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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Hay una dimensión siempre permanente de la misión de San Juan Bautista
Homilía sjbn017a, predicada en 20180624, con 25 min. y 35 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, el niño cuyo nacimiento recordamos y celebramos el día de hoy se llamaba Juan. Y lo recordamos con dos apelativos que describen lo que fue su vida y su misión. Lo llamamos el Bautista, porque lo principal de su misión pública fue precisamente atraer con la predicación y con el ejemplo a las huestes de Israel, para que fueran a las orillas del río Jordán, y allí ofrecía un bautismo de arrepentimiento y de conversión a la gente. Por eso lo llamamos Juan el bautizador, Juan el Bautista.
El otro apelativo, que es muy frecuente asociar con este niño, es el que también hemos oído en las lecturas de hoy, él es el precursor. Fue concebido 6 meses antes de Cristo, ese mismo tiempo, por supuesto, lo separa del nacimiento del Mesías, hecho que está reflejado en la liturgia de la Iglesia. Observa que estamos el día 24 de junio, si tú sumas seis meses, entonces llegas al 24 de diciembre. O sea que hay seis meses de distancia entre el nacimiento de Juan, que fue primero, y luego el nacimiento de Jesús. Juan derramó sus primeras gotas de sangre cuando fue circuncidado. Y también en eso, va delante de Jesucristo. Predicó anunciando que llegaría a Jesucristo, bautizó antes que Cristo y murió. Murió como testigo de la alianza de Dios, murió como testigo de la verdad, murió mártir, murió antes de Cristo. O sea que Juan, al que llamamos el bautizador, Juan el Bautista, iba delante de Cristo en una misión que se describe como: preparar los caminos para el Señor. Al celebrar el nacimiento de Juan, estamos tomando conciencia de esta dimensión de su vida.
Él es el precursor y por eso, mis hermanos, en los siguientes minutos vamos a reflexionar un poquito sobre eso. ¿Por qué se necesitaba un precursor? Cristo, ciertamente, brilla con luz propia, en Jesucristo están todos los tesoros de la sabiduría, de la gracia y de la salvación. De modo que, si todo abunda en Cristo, ¿por qué necesitaba Cristo de este precursor? O tal vez preguntemos con más humildad: ¿cuál era la misión del precursor, teniendo en cuenta la grandeza de la misión de Cristo? Al responder a esta pregunta, vamos a encontrar también que la misión de Juan no ha terminado, vamos a encontrar que también en nuestra época se necesitan precursores del Mesías. Se necesitan personas como Juan Bautista, porque, de hecho, esa misión, la misión de Juan, ha quedado incorporada en la misión misma de la Iglesia.
Pero vamos por partes, ¿qué significaba este ser precursor? La mejor comparación que conozco tiene que ver con los alimentos. Cristo es el alimento del cielo, es el pan del cielo. Pero todos sabemos que cuando no hay hambre, el mejor alimento se desperdicia. Entonces, la relación que hay entre Juan y Cristo es la relación que hay entre el hambre y el alimento. Podemos decir que Juan es una persona que con su manera de vivir y con su manera de predicar, trae una luz al corazón. Y esa luz intensa le hace reconocer a uno la necesidad de salvación. Y cuando uno reconoce que está necesitado de salvación, es cuando realmente puede aprovechar al Salvador. Juan no era el Salvador, pero Juan era el que ayudaba, repito, con su vida austera, penitente, exigente y con su predicación, Juan ayudaba a que todos tomáramos conciencia de que necesitamos salvación.
Cuando una persona toma viva conciencia de que necesita salvación, está realmente muy cerca de la salvación, porque hay unas palabras muy hermosas y siempre ciertas de Cristo. Esas palabras son: «Busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá». De manera que, si alguien como Juan el Bautista me hace el gran favor, el grandísimo favor de darme la viva conciencia de cuánto necesito de Cristo, pues yo llamaré y Él me abrirá. Si alguien como Juan el Bautista me ayuda a descubrir en lo profundo de mi ser, mi condición de pecador, ese descubrimiento va a hacer que yo me arroje en los brazos amorosos de mi Padre del cielo y descubra allí la gracia que necesito para vivir. O sea que el papel del precursor ¿cuál es? El papel del precursor es ayudarnos a descubrir que necesitamos del Salvador. Ayudarnos a descubrir que Él, el que viene, Jesús es el que puede colmar nuestros anhelos, el que puede sanar nuestras heridas, el que puede perdonar nuestros pecados. Es una misión entonces, muy necesaria, muy necesaria.
