confianza, ha de estar marcado por la dulzura, ha de estar marcado por una exquisita, profunda, perseverante devoción. Eso lo tuvo el santo cura de Ars. ¿Y cuánto bien hace eso? Yo lo sé por experiencia. Cuando uno escucha que algunas personas dicen de tal sacerdote, dicen se nota con qué amor celebra esa Eucaristía. Se nota con qué piedad y recogimiento hace su oración ante el Santísimo. Se nota con qué caridad, delicadeza, dulzura, atiende a los pecadores. Eso no se improvisa. Eso no puede ser una especie de actuación. No es una máscara que el sacerdote se debe poner o se puede poner en el momento de salir al encuentro con los fieles. Oh, ahora me toca Exposición del Santísimo, me pongo la máscara de la piedad. No funciona. Es necesario que tu corazón esté destilando amor. Que tu corazón esté derretido de amor por Cristo. Eso lo tenía el santo cura de Ars San Juan María Vianney.
Que él intervenga. Que él interceda. Que él se haga presente en mi vida como sacerdote de Cristo y en la de tantos de mis hermanos que hemos recibido este ministerio. Y ustedes, por favor, oren por nosotros pidiendo la intercesión del Santo Cura de Ars y de tantos santos sacerdotes que han marcado una huella luminosa para que la Iglesia siempre esté provista de buenos pastores.

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