Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La labor más propia del sacerdote supone sacar la presa de las fauces del demonio; no es extraño que implique una lucha frontal con las tinieblas.

Homilía sjmv002a, predicada en 20140804, con 4 min. y 44 seg.

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Transcripción:

El cuatro de agosto nuestra Iglesia Católica recuerda a San Juan María Vianney, sacerdote. Modelo de sacerdotes, patrono de los párrocos, es decir, de todos aquellos que han recibido como encargo de la Iglesia el cuidado pastoral de una parte del pueblo de Dios. Este es Juan María Vianney, un hombre que tuvo que vivir su vocación. Podemos decir, en una lucha permanente, no solo por las tentaciones que todos tenemos, sino por otros dos factores.

Primero, la parte de los estudios le costó bastante trabajo. Tuvo que ejercer mucha perseverancia y enorme humildad para seguir el camino de la formación sacerdotal. En ese sentido, podemos decir que Juan María Vianney tuvo que trabajar su vocación.

En segundo lugar, es un hecho conocido que durante cerca de treinta años este santo tan generoso con Dios tuvo que ejercitar la paciencia al máximo por los múltiples ataques del enemigo del demonio. Es un fenómeno que a muchos les parecerá extraño, pero que está bien documentado. Los variados ataques de Satanás contra este sacerdote son un recordatorio de cuál es el verdadero sentido de la vocación sacerdotal. El sacerdote no es simplemente un líder en la comunidad. No es simplemente un promotor de dignidad humana. No es simplemente un profesor o un consejero. La tarea fundamental del sacerdote es arrancarle almas a Satanás. De eso es de lo que se trata.

De lo que se trata es de sacar del poder de las tinieblas en el nombre de Cristo, con la autoridad de Cristo y con el amor de Cristo, sacar a esos que están bajo el poder de las tinieblas de las más diversas formas. Habrá unos cuantos casos, estadísticamente pocos, que están siendo afligidos por posesión diabólica. Pero no me refiero tanto a eso. Me refiero sobre todo al poder que el pecado suele tener en nuestra vida y la manera como hunde sus garras en nosotros para no dejarnos salir. Pues el sacerdote ha de ser el valiente guerrero que con la autoridad de Cristo, no fiado de sus propias fuerzas, con el amor de Cristo, no fiado de sus simples cualidades personales, arranca la presa al enemigo, y por eso es hasta cierto punto natural que el enemigo contraataque, como le sucedió a Juan María Vianney.

Pero este santo supo defenderse y la manera como él se defendió, como ya dijimos, con la humildad y con la perseverancia, es un ejemplo para todos, no solamente para los párrocos, no solamente para los demás que somos sacerdotes, así no tengamos parroquia. Es de notar también que esta humildad y perseverancia brotan de un amor profundo, amor que se vuelve dulce devoción y que se vuelve oración gozosa. Este es un hombre de oración. Es un hombre enamorado de su ministerio porque está enamorado de Cristo a quien sirve. No es que Juan María Vianney estuviera simplemente gozoso en su trabajo y que le fascinara trabajar. Le fascinaba trabajar para Cristo. Es para Cristo el que le da el sentido a todo lo demás. Un hombre lleno de amor, lleno de oración, lleno de humildad y perseverancia.

Y una característica más ese amor recibido de Dios se convierte en celo, en preocupación viva, en ardor que busca la salvación de los hermanos y hermanas allí donde se encuentren, que interceda por nosotros Juan María Vianney y su ejemplo quede claro como testimonio de una vida cristiana entregada hasta el último momento.

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