Si llega el mejor médico a la ciudad, pero yo no sé que estoy enfermo, porque es una enfermedad que está oculta. Hay muchas enfermedades que son asintomáticas, es decir, no se notan, no presentan síntomas. Y si una persona tiene una de esas enfermedades y llega el médico mejor del país, que además dice: Voy a atender gratuitamente, pero yo no sé que estoy enfermo, yo dejo pasar esa oportunidad, yo no voy a aprovechar a ese, que es el mejor médico. En este sentido, conviene recordar unas palabras de un gran santo de nuestra Iglesia, San Juan Pablo II, dice el Papa en un documento suyo que se llama Reconciliación y Penitencia: Cuando la gente pierde la noción del pecado, pierde también la noción de la gracia divina. Si olvidamos la gravedad del pecado, si perdemos el dolor por el pecado, si nos declaramos inocentes por nuestra propia cuenta, entonces todo el sacrificio de Cristo en la cruz, toda su predicación, todo el servicio de la Iglesia, todo eso nos parece vano, superficial, innecesario, incluso estorboso. Eso está sucediendo en muchas partes del mundo, y a millones y millones de personas.
Efectivamente, una persona que no siente en su corazón, no tiene en su corazón la conciencia de pecado, no encuentra lo único que Cristo realmente viene a traernos, que es la reconciliación y la salvación. Como la persona no cree que necesite ser salvada de nada, como la persona no cree que necesite ser perdonada, entonces Cristo es alguien que no le sirve. Y hay una línea muy fina entre Cristo no me sirve y Cristo me estorba. ¿Por qué? Porque resulta que nuestra moral cristiana obviamente tiene advertencias sobre lo que es correcto, lo que es incorrecto, lo que es bueno, lo que es malo. Y entonces, cuando la Iglesia empieza a recordarnos lo que es bueno y lo que es malo, una persona que siente que no necesita de Cristo, ¿cómo oye la voz de la Iglesia? ¿Con qué filtro escucha la voz de la Iglesia? Escucha la voz de la Iglesia como una serie de prohibiciones, prohibiciones tontas, prohibiciones enojosas, prohibiciones hipócritas.
Y entonces, la persona que tiene una distancia, una distancia de Cristo, porque no siente que necesite de Cristo, una persona que está en esa condición, es una persona que muy pronto empieza a detestar a la Iglesia porque solo ve en la Iglesia una voz fastidiosa que no le deja gozar la vida como quiere gozarla a esa persona. Entonces, si esta persona quiere gozar la vida, por ejemplo, saltando de un matrimonio a otro o cambiando su orientación sexual cada ocho días, o drogándose o haciendo lo que le parezca en medio de sus vicios, en medio de sus malas costumbres. A esa persona le estorba Cristo, a esa persona le estorba la Iglesia. Pero ¿dónde empezaron sus males? Sus males empezaron en que esa persona no se daba cuenta de su condición de pecador. Y entonces, en vez de aceptar con agradecimiento, con humildad y con absoluta confianza al Salvador, es decir, a Jesucristo, toma una actitud completamente demoníaca que es de rechazo, una actitud de desprecio y una actitud, incluso de odio hacia la religión.
Esto que estoy describiendo no es una hipótesis, mis hermanos. Esto que estoy describiendo no es imaginación mía, es lo que está sucediendo y cada vez más, especialmente aquellas personas que quieren declarar el mundo terreno de libertinaje sexual, sienten tanto odio hacia la Iglesia que necesitan blasfemar, necesitan profanar las iglesias, necesitan ofender la religión, necesitan despreciar a Jesucristo, necesitan profanar la fe. ¿Por qué? Por esta triste historia que hemos dicho. Si uno no entra por la puerta del arrepentimiento. Si uno no entra por la puerta de la humildad, si uno no entra por la puerta del reconocimiento de la necesidad, muy pronto el demonio lo atrae a otras puertas, las puertas de la arrogancia, las puertas de la vanidad, las puertas del vicio y luego las puertas de la blasfemia y del odio a la religión.
