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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
En el desierto Dios nos habla de su amor, donde sella alianza con nosotros, donde muestra que su providencia está por encima del hambre, donde toda nuestra rebeldía tiene que doblegarse.
Homilía sjbn024a, predicada en 20240624, con 5 min. y 49 seg. 
Transcripción:
El 24 de junio celebramos la solemnidad del nacimiento de San Juan Bautista, un santo muy querido por muchas comunidades religiosas, entre las cuales está la mía. En nuestra Orden de Predicadores, San Juan Bautista es un auténtico modelo por muchas razones, por la fuerza de su palabra, por el testimonio de su vida, por la libertad con que ejerció su ministerio. Quiero contarles que en estos últimos días he estado reflexionando sobre la infancia de Juan, la infancia de este niño, cuyo nacimiento celebramos hoy, 24 de junio.
Reflexionando en la infancia de ese niño ¿sabes por qué? Porque lo que nos dice la Escritura es que el niño nace, se le da este nombre de Juan, cuando es circuncidado, según la costumbre judía, y nos dice La Escritura: creció en el desierto. Creció en el desierto, es decir, su maestro, por así decirlo, fue el desierto. Esa fue su infancia, esa fue su juventud, ese fue su entrenamiento. Y después, esa fue su vida, porque en el desierto siguió predicando, ya adulto, llamando a la conversión, en el desierto, a orillas del Jordán, bautizaba a tantas personas que reconocían sus pecados, en el desierto, a orillas del Jordán, bautizó a Cristo y luego pasó de ese desierto, por su predicación valiente y clara, pues a una cárcel y a la muerte. Qué vida, qué vida tan singular, qué vida tan extrema.
Pues bien, es bueno que nos preguntemos qué significa eso de crecer en el desierto. Nosotros seguramente no recomendaríamos eso para ningún niño, para ningún adolescente que crezca en el desierto. El desierto puede hacer mucho daño, demasiada soledad puede hacer mucho daño. Pero el desierto también trae sus bendiciones. Y del desierto habla, por ejemplo, el profeta Oseas cuando dice, refiriéndose al pueblo de Dios como como esa nación amada, como la amada de Dios, dice: «Yo la llevaré al desierto y le hablaré al corazón».
Entonces, el lugar donde se formó Juan fue el desierto, ese desierto donde Dios habla de su amor, ese desierto donde Dios selló alianza con su pueblo, ese desierto donde el Señor mostró que su providencia estaba por encima del hambre de su pueblo, ese desierto donde toda rebeldía, finalmente, tuvo que doblegarse ante el poder de Dios. Y esos son los maestros de Juan Bautista, eso, esto que acabo de decir. Es decir, experiencia de la providencia, experiencia de la alianza, experiencia del poder, experiencia del mal y de la rebeldía vencidos ante Dios y por Dios.
Y entonces, la pregunta que uno tiene que hacerse es, si eso le sirvió a Juan, ¿no será que es eso, exactamente, lo que necesitamos nosotros? Nosotros necesitamos un poco del desierto de Juan, nosotros necesitamos de ese desierto, necesitamos descubrir el desierto. Necesitamos poner afuera tantos ruidos del mundo, tantas voces del mundo, tantos ídolos del mundo. Necesitamos dejarlos afuera, aunque solo fuera por un tiempo, mientras nos hacemos fuertes frente a esas voces, necesitamos dejar afuera esas voces. Necesitamos descubrir la voz íntima de Dios que nos llama. Necesitamos descubrir la ternura del Señor, la providencia del Señor, la majestad del Señor. Esa fue la escuela de Juan, esa fue la lección que él recibió.
Si le sirvió a él, yo creo que algo de eso o mucho de eso lo necesitamos nosotros. Piénsalo y piensa cómo puedes hacerlo realidad en tu vida, piensa qué clase de desierto has estado rehuyendo y piensa cómo podrías acercarte a esa experiencia de retiro, de escucha profunda, de voz que llega a lo íntimo de tu alma. Te va a hacer bien, me va a hacer bien, es el camino de Juan Bautista.

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