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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La imagen de la esterilidad vencida.
Homilía sjbn003a, predicada en 19990624, con 7 min. y 21 seg. 
Transcripción:
Ya San Agustín hace muchos siglos se extrañaba, es decir, manifestaba su admiración por el hecho de que celebremos el nacimiento de San Juan Bautista. Normalmente lo que se celebra de los santos es el final de su vida. Pero aquí estamos celebrando lo mismo que en el caso de nuestro Señor Jesucristo y también en el caso de la Santa Virgen María, el nacimiento. Son pocos los nacimientos que celebramos, pero este es un nacimiento que fue motivo de mucha alegría. Un nacimiento que fue motivo de felicitación, hubo gozo, hubo también extrañeza, expectativa, hubo admiración y alegría en el nacimiento de Juan Bautista. Que la Iglesia, como para no ser ajena a ese gozo y esa alegría, ha aprendido a celebrar este nacimiento de Juan Bautista en este día de junio.
¿Por qué en este día de junio? Porque este es el día más largo del año, el día que tiene más horas de luz, este es el día que tiene, en el hemisferio norte, mayor tiempo de luz y desde este día en adelante las horas de luz van disminuyendo hasta llegar al 24 de diciembre, cuando las horas de luz van a ser mínimas y la noche va a ser muy larga. Celebramos el nacimiento de Juan Bautista en el día más largo y el nacimiento de Cristo en la noche más larga. La noche más larga para Cristo, por aquello del Libro de la Sabiduría: «En medio de la noche, como paladín inexorable tu Palabra, se lanzó en medio de un pueblo destinado al exterminio». Y es bueno también que sea largo, el día de Juan, porque él mismo dijo: «Yo tengo que disminuir y Cristo tiene que aumentar». Y desde este día hasta el final, hasta diciembre van a disminuir las horas de luz, cosa que se nota poco en esta latitud en que nos encontramos, pero que se nota muchísimo más al norte.
Es motivo de alegría, es motivo de gozo. ¿Por qué felicitaban a Isabel? Porque su esterilidad había sido vencida por el poder de Dios. Y creo que hoy la Iglesia quiere que meditemos con alegría, en esa esterilidad vencida. Si lo pensamos bien, toda la vida de Juan fue eso, una esterilidad vencida. El vientre de su madre era estéril, se hace fecundo precisamente con él. Y luego el desierto, tierra de muerte, se hace fecundo, con su palabra de profeta. Y el corazón de Israel, que estaba reseco y sin esperanza, regado por la voz de Juan, se hace fecundo, dispuesto a acoger la vida que viene con Jesucristo. La mazmorra en que es encerrado, precisamente, por ser verdadero, por ser profeta, esa mazmorra, lugar de muerte, se hace fecunda con su sangre, como testimonio sublime de la verdad de Dios. Juan es la imagen perfecta de la esterilidad vencida. Así como Cristo es la virginidad fecunda, Juan es la esterilidad vencida.
Las ha comparado varias veces a Isabel anciana, con esa vejez, con esa decrepitud, con esa imposibilidad del Antiguo Testamento. El Antiguo Testamento ya no da más de sí, leemos en el profeta Daniel ese texto tan triste que está en el martes de la cuarta semana de la Liturgia de las Horas, según el rito romano: «Ya no vemos nuestros signos, ni hay profeta, nadie entre nosotros sabe hasta cuándo». No hay profeta, se ha extinguido la voz de Dios, el Antiguo Testamento no da más. Pero en estas postrimerías de la Antigua Alianza, una alegría, un salto de alegría, porque ya viene Cristo. Hermosa la alegría de Juan, qué hermoso descubrir en Juan un hombre que tiene una sola alegría, Jesucristo. Él es como el embajador de toda la antigua Alianza, el embajador que sale al desierto y sale al Jordán. Al desierto, porque fue el lugar de encuentro con Dios y al Jordán como acto de arrepentimiento.
Si se ha preguntado usted ¿por qué Juan bautizaba en el Jordán? Pues Juan bautizaba en el Jordán, porque cuando Josué llegó con el pueblo de Dios a la tierra prometida, atravesaron el Jordán. Y frente al Jordán, según nos cuenta este libro de Josué, el pueblo prometió fidelidad a la alianza. Ahí, antes de entrar, el Jordán fue la puerta. Lo que hace Juan Bautista es devolverse a la puerta y decir: Aquí prometimos que íbamos a ser fieles a Dios, aquí tenemos que arrepentirnos de no haber sido fieles. Por eso, Juan bautiza en el Jordán y no en otra parte. Y allá está Juan, como prolongando la voz de Josué, como estirando las palabras de la Alianza, alargando con la fuerza de Dios la esperanza del pueblo, para que se pueda oír la voz de Cristo. Es un hombre hecho, constituido, un hombre tejido de esperanza y de coraje, un hombre actual por eso mismo.
También nuestro tiempo parece desfallecer en la esperanza. Y creo que, de las tres virtudes teologales, la más golpeada hoy es la esperanza. La que parece más improbable, la que parece tener los caminos más cerrados es la esperanza. Necesitamos un hombre tejido de esperanzas y corajes como Juan, necesitamos una voz que sepa prolongar la antigua alianza y que también sepa anunciar la novedad infinita de Jesucristo.

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