Por eso, nos damos cuenta que la misión de Juan tiene permanente actualidad, la misión de Juan no se puede abandonar en la Iglesia. Esa es una de las razones por las que tenemos esta festividad litúrgica, para que no se nos olvide. O sea, hoy no estamos simplemente celebrando a un niño que nació, estamos celebrando un regalo de Dios para todos los tiempos, porque eso es Juan, un regalo de Dios para todos los tiempos y hasta que Cristo vuelva. Santo Tomás pensaba que Cristo va a venir por la tarde de un día, no dijo qué día, pero va a llegar por la tarde. Pues hasta la mañana de ese día, si Cristo va a venir por la tarde, hasta la mañana y el mediodía de ese día en el que Cristo retorne, hasta esa mañana y ese mediodía, vamos a necesitar de la misión de Juan Bautista.
Esto es tan cierto que, si usted mira las páginas del libro del Apocalipsis, encuentra que uno de los últimos ataques del diablo contra la Iglesia es, exactamente, endurecer a las personas creyendo que no necesitan convertirse. En el libro del Apocalipsis se cuentan una serie de llamados finales, lo que va a pasar al final de los tiempos, al final de los tiempos, van a venir una serie de acontecimientos muy, muy fuertes, muy fuertes, mejor dicho, tan fuertes que Cristo dijo: «Si esos días no se acortaran, todos perderían la fe». O sea que lo que viene es muy duro, lo que viene no es pequeño, es muy duro. Y entonces, en medio de todos esos acontecimientos que son como los últimos sacudones del amor de Dios para decir: Ey, despierte, despierte, conviértase, cambia de vida. En medio de esos últimos acontecimientos, el demonio, sabiendo que le queda demasiado poco tiempo, se lanzará sobre los corazones para endurecerlos, de manera que el libro del Apocalipsis describe varios de esos últimos acontecimientos y dice: «Y a pesar de todo eso, la gente no se convirtió». O sea que sí necesitamos de Juan.
Bueno, pasemos a la última parte de esta predicación. Y entonces ¿quiénes tienen que hacer el papel de Juan en la Iglesia? Por supuesto, los primeros tienen que ser los señores obispos. Si miramos los Hechos de los Apóstoles, y todos entendemos que los obispos son los sucesores de los apóstoles, si miramos los Hechos de los Apóstoles, nos damos cuenta de que continuamente los apóstoles están llamando al arrepentimiento. Incluso en un día tan glorioso y tan feliz como el día de Pentecostés, mire el discurso que dijo Pedro, eso está en el capítulo segundo de Hechos de los Apóstoles. ¿Qué dijo Pedro? Dijo: «Dios ha resucitado a este Mesías al que ustedes crucificaron». Semejante fiesta del amor de Dios y Pedro recordándole los pecados a la gente. Pero es que hay que llamar a la gente a conversión. Y lo mismo encontramos en Pablo, Pablo continuamente llamando a conversión a los judíos y a los no judíos. O sea que los primeros que tienen que realizar esta misión son los señores obispos y, por consiguiente, también nosotros, los sacerdotes, que somos los primeros ayudantes de los obispos, nosotros tenemos que hacer esa misión.
Si usted tiene un amigo, sacerdote y su amigo sacerdote, nunca llama a la gente al arrepentimiento, a la conversión, si su amigo sacerdote únicamente tiene un lenguaje simpático de superación personal y todo te va a salir bien, palmadas en la espalda, ánimo, todo irá bien, pero nunca te habla de conversión, tú debes temer porque tú debes pensar: cuidado con ese sacerdote, se está apartando de su vocación. Lo normal es que un sacerdote tiene que llamar a la gente a que se arrepienta. Eso no significa que el sacerdote tenga que gritar tanto como yo, no tiene que utilizar exactamente ningún estilo en particular, cada uno lo hará a su manera. Pero lo que sí es cierto es que tiene que llamar al arrepentimiento y a la conversión. Y si no está llamando, si su amigo sacerdote no está llamando al arrepentimiento y la conversión, lo mejor es que usted empiece a hacer oración de intercesión por su amigo sacerdote, porque ese tipo se está extraviando y va a extraviar gente, es muy peligroso.
