Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El Cura de Ars, Patrono de los párrocos.

Homilía sjmv001a, predicada en 19980804, con 10 min. y 27 seg.

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Transcripción:

Queridos amigos, quiero compartir con ustedes algunas reflexiones sobre San Juan María Vianney, el cura de Ars, a quien la Iglesia nos presenta hoy como una realización del deseo. Los santos son para nosotros motivo de gran esperanza y de gran alegría, porque son como demostraciones vivas de que el Evangelio es posible. Y en medio de las dificultades, en medio de las crisis, las caídas también de los momentos alegres y esperanzadores que tiene nuestra vida. Mirar hacia los santos es recobrar aliento, porque en ellos encontramos también desengaños, encontramos tentaciones, encontramos que son profundamente humanos y que les rodea lo mismo que nos rodea a nosotros una humanidad agobiada, doliente, en la que pueden aparecer intrigas y otro género de obstáculos al Reino de Dios. Pero precisamente estos obstáculos sirven para mostrar cómo Dios está por encima de todos. Dios es el Señor de todos.

Sabemos que el que llegó a ser cura en Ars fue primero estudiante, con graves dificultades, graves dificultades de orden intelectual. Parece que, sobre todo por la lengua en la que se estudiaba. Hasta no hace mucho, toda la teología y la formación sacerdotal, es decir, el latín, tuvo dificultades intelectuales con todo lo que esto conlleva, con el desprecio, con la marginación, con ese sentimiento de humillación que da el no poder responder de la mejor manera a las tareas encomendadas. Ciertamente no fue falta de diligencia de él, sino que su inteligencia, que indudablemente la tenía él, no era particularmente fácil para los idiomas o para lo que llamaríamos el pensamiento lógico. En términos un poco más de psicología, diríamos que el cura de Ars tenía una inteligencia intuitiva, una inteligencia holística, como diría Freud, es decir, una facilidad de comprensión del todo y de lo que hay en los corazones y de lo que hay en los ambientes y de qué es lo mejor que se puede hacer.

Pero este género de inteligencia no se viene bien con la inteligencia lógica que es necesaria, por ejemplo, para la música, para las matemáticas o para los idiomas clásicos como es el latín. O sea, que no nos hagamos la idea de que el cura de Ars era un puerto al que finalmente ordenaron por compasión. Porque a veces se habla así, no. Pero no se trata de una persona que tiene una inteligencia particular que de pronto abunde también aquí, en medio de nuestro convento. El cura de Ars fue enviado a este poblado Ars. Que era el lugar de la diócesis a donde nadie quería ir. Pero si vamos, por favor, en su crudeza, lo que significa vivir esto. Ahí había motivaciones humanas. Realmente responsable, pienso yo, el obispo, no conozco detalles de la biografía. El responsable de la asignación a este cargo no quería arriesgar un lugar importante, sino que tomó un lugar donde casi no había nada que perder porque casi todo estaba perdido. Era un lugar conocido por su escaso culto, por su frialdad de témpano, por sus pésimas costumbres, sobre todo en términos de alcohol y de prostitución. Un hogar pobre y feo. El cura de Ars, Juan María, tuvo que darse cuenta de por qué lo habían asignado allá y tenía dos alternativas. Una era haberse quedado revolviendo con amargura en su corazón que le hubieran destinado a un sitio tan difícil.

Esto es quedarse mirando solamente las motivaciones humanas. O hubiera podido hacer y esto fue lo que le inspiró el Espíritu Santo y fue lo que a la postre le condujo hacia la santidad, o pudo haber visto y bien hecho en esto una señal de la misericordia de Dios, una señal de la providencia de Dios. Cuántas veces nosotros, sobre todo religiosos, sacerdotes, que nos volvemos como tan perspicaces en mirar, las intenciones, esto me lo dijeron por tal cosa, aquello que están pretendiendo es esto y esto. Cuántas veces acertando o no acertando en esas intenciones nos quedamos solo, como en esa parte humana, y entonces nos perdemos seguramente de grandes planes. Si este sacerdote joven, bueno, relativamente joven, si Juan María ya ordenado, cuando fue asignado a Ars, se hubiera quedado revolviendo la amargura en su alma, discutiendo con el obispo, protestando, rebelándose, probablemente hubiera logrado su propósito, le hubieran dado una parroquia más prestante, con mejores recursos económicos, con una situación eclesial menos grave.

