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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El razonamiento de Herodes: O Cristo o yo, nos puede tentar a todos.

Homilía sino031a, predicada en 20221228, con 15 min. y 54 seg.

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Transcripción:

Para tratar de entender la acción brutal y cruel de Herodes. Conviene recordar que él era un rey impostor. La decisión de Herodes, dentro de la lógica de él, tiene un sentido. La lógica de Herodes es o Cristo, o sea, ese niño del que me hablan, o Cristo o yo. Pensemos, qué hubiera pasado si este niño crece en Belén, la ciudad de David, y la gente se da cuenta que ese niño es el legítimo sucesor de David. Pues hubiera pasado que la gente hubiera aplaudido y rodeado al Mesías verdadero. Y entonces, hubiera quedado a la vista con plena claridad, la impostura, la falsedad del reinado de Herodes. Es decir, que la verdad de Cristo iba a mostrar la mentira de Herodes. Y si Herodes es un rey falso, qué es lo que hubiera aparecido con toda claridad. Si Herodes es un rey falso, pues qué hay que hacer con un rey falso, deponerlo y eliminarlo.

Eso también explica por qué el texto nos dice que cuando llegaron los magos o los sabios estos de Oriente, cuando llegaron allá a Jerusalén y dijeron hemos visto la estrella del rey y venimos a adorarlo. Y nos dice el evangelista Mateo que cuando llegó esa noticia, se sobresaltó Jerusalén. Se sobresaltó Herodes y toda Jerusalén con él. ¿Por qué se sobresaltó Jerusalén? Porque esa era una noticia tremenda. Es decir, ¿quién es el que está ahí sentado entonces? Herodes trata de obrar con astucia. Averiguando exactamente lo del niño. Y miente, por supuesto. Y entonces, dice averigüen ustedes, y después voy yo también a adorarlo. Claramente, el pensamiento que él tiene es deshacerse de aquel que va a desenmascarar su mentira. O sea, que por evitar que aparezca la mentira, su mentira, Herodes comete esa crueldad. Trata de eliminar toda posibilidad del Mesías. Entonces, vuelvo a la frase que dije antes, la frase de Herodes es o Cristo o yo.

Esa frase, considero que es muy importante, porque en esta celebración de los Santos Inocentes Mártires. Uno puede tener la tentación de quedarse mirando hacia el pasado, tal vez señalando con el dedo a ese tirano cruel. Y decir qué tipo tan desalmado, qué tipo tan cruel y otras calificaciones parecidas. Pero cuando tomamos la frase o Cristo o yo. Esa sí es una frase que podemos aplicarla a nosotros. Porque pienso que ninguno de nosotros y Dios nos guarde, estará de acuerdo con la crueldad para con los niños. Los amamos, queremos cuidarlos, queremos que crezcan sanos y fuertes en amistad con Dios. Pero, no nos parecemos a Herodes en eso, pero sí nos podemos parecer y seguramente nos hemos parecido muchas veces, en la frase mencionada o Cristo o yo. Y desde que encontré esta interpretación que ahora les comparto, o esta reflexión que ahora les estoy compartiendo, desde ese momento, empecé a sentir que esta fiesta uno tiene que aplicársela, y uno tiene que reconocer en qué momentos uno se vuelve un Herodes chiquito, un Herodes chiquito que dice o Cristo o yo. Y cuántas veces en ese o Cristo yo, uno termina diciendo mejor yo. Eso fue lo que hizo Herodes o Cristo o yo. Pues mejor yo. Y si eso implica que mueran esos niños, pues que mueran. Es una decisión fría. Es una decisión espantosa, pero es una decisión que también existe, por lo menos en semilla, en nosotros. Cada vez que llegamos a la misma conclusión a la que llegó Herodes, o Cristo o yo, mejor sigo yo.

En los evangelios, se cuentan algunas oportunidades en que los apóstoles y otros discípulos razonaron de esa manera o Cristo o yo. Una que me llama la atención, porque me veo así retratado en el personaje. Es cuando Pedro, el apóstol, le dice al Señor. Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido, ¿Qué nos va a tocar? Es el momento de la resurrección, pero no de la resurrección de Cristo, sino de la resurrección del yo. Y ese momento es muy importante en la vida consagrada. Es muy importante estar atentos a ese momento, el momento en el que uno se fatiga de ser generoso, el momento en el que uno se fatiga de ser bueno, el momento en el que uno se fatiga de perdonar. El momento en el que uno se fatiga de orar. Ese momento o esos momentos, porque me ha pasado muchas veces. Yo los conozco muy bien. Uno se cansa, uno se fatiga de ser bueno, de perdonar y de estar rezando y de estar esperando. Y entonces, uno saca su pregunta y la pregunta es ¿Y yo qué? Esa es la pregunta. ¿Y para mí qué queda? Tengo que dar a otros y a otros y a otros. La vida de los consagrados, la vida de los sacerdotes está llena de eso. Casi todo el mundo que se te acerca, cuando eres sacerdote, espera algo de ti. Entonces, a ver, hay que dar aquí y hay que dar acá y hay que dar allá. Espérate ¿ yo qué? Esa fue la pregunta de Pedro. ¿Y yo qué? ¿Y a mí qué? ¿Y quién se preocupa de mí? ¿y de lo mío qué? Y debajo de esas preguntas de Pedro, está la pregunta de Herodes.

