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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Verdadero ejemplo de coherencia, amor y fidelidad a Jesucristo.
Homilía sjbn019a, predicada en 20200624, con 6 min. y 25 seg. 
Transcripción:
En la Santa Iglesia Católica hay tres nacimientos que celebramos. Primero, el de Cristo, claro está, Navidad. Segundo, el de María Santísima, 8 de septiembre, 9 meses después de la celebración de la Inmaculada Concepción de la Virgen. Y el tercer nacimiento que celebramos es el de Juan Bautista. De hecho, los cristianos, cuando hablaban del día de nacimiento, que en latín se dice «dies natalis», ese día del nacimiento era el día de la muerte de la persona. Por dos razones, en primer lugar, porque es el momento en el que nace para la eternidad y, en segundo lugar, porque ese día nace también para la Iglesia un intercesor.
Bueno, ¿por qué entonces hay esa especie de resistencia de celebrar los nacimientos? ¿Por qué no se celebran tanto los nacimientos? Bueno, hay un texto que dice: «No elogies a nadie antes de morir». Eso está en la Biblia, ¿dónde está en la Biblia?, tarea para que busques: «No elogies a nadie antes de morir». Porque una persona puede parecer muy buena y, sin embargo, esa persona se puede torcer por el camino. Esa persona, fácilmente, puede entrar en contradicción con sus propios principios. Y eso lo sabían muy bien los cristianos, porque cuando llegaron los tiempos de persecución, por favor, no imaginemos que todo el mundo permanecía fiel a Cristo, muchos traicionaban su fe. O sea que personas que parecían muy convencidas, muy fervorosas, muy cristianas, traicionaban su fe en el momento de la persecución.
Hay una frase de San Agustín que siempre me impactó, dice San Agustín: He visto caer cedros tan grandes, refiriéndose a personas que parecían muy virtuosas pero que cayeron en unas faltas terribles, he visto caer cedros tan grandes que más fácilmente hubiera creído que podía caer un Atanasio o un Basilio, refiriéndose a grandes santos de aquella época. Así que, la Iglesia es supremamente prudente y no celebra nacimientos. Un nacimiento es una promesa, es una alegría, pero durante la vida de la persona pueden pasar muchísimas cosas y tal vez, tal vez al final resulta que esa promesa, ese niño que prometía hacer tantas cosas, ese joven que prometía llegar a tanto, no llegó, no se cumplió la promesa. Por eso, la Iglesia es prudente y no celebra muchos nacimientos. Una vez que eso nos queda claro, la siguiente pregunta es obvia.
Entonces, ¿por qué sí se celebra el nacimiento, por ejemplo, de Juan el Bautista? En el fondo, la respuesta va en continuidad con lo que ya hemos dicho. Muchos de nosotros, después de nuestro nacimiento, después de nuestro bautismo, después de tantas, pero tantas cosas tan bellas, tan grandes, que nos ha dado el Señor, muchos de nosotros hemos roto nuestras promesas bautismales, hemos sido incoherentes, hemos desdibujado la obra de Dios en nosotros. Pero qué pasa cuando te encuentras con una persona que sientes que aquello que prometía desde el comienzo de su vida lo vivió hasta el final, ¿qué pasa con esa persona? ¿Qué pasa cuando te encuentras con una persona así? Una persona que realmente desde el nacimiento hasta la muerte vivió por una misma línea y era una línea de luz. Ese es Juan Bautista, o sea que cuando estamos celebrando a Juan Bautista, estamos celebrando una vida que fue fiel a lo que prometía, una vida que se mantuvo.
Y ¿cuál fue esa línea, esa línea dorada, esa línea luminosa en Juan Bautista? Esa línea fue su amor y fidelidad a Jesucristo. En el vientre materno salta de gozo al sentir a Cristo. Y cuando va llegando el final de su vida, dice: «Conviene que Cristo crezca y que yo disminuya». Impresionante, impresionante Juan Bautista. Como esa línea no se rompió, esa línea que tristemente se ha roto en nuestras vidas por el pecado, como esa línea no se rompió en Juan Bautista, como lo que prometía ser, lo fue, por eso celebramos el nacimiento de este santo, este coloso de la santidad, que es verdadero ejemplo de coherencia y de una vida entregada al Señor en todas sus dimensiones y en todo el tiempo.

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