Él hubiera logrado su voluntad, pero con toda seguridad de la Iglesia se hubiera perdido este Santo al que hoy celebramos no solo como no solo como santo y como sacerdote, sino como patrono de los párrocos. Si hubiera, pues, propuesta por los Papas como modelo de celo pastoral, como dice la oración del comienzo de la Santa Misa. De manera que ahí hay una enseñanza para nosotros. Ese saber percibir. No se trata de ser tontos ni de ser ingenuos. Uno muchas veces se da cuenta de las cosas. Estamos entre humanos. Uno se da cuenta de los problemas, se da cuenta las limitaciones. Quién puede decir por favor que tiene un corazón completamente imparcial, perfectamente justo. Probablemente no hay superior, no hay maestro, no hay provincial, no hay obispo que pueda tener este corazón. Y si uno va a esperar a que aparezca un superior así, perfecto para ir. Si va a hacer caso, nunca va a hacer caso. Y lo grave es que vamos a privar a la Iglesia de los santos.

Un último ejemplo que creo que podemos rescatar de esta figura tan simpática. Yo creo que se puede sacar de de una frase de San Juan de la Cruz. San Juan de la Cruz dice que el alma enamorada que busca a Jesucristo, cuando entra en la espesura llega un momento en el que solo la fe alumbra. Me decía el padre Campo Elías claro que de Dios goce, que para él esa era la metáfora más forzada de toda la lengua castellana. La sed que alumbra, pero es esforzada porque intenta describir una realidad que quien la ha vivido la conoce, como diría San Juan de la Cruz: Solo la fe alumbra. Es decir, en esa noche de la fe, donde muchas veces no se encuentra camino, donde muchas veces uno lo único que ve son las motivaciones humanas, las debilidades de uno, los problemas, las crisis. Solo el que tenga sed de Dios, un increíble sed de Dios, sólo ese podrá ir viendo camino. Nos enseña San Juan de la Cruz.

Y si nosotros repasamos la biografía de Juan María Vianney, nos encontramos que en esa situación casi desesperada esa pobre parroquia en Ars. Este cura lo que hizo fue dejarse alumbrar por la fe, dejarse alumbrar por el hambre de Dios, el hambre de la gloria de Dios. O como diría nuestra hermana Santa Catalina de Siena, por el hambre de las almas. Muchas veces uno cree que si no tiene todos los métodos a mano, todos los recursos apunten en su momento. Si no tiene, pues todos los instrumentos de trabajo, entonces no puede hacer nada. Juan María Vianney fue puesto por Dios y por su obispo en una situación donde no tenía prácticamente medios, donde no tenía prácticamente cómo trabajar. Pero en esa oscuridad, en esa espesura, como siguiendo el consejo de Juan de la Cruz, él se dejó alumbrar por la sed. No nos quejemos de los medios que nos hacen falta. Bendigamos al Señor por los medios que tenemos. Y es que yo creo que se puede aplicar a muchas cosas.

Yo mismo, mientras digo esto, voy haciendo como un examen de conciencia de todas las tonterías que uno dice muchas veces. Cuánto tiempo perdemos criticando a la Iglesia, criticando a la provincia, criticando que este padre, que la falta de padres, que la abundancia de padres, que el mal testimonio de los padres, que lo que pasa, que lo que no pasa, si ese tiempo lo utilizáramos en ahondar en el amor a Dios y en ahondar en el amor con un amor apasionado por la salvación de las almas, como nos enseñó Santo Domingo. Con un amor así seguro que encontramos caminos. La sed nos va a alumbrar y también nosotros le entregaremos a Jesucristo, unidos a la Eucaristía, pues un precioso rebaño lleno de la gracia, lleno del Espíritu Santo. Amigos, mientras nos alimentamos de este Cuerpo y esta Sangre de nuestro Señor Jesucristo, pidamos que nuestra vida quede completamente en las manos de la Providencia, y que el amor y la sed.

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