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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Podemos sintetizar la predicación de Juan Bautista en dos palabras: arrepentimiento de los pecados y confianza en la misericordia de Dios; con este mensaje él preparó y prepara el camino para el Mesías.
Homilía sjbn020a, predicada en 20200624, con 11 min. y 42 seg. 
Transcripción:
Mis hermanos queridos, esta fiesta del nacimiento de Juan Bautista nos ayuda a cumplir lo que fue la misión de él. Juan Bautista es llamado así, bautista, por la misión que realizó, llamar al arrepentimiento a las tribus de Israel y como señal de ese arrepentimiento, otorgarles un bautismo de conversión en el río Jordán. Con ese arrepentimiento, Juan estaba preparándole un pueblo al Mesías. Él mismo, como nos recuerda la segunda lectura de hoy, que fue tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles, él mismo aclaraba: «Yo no soy quien vosotros pensáis». Claro, la gente al ver a alguien tan virtuoso, una persona tan llena de Dios, fácilmente podía creer que él era el Mesías. Pero Juan aclara y dice: «Yo no soy quien vosotros pensáis». Y también utilizó otras palabras humildes, como aquello que dijo una vez: «Detrás de mí viene otro que es mayor que yo. No soy digno, ni siquiera, de desatarle la correa de las sandalias». Juan tenía conciencia de que estaba haciendo una labor de preparación para el Mesías.
Y estas dos palabras que hemos dicho hasta ahora, son las palabras claves para entender la misión de Juan: arrepentimiento, preparación. Arrepentimiento de los pecados, esperanza de salvación en Cristo. Y si nosotros captamos ese mensaje, estaremos viviendo como quiere Dios, esta fiesta tan hermosa. Porque, aunque Juan terminó su misión de un modo heroico, además con el martirio, aunque él terminó su misión en esta tierra, lo que él nos enseñó permanece y es válido para nosotros. Es decir, que el camino para recibir a Jesucristo, el modo de acoger a Cristo, está siempre marcado por la humildad del que se arrepiente y la confianza del que espera. Humildad y confianza, arrepentimiento y certeza de la llegada del Mesías.
Arrepentimiento y esperanza, estas son las actitudes que Juan el Bautista quiere para nosotros. Quedémonos con esas dos palabras, arrepentimiento y esperanza. Date cuenta que esas dos palabras las detesta el demonio. El demonio no quiere que nosotros nos arrepintamos de nuestros pecados. Pero si llegamos a descubrir, lo que es un hecho, que somos pecadores, entonces el demonio trata de que no nazca en nosotros la flor de la esperanza. Si el demonio lucha con tanta fuerza, con tanta constancia contra estas dos palabras, contra estos dos baluartes, es porque, ciertamente, son la mejor manera de disponer el corazón y acoger, recibir a Jesucristo. Por algo el enemigo del género humano ataca tanto estas dos palabras, no quiere que te arrepientas, no quiere que sientas dolor por el pecado, no quiere que sueltes el pecado. Pero si llegas a descubrir que eres pecador, porque ya es absolutamente claro, entonces, después de tenerte mucho tiempo enceguecido con una vida de comodidad que no admite el pecado, entonces te arranca y con violencia te lleva al otro extremo, es decir, a la desesperación.
Es lo que enseñó con tanta claridad Catalina de Siena en sus escritos, dice que la estrategia preferida del demonio es ponernos una venda sobre los ojos de manera que no nos demos cuenta de lo mal que estamos viviendo. Y así vamos recorriendo el camino con esa venda, hasta que al final de la vida, de un golpe nos arranca la venda el enemigo y entonces, vemos cuánto tiempo hemos perdido y ya no podremos recuperar, cuánto tiempo hemos malgastado y jamás volverá, cuántos dones de Dios, cuántos llamados de su amor, cuánta ternura de su corazón a la que no hemos respondido. Y el propósito del enemigo es que, al llevarnos hasta el abismo de la muerte y arrancarnos la venda, entonces nosotros entremos en desesperación.
