Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Penitencia, ayuno y conversión.

Homilía sjbn004a, predicada en 20000624, con 16 min. y 5 seg.

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Transcripción:

Ya en el siglo V de nuestra era, el gran obispo San Agustín se extrañaba, se admiraba de esta fiesta, la fiesta del nacimiento de San Juan Bautista, una fiesta que ya en esa época era celebración en la Iglesia. Y decía San Agustín: lo normal es que celebremos la muerte de los santos, porque es su entrada en la gloria. Pero resulta que a San Juan Bautista lo recordamos y es motivo de celebración para nosotros, no solo cuando muere, sino también cuando nace. La Iglesia Católica celebra el martirio de Juan Bautista, pero también celebra, y es lo que estamos haciendo hoy, el nacimiento de San Juan Bautista. Y por eso, debemos detenernos un poco en esto que celebramos, mirar a Juan en su ministerio, en su significado y mirar lo que quiere decir para nosotros el nacimiento de Juan.

Lo que nosotros sabemos de Juan seguramente es poco. Sabemos que predicaba junto al Jordán, que la gente iba allá y que Juan tuvo el encargo de bautizar a Cristo. Tal vez recordamos que luego fue encarcelado por denunciarle sus pecados al rey Herodes y, finalmente, lo decapitaron. Y, sin embargo, de este hombre, nuestro Señor Jesucristo, que no acostumbraba a hacer grandes elogios, hizo un gigantesco elogio. Jesús mismo dijo de Juan: «No ha nacido nadie más grande entre los hijos de mujer», expresión que, como he dicho en otra ocasión, podríamos entender así: lo más grande que puede dar la carne y la sangre, lo más grande que puede dar la especie humana desde sus fuerzas, desde sí misma, es Juan Bautista. Que esas palabras las diga Jesucristo, nos están diciendo un poquito sobre quién es Juan. Juan es el precursor, Juan es el que le prepara el camino al Señor Jesús. Juan es aquel que dijo: «Conviene que yo disminuya y que Él crezca». Juan es como esa puerta que se abre para dejar pasar al Rey de la gloria. Juan tuvo un ministerio en el siglo I junto al Jordán, pero su significado no termina ahí. Juan, para decirlo de una manera breve, es una enseñanza para nosotros sobre cómo hay que prepararse para recibir a Jesucristo.

El ministerio del Jordán terminó, pero la preparación para recibir a Jesús se necesita siempre. Ya no tenemos que ir al río Jordán y echar esa agua, recuerdo de la Alianza cuando Josué. No, no tenemos que ir al Jordán a echarnos esa agua. Ese ministerio terminó, como decía el mismo Agustín: La voz se apaga y queda la Palabra. Pero la necesidad de prepararnos para acoger a Jesús, esa necesidad sí la tenemos siempre. Y en ese sentido, Juan el Bautista tiene un significado, tiene una razón de ser para la Iglesia en todos los siglos, en todos los tiempos, en todas las culturas. Juan no solo enseñó, sino que enseña cómo debe disponerse uno para que la Palabra de Cristo no caiga en vano. Juan le preparó a Cristo un pueblo bien dispuesto, Juan enseña cómo ser ese pueblo dispuesto para que la obra maravillosa de Jesús no se pierda.

Y por eso, considero que el profetismo de Juan es necesario como en el siglo I, sabe ¿por qué? Porque la obra de Jesús se está perdiendo. Cuando una persona vive como si no existiera Jesucristo, la obra de Cristo se está perdiendo para esa persona. Jesús vino a anunciar sanación, liberación, perdón, amor, fraternidad, humildad y todo lo que nos cuenta el Evangelio. Si eso no es verdad en nuestra vida, quiere decir que se está perdiendo la obra de Cristo, en contra de lo que recomendó el apóstol San Pablo: «No recibáis en vano la gracia del Señor». Si estamos recibiendo en vano la gracia del Señor, si somos un pueblo de bautizados, si somos un pueblo que acostumbra ir a misa, pero no somos un pueblo de santos, si el Evangelio no se ha hecho carne de nuestra carne y vida de nuestra vida, necesitamos a Juan. Necesitamos que nos enseñen a prepararnos. Necesitamos que nos ayuden a abrir nuestros oídos para que las palabras benditas de Cristo no se pierdan. Y por eso, Juan tiene un significado permanente en la Iglesia, no solo por la manera como murió, sino por eso que es él, por lo que él mismo es.