Claro, eso no se puede juzgar por una sola homilía, ni por un solo artículo o una sola intervención pública que tenga. Pero, por eso le digo si ese amigo, sacerdote y usted lo oye y lo oye y lo vuelve a oír, y nada que aparece el arrepentimiento por ninguna parte, sino nada más querámonos seamos buenas personas, todos podemos convivir en paz, abracitos para todos, abracito va, abracito viene. Pero nada de arrepentimiento, nada. Usted tiene que decir: muy peligroso este padre. No sea violento con el padre, no le estoy diciendo que sea violento. Tampoco le estoy diciendo que deje de dar la limosna, porque entonces me van a criticar aquí van a decir: No, el tipo está en contra de las parroquias. No, hay que apoyar siempre a nuestra Iglesia. Pero, así como apoyamos materialmente con una ofrenda, que damos una limosna que damos, decimos así hay que apoyar a los sacerdotes orando, porque ya usted conoce a ese sacerdote y usted dice: Este hombre nunca predica de conversión. Este hombre, todo es darle ánimo a la gente y ánimo y ánimo. No, ánimo no, por algo hay sangre en Jesucristo, por algo hay sangre. Si Cristo tuvo que llegar a la sangre y a las llagas, por algo fue, eso no fue porque sí.
Entonces, obispos y sacerdotes, los primeros. ¿Quiénes ayudan a los obispos y a los sacerdotes? Los misioneros, misioneras, los catequistas, los profesores de religión. Pero quiero reservar unas últimas palabras para los papás y para los catequistas. Papás y catequistas, la evangelización siempre empieza por el arrepentimiento, siempre. Porque resulta que se ha convertido en una idea, sobre esto he tenido algunas discusiones con miembros de Familia Espiritual, pero las hemos llevado con cierta paz. Sucede y acontece que hay la idea de que la catequesis tiene que ser agradable y divertida. Bueno, ¿qué decir? El catequista tiene que ser acogedor, la catequesis tiene que ser amable, pero cuidado con confundir una catequesis acogedora y amorosa, con una catequesis que minimiza el valor del pecado. De manera que, si el niño es capaz de entender que hay un Dios de amor, eso se mide en que el niño es capaz de arrepentirse de sus pecados, de modo que el arrepentimiento de los pecados ¿cuándo tiene que empezar? Desde la infancia y la catequesis desde la más tierna edad, tiene que incluir el arrepentimiento.
Por eso, varias veces me he manifestado en contra de una catequesis que trivializa el mensaje religioso, lo cual sucede con mucha frecuencia cuando se vuelve dibujos animados. Hay que tener mucho cuidado porque la catequesis, yo la llamo la catequesis del Pato Donald, dura muy poco y dura muy poco ¿por qué? Porque todos los niños un día se cansan de colorear al Pato Donald. Cuando se cansan de colorear al Pato Donald, se cansan también de colorear al Sagrado Corazón o de colorear todo lo que les dan para colorear. La catequesis no puede colorear, colorear, pasarla bien, divertirse y que todo sea agradable y que todo sea acogedor. No, hay que amar mucho a los niños, mucho, mucho. Hay que amarlos de corazón, criaturas benditas de Dios, a veces casi no dejan celebrar misa, pero hay que amarlos y amar a los niños, amarlos mucho. Cuando ya amamos bastante a los niños por el bien de los niños, óigame bien, por el bien de los niños, hay que llevarlos a que conozcan el dolor humano y el dolor divino, el dolor de Dios por nuestros pecados. Así educaron los papás y catequistas en otro tiempo.