El llamado de Juan Bautista es por eso como el que limpia un terreno, el que limpia un campo que estaba lleno de espigas, de espinas y de ortigas y estaba lleno de zarzas y de malezas. Juan Bautista despeja ese camino, abre ese camino, despeja ese campo para que se pueda sembrar el jardín de Dios. Entonces, ¿qué es lo que debo quitar de mi corazón para que Cristo realmente llegue, para que Cristo haga su obra en mí? ¿Qué es lo que tengo que arrancar del corazón? Pues sí, lo que hizo Juan fue producir arrepentimiento y esperanza, entonces ¿qué es lo contrario del arrepentimiento? Lo más contrario al arrepentimiento es el cinismo, es el decir, como lo anuncia un salmo que es mensaje de los pecadores, dice el necio para sí no hay Dios, no hay un Dios que me pida cuentas. Ese es el cínico, el cínico se enorgullece de su pecado, el cínico exhibe su pecado, el cínico se goza en su pecado. Y eso es lo que quiere el enemigo, que nos volvamos así, descarados, arrogantes, impenitentes, cínicos. Entonces, tengo que arrancar de mi vida el cinismo y reemplazarlo por el arrepentimiento, por la conciencia de que sí necesito del Señor.
Y ¿cuál es la otra mala hierba? ¿Cuál es la otra maleza que hay que arrancar para que Cristo pueda llegar a mi vida? La desesperación. Entonces, fíjate el esquema tan claro que nos trae la vida de Juan Bautista. Hay dos pilares sólidos sobre los cuales tiene su comienzo la vida cristiana, arrepentimiento y esperanza o confianza, arrepentimiento y confianza, arrepentimiento de mis pecados y confianza en Dios, esos son los dos pilares. ¿Cómo nos ataca el enemigo? Queriendo que nosotros, en vez de arrepentimiento, tengamos cinismo y no nos importe, y creamos que podemos pecar impunemente. Y contra el pilar de la esperanza o de la confianza, ¿qué es lo que quiere el enemigo? Que nos llenemos de angustia, que nos llenemos de desesperación. Entonces las dos perversas malezas que quieren cerrar el camino, como zarzas llenas de espinas, son cinismo y desesperación.
Y ¿cómo lucho contra ellas? Contra el cinismo, busco el arrepentimiento de mis pecados y reconozco mis culpas. Y, por supuesto, quiero salir de ellas. Y contra la desesperación ¿qué hago? Miro la paciencia que ha tenido Dios, miro la manera como ha tratado con tanta ternura a tantas personas y, sobre todo, vuelvo mis ojos a Cristo. Y entonces, se va despejando el camino, se va despejando ese campo. Y cuando hay arrepentimiento y hay confianza, arrepentimiento del pecado y confianza en Dios, entonces el mensaje de la gracia, el mensaje de Cristo entra profundamente en el corazón. Ese mensaje precioso, este, esta consigna preciosa es la que nos da la fiesta de Juan Bautista.
¿Cómo aplicarlo a nuestra vida? Despejar el campo, abrirle paso al Señor. Decía San Juan Pablo II, al iniciar su pontificado: Abrid las puertas al Redentor. Pues abrirle las puertas al Señor es eso, abrirle las puertas al Señor, es entrar por el camino del humilde arrepentimiento y de la serena confianza en su misericordia. Si lo piensas bien, estos dos mensajes de arrepentimiento y de confianza están precisamente en la cruz del Señor. Porque la Cruz me muestra la gravedad del pecado y la cruz me muestra la sangre en la que pongo mi confianza. No es casualidad, entonces, que la Cruz tenga tanto efecto contra el demonio, porque si el demonio lo que quiere es que yo sea cínico y angustiado, desesperado, la Cruz lucha contra esas dos estrategias del demonio. No seré cínico, viendo lo grave que es el pecado, y no caer en desesperación, viendo al Dios que derramó la sangre de su Hijo por mi salvación. Así que hoy es día para pedir la intercesión de Juan Bautista. Y es día para poner toda nuestra esperanza en Jesús. Contemplar, venerar y agradecer la Santísima Cruz. Amén.

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