Y ¿cómo nos enseña Juan a prepararnos? ¿Cómo podríamos sintetizar la vida de este hombre? No es fácil. Juan nos enseña a prepararnos, en primer lugar, con su propio testimonio. Sabemos que fue un hombre que habitó en el desierto. Cuando una persona se va de la sociedad humana, cuando se retira, alguien podría decir: Es un cobarde o es un loco. Pero Juan no es un cobarde, Juan sale al desierto para recuperar la autenticidad, para recuperar el fuego, para recuperar el vigor de la palabra que se oyó en el desierto, porque fue en el desierto donde Dios enamoró a Israel. Y por eso, el mismo Dios ya le había dicho por boca del profeta Oseas: «Yo te voy a llevar al desierto, y allí le voy a hablar a tu corazón y te voy a enamorar». Porque del desierto, cuando desaparecen los apoyos, las torpezas humanas, cuando la mentira de este mundo se quita, cuando la vanidad de este mundo desaparece, en el desierto, recuperamos la capacidad de oír a Dios. Juan se fue al desierto, y en el desierto oyó la palabra de Dios, y el pueblo se fue tras él. Él no estaba huyendo del pueblo, le estaba mostrando un camino al pueblo, eso fue lo que hizo Juan y nos lo está mostrando a nosotros.

El que quiera encontrar a Jesucristo necesita pasar por el desierto, pasar por el silencio, separarse un poco de todo, porque en el aturdimiento, del ruido y de la multitud aplastante de propuestas, comercio, publicidad, no es posible tener el corazón abierto para una palabra nueva. Mientras estemos sometidos al ruido continuo de todas las propuestas, de todas las publicidades, de todas las ventas, mientras estemos saturados así, Jesús aparecerá como una propuesta más, como un ruido, más como una palabra más. Y Él no es una palabra más, es la Palabra de Dios. Necesitamos por eso, cierta dosis de desierto.

Juan enseñó también con su penitencia, en medio de la comodidad, en medio del regalo, en medio de la abundancia de placeres, el alma se vuelve indolente, se vuelve relajada. Con razón, grupos de oración, grupos marianos y otros grupos de nuestra fe católica están redescubriendo la gracia y la importancia de la penitencia, del ayuno. Hay que aprender a decirle «no» a ciertos placeres, a ciertos gustillos, porque el que nunca se dice «no», no es dueño de sí mismo y el que nunca se dice «no», no está preparado para cuando las circunstancias sean adversas o para cuando nuestras alianzas fallen. Una persona que nunca se dice «no», cuando le llega una contradicción, no sabe cómo resolverla y entra en depresión y entra en enfermedad y entra en ira y entra en trastorno.

Como le pasó a Antíoco Epífanes, el rey del que nos hablan los libros de los Macabeos. Era un hombre que estaba acostumbrado a que su voluntad se hacía siempre y en todo lugar: Y si voy a conquistar a este pueblo, lo logro. Y si voy a hacer esto, lo logro. Y si quiero esta mujer, la tengo. Y si quiero esta comida, la hago. Un día se fue contra Jerusalén con todos sus ejércitos y la cosa le salió mal. Y él no estaba acostumbrado a que nadie le dijera que no. Y entonces, entró en una depresión espantosa, se enfermó y se iba muriendo. Y se murió y se acabó. Por eso, el alma que quiera prepararse para recibir a Jesús tiene que estar dispuesta a saber decirse «no» en cosas pequeñas y grandes. No puede vivir en medio del placer y dándole gusto en todo y haciendo siempre lo que se me da la gana, y pretender que así la Palabra de Cristo tenga algo que decirme. La persona que no es dueña de sí mismo, no tiene cómo entregarle la vida a Cristo, porque cómo le entrego algo que no me pertenece. Solo la persona que es dueña de sí misma puede entregarse a Cristo y por eso, se necesita cierto grado de dosis de renuncia, de penitencia, de saber decir «no», necesito el esfuerzo también, esto nos lo enseña Juan.