El propósito de esta homilía es dañarles el día a ustedes. El propósito de esta homilía es que durante el día usted se pregunte si acaso tiene la pregunta de Herodes. ¿Cuál es la pregunta de Herodes? ¿Y yo qué? Porque en el fondo, el razonamiento Herodes es o Cristo o yo. Y cuando uno escoge su propia comodidad, o cuando uno escoge su propio provecho, ventaja, placer. En el fondo, uno está siendo Herodes. En mi propia experiencia como sacerdote y en el servicio a sacerdotes, he visto aparecer el razonamiento de Herodes y la pregunta de Pedro muchas veces. Entonces, uno habla con un sacerdote. Por ejemplo, en un retiro espiritual el Padre se está confesando. Y cuál es el razonamiento detrás de los pecados de tantos sacerdotes. ¿Por qué usted tiene esa relación impura? ¿Por qué usted tiene esa doble vida? El origen de toda doble vida es Herodes. ¿Por qué tiene una doble vida? Usted hizo promesas de pureza, de humildad, de generosidad, de servicio al Reino de Dios. Y tiene una doble vida, tiene una relación por ahí impura que no, con hombre o mujer, en fin. En el fondo el razonamiento es ¿Y yo qué? Esa es la pregunta.

Y el que pregunta ¿Y yo qué? En el fondo está siguiendo el razonamiento de Herodes. Y el razonamiento de Herodes, que es o Cristo o yo, siempre acabará en crueldad. Y siempre acabará en crueldad con los más pequeños, como le pasó a Herodes. Porque los más pequeños serán siempre los que menos se pueden defender. Entonces, eso nos pasa a los sacerdotes. No, es que yo también tengo derecho, es que yo soy hombre, es que yo también tengo mis necesidades. Yo, yo, yo. Tengo mis necesidades. Bueno, pues por satisfacer tus necesidades, mira quiénes te llevas por delante. Y siempre serán los más pequeños, los más frágiles, los más vulnerables. Siempre serán ellos. Como le pasó a Herodes. Entonces, la mala noticia es que llevamos un Herodes chiquito. Esto pasa en toda vida cristiana, pero sucede de un modo más dramático y con un mayor daño en nosotros los consagrados.

¿Y cuál podrá ser entonces la buena noticia? Hay un mensaje de Dios, que está en los inocentes. Hay un mensaje de Dios. Y los inocentes nos visitan de muchas maneras. Hay que fijarse en el rostro de los inocentes que a veces son desplazados por la violencia. A veces son migrantes con migración forzosa. A veces son niños, a veces son discapacitados. A veces son enfermos. A veces son ancianos desvalidos. Es necesario que sepamos, porque eso también es lección de esta fiesta, que en las miradas de todas esas personas nos está viendo Jesús. Pero nos está viendo, para que nosotros recuperemos la inocencia que hemos perdido. Para que nosotros nos enamoremos de nuevo, seguramente de nuevo, porque lo hemos perdido, nos enamoremos de esa inocencia, de esa sencillez, para decir que amamos y que amaremos hasta el final. La mirada de ese niño inocente es la que tenemos ahí en la cruz. Hay que ver esos ojos. Porque, el que resulta pospuesto con la lógica de Herodes siempre es Él. Pero si lo miramos a Él, de sus ojos va a surgir una pregunta. ¿También tú? ¿También tú me vas a poner en segundo lugar, también tú me vas a poner en tercero, o en quinto o en décimo lugar? Y hay un día, que puede llegarnos, en que uno mira esos ojos y uno dice aunque soy cobarde, aunque he fallado muchas veces, aunque me duele el alma, quiero ponerte en primer lugar, esta vez a ti. Y ahí, dejamos de ser Herodes, dejamos de ser ese Pedro dudoso y empezamos a ser Pedro el mártir, Pedro el Santo, como los santos apóstoles. Sigamos esta celebración pidiéndole a Cristo nuestra conversión y que Él tenga verdaderamente el primer lugar.

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