Citemos una santa al azar, Catalina de Siena. Santa Catalina fue la hija número 24, no me abra los ojos, hija número 24 del matrimonio de un hombre llamado Jacobo y una mujer llamada Lapa. Jacobo y Lapa tuvieron muchos hijos, la hija número 24, cerrando el cortejo fue Santa Catalina de Siena. Jacobo entendía que su labor de papá incluía llevar a sus hijos por el camino de la santidad, eso lo tenía claro. Y entonces, desde que Catalina era una niña pequeña, más o menos así como de esta edad y tan atenta como ella, Dios la bendiga. Desde que Catalina era una niña así, Jacobo en la casa, a hora de las comidas o en otros momentos, leía vidas de santos en la casa, utilizaba especialmente una obra de otro Jacobo, Jacobo de Vorágine, que es una colección de vidas de santos. Por supuesto, ahí faltan muchos santos porque estamos hablando del siglo XIV, entonces no aparecen los de después.
Entonces, Jacobo leía vidas de santos a sus hijos. ¿Qué quiere decir? que doña Catalina, cuando tenía esa edad, edad de la niña por favor, 6 años. A esa edad, la primera experiencia mística de Santa Catalina sucedió a esa edad. Los niños están abiertos al arrepentimiento, a la gracia de la santidad, eso es lo que estoy tratando de destacar aquí. Entonces, ¿qué pasa? Que Jacobo, como papá sabio, él decía: Yo quiero que mis hijos estén bien evangelizados, y lo que se leía en la casa de Jacobo, por lo menos en algunas ocasiones y en todo caso con frecuencia, eran vidas de santos. Entonces, quiere decir que la niña Catalina, desde muy pequeñita estaba oyendo eso y ella oía historias, por ejemplo, de cómo mataban a la gente, simplemente porque eran cristianos.
Catalina, siendo una niña muy pequeñita, ella oyó el martirio de otra Catalina, eso le impactó profundamente a ella. Resulta que en el antiguo Egipto hubo una mártir llamada Catalina, Santa Catalina virgen y mártir de Egipto. Y entonces la niña Catalina, claro, le llamaba mucho la atención que había otra niña llamada Catalina que había sido asesinada, la habían torturado y la habían matado. Y ¿por qué la habían matado? Como a todo niño le impactaba eso. Pero ¿cómo así, pero por qué matan a los niños, por qué matan a los jóvenes? Y entonces, la lectura explicaba, la mataron por ser cristiana. Entonces, eso le quedó profundamente grabado en el corazón a Catalina de Siena, porque conoció la historia de Catalina de Egipto.
Y así muchas otras historias de mártires y de ermitaños y de santos, de modo que el corazón de la niña Catalina se fue llenando de dos certezas. Primera, que el pecado es la peor de las desgracias y que el amor de Dios es superior a todos los pecados. Una niña que tenía esta edad, más o menos 6-7 años, una niña que tenía esa edad, ya tenía claro el kerigma, ya tenía claro el centro de la fe cristiana, ya ella sabía en ese momento: lo peor que le puede pasar a uno en la vida es el pecado, lo más grande que le puede pasar a uno en la vida es acercarse a Jesucristo.
Entonces, ¿quiénes tienen que hacer la labor de Juan Bautista? Ya dijimos el Papá, los señores obispos, los sacerdotes, los misioneros, los catequistas. Pero cuidado, catequistas con trivializar el mensaje. Los papás, pero los papás tengan en cuenta que no se trata de mantener a los niños entretenidos, se trata de mantener a los niños convertidos, en camino de conversión. Así han hecho grandes santos, estos esposos de apellido Martin, los papás de Santa Teresa del Niño Jesús, los dos están canonizados. Ojo, es un caso de dos, un caso de un matrimonio donde ambos han sido canonizados. Ellos tenían esa idea: nuestros hijos para Dios, nuestras hijas, Dios les dio hijas, nuestras hijas para Dios. Y esa es la manera de ser Juan Bautista también en el hogar.
Sigamos esta celebración. ¿Cuál es el propósito? ¿Cuál es el mensaje? Quiero decir, ¿cuál es el mensaje central? Entender la importancia del arrepentimiento para tener ¿qué? Para tener mucha, pero mucha, pero muchísima hambre de Jesucristo. Para tener mucha hambre de Cristo, para desear con todas nuestras fibras a Jesucristo, que es el único Señor y Salvador. A Él sea el honor y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

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