Y finalmente, Juan nos enseña la necesidad de la justicia. Cuando llegaron unos piadosos fariseos y unos delegados de los saduceos allá, al desierto donde estaba Juan. Juan los recibió con un regaño espantoso que uno se queda asombrado: Raza de víboras, ¿ustedes a qué vienen aquí? Vayan y hagan justicia primero, dejen de defraudar al pobre, porque mientras estemos viviendo, quienes estén en esa situación, mientras estemos viviendo del dinero, de la sangre, del sudor, de la injusticia y de los pobres, es imposible que penetre la Palabra de Dios ahí. El que está viviendo de las ventajas del pecado, no le conviene que Dios exista, decía San Agustín, para citarlo por tercera vez, en estas palabras: No le sirve que exista Dios, aquel que vive en contra de Dios. Y por eso la sociedad se vuelve atea o se pasa a otras religiones, religiones cómodas que no se metan con la justicia. Qué fácil es encerrarme en una pieza a mirar cuartos de colores y a oler velas. Qué fácil encerrarme en una pieza a oír música de la naturaleza y a decir que me estoy relajando y que nadie se meta con mi vida, con mi plata y con mis problemas y con mis injusticias.

Pero Juan nos muestra que un corazón que se encierra en sus intereses y que persevera en la injusticia, no es un corazón que pueda recibir a Jesucristo. Desierto, penitencia, justicia, el mensaje permanente de Juan. Y este mensaje tendrá que entrar a nuestro país. Ojalá la Iglesia, en este país, empiece a predicar de desierto, penitencia, justicia. Pero atención, que clase de justicia, porque con esa palabra también se ha jugado mucho. No es la justicia del pobre en contra del rico como quiso Marx. Si algo es grande en Juan es que le habla al pecador, reclamando de él, su conversión. Por eso la traducción de Juan para nuestro tiempo yo la pondría en estas palabras: Retiro, jornadas de oración y penitencia y llamado a la conversión. Ese es el gran error de las mesas de negociación, que nos sentamos a hablar, cada uno con su corazón retorcido, qué va a salir de ahí, de un corazón traidor que dice una cosa y no la cumple, de un corazón que promete una cosa y sigue matando, secuestrando, destruyendo, qué va a salir de ahí. Mientras ese corazón no se enfrente con la luz de Jesucristo, mientras ese corazón no se rompa y sea un corazón contrito y humillado, de ahí no va a salir nada.

En el siglo XIV, una santa amiga mía, Catalina de Siena, vivió situaciones de espantosa violencia, la técnica de ella, para lograr la paz, y hubo obras, obras maravillosas a través de su predicación, técnica de ella: la conversión. Cuando el que libera el mal se convierte, se arrepiente, llora sus pecados y se postra ante Jesucristo, le quitamos las puertas a Satanás. Mientras eso no se haga, es mentira, es engaño seguir con los discursos que se repiten en todas partes, que lleguemos a la convivencia, que lleguemos a la tolerancia, que soportémonos. No se pueden tolerar una cantidad de cosas que están pasando, no es asunto de tolerancia la muerte de los inocentes. Juan es más actual que nunca.

Pero, como Juan habló con su vida y como su vida, ya desde la infancia, estuvo marcada por el desierto, la Iglesia tiene conciencia de que el nacimiento de Juan es el comienzo del cumplimiento de las promesas y por eso hoy celebra este día, este día hermoso, como día de luz, como día en el que nosotros repetimos con gozo las palabras de Zacarías: Bendito, bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo.

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