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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Sentido del bautismo que realizaba Juan junto al río Jordán.
Homilía sjbn011a, predicada en 20130624, con 4 min. y 53 seg. 
Transcripción:
El día 24 de junio nuestra Iglesia Católica celebra la Solemnidad de San Juan Bautista. Por supuesto, este apelativo, bautista, está relacionado con lo que fue su principal ministerio. A orillas del río Jordán, este gran profeta predicaba a las multitudes llamando al arrepentimiento, y como señal de arrepentimiento, la gente se sumergía en las aguas del río Jordán. No es casualidad que fuera en ese río, y no es casualidad que Juan predicara en ese lugar. Sucede que cuando el pueblo de Dios, cuando el pueblo de Israel iba a entrar en la tierra prometida, pues Josué, que era el sucesor de Moisés y que era el líder de aquella época, les preguntó si ellos iban a obedecer a Dios o no lo iban a obedecer. Ahí es donde entra esa famosa frase tan bella, tan valiente de Josué, dice este gran hombre: «Mi familia y yo. Yo y mi familia serviremos al Señor. Ustedes escojan a quién van a servir». Y el pueblo a una sola voz dijo: «Serviremos al Señor».
Pero Josué conocía qué tipo de personas eran, conocía de sus rebeldías, conocía de sus limitaciones. Y Josué les dijo, a orillas del Jordán, que ese cielo y que esa tierra quedarían como testigos en contra de ellos. Un modo de hablar que resultó profético, porque muchas veces el pueblo se apartó de la obediencia a Dios. Y aquella palabra que, en ese momento, dijeron con tanto entusiasmo, luego no pudieron sostenerla, es decir, no fueron fieles a lo que habían dicho. Y entonces, esa tierra y ese cielo y ese río, el río que ellos cruzaron, el río que Dios dividió para que las aguas no los molestaran, ese río que, en otro momento, abrió sus aguas para que ellos pasaran incólumes, ese es el río que ellos sienten que no merecían. Ese es el río, que es como un testimonio en contra de ellos por sus pecados. Y ese es el río cuyas aguas ellos en realidad sí merecían. Es decir, ellos no merecían el milagro y sí merecían ser sepultados por esas aguas.
Ese es el significado ritual, el significado simbólico del bautismo de Juan. Cuando la gente se metía en las aguas del Jordán, lo que estaba diciendo era: Esto es lo que yo merezco. Muerte es lo que yo merezco, muerte es la dirección que ha tomado mi vida por mis pecados, por lo que yo he hecho. Y a través de ese arrepentimiento, ellos estaban expresando también que se ponían una vez más en las manos de Dios. Porque, por supuesto, no era una ceremonia de suicidio colectivo, no se trataba de matarse, pero era como una especie de muerte simbólica. Es un modo de decirle ante Dios: Mira, yo realmente no merezco vida, lo que yo merezco es muerte, pero lo que yo soy está en tus manos. Fíjate el parecido tan grande que tiene esta actitud humilde y arrepentida con lo que encontramos, por ejemplo, en el hijo pródigo. Recuerdas las palabras que dice el hijo pródigo, él dice: «Padre, ya no merezco ser llamado hijo tuyo. Trátame como a uno de tus jornaleros». Lo que está diciendo es: No merezco el ser hijo, yo no lo merezco. Pero tú verás qué haces, estoy en tus manos.
Y eso fue lo que Juan logró, esa fue la maravilla de su predicación y la maravilla que brotó de su vida tan pura, tan coherente, tan santa. La maravilla de llevar a la gente a esa convicción de que el gran desastre de mi vida no es el gobierno que yo he conocido. El gran desastre de mi vida no es la clase social en la que nací, ni los papás que me tocaron. El gran desastre de mi vida es mi pecado, el pecado es el desastre de mi vida. Ese es el trabajo de Juan. Y como ese trabajo, finalmente llevaba a un acto simbólico que es el bautismo, por eso él se llamaba Juan el Bautista. Y ahora nos preguntamos nosotros si se necesita ese ministerio de Juan, y respondemos: Claro que sí. También hoy tenemos que dejar de andar buscando culpas afuera. Más bien, cuando cada uno entra en su corazón y reconoce su parte, seguramente damos un paso al frente, un paso que nos pone muy, muy cerca de la persona adorable de Jesucristo.

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