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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Por qué los consideramos mártires de Cristo
Homilía sino026a, predicada en 20191228, con 9 min. y 36 seg. 
Transcripción:
Hermanos. ¿Por qué llamamos mártires a estos niños? La respuesta es que mártir significa testigo. Y llamamos testigos. Llamamos mártires a aquellos que a través del sufrimiento dieron testimonio de Jesucristo. Pero eso nos lleva a otra pregunta ¿Por qué los llamamos mártires, siendo así que su muerte no fue algo voluntario, aceptado, sino simplemente fue el fruto de la violencia de Herodes? ¿Por qué los llamamos mártires? ¿Por qué los consideramos santos mártires? El texto que hemos oído, que es del Capítulo Segundo de San Mateo, nos muestra que con esta muerte, de estos pobres niños y con el dolor brutal causado a aquellas mamás. Herodes, dejó de buscar al Mesías. Es decir, en la mente de Herodes ya él había eliminado a ese niño, ya él había eliminado al Mesías. Lo voy a decir de otra manera. Herodes, dejó con vida al Mesías, en razón de la muerte de estos niños.
El razonamiento brutal, pero ese fue el que tuvo Herodes, el razonamiento brutal de este hombre cruel, fue ya se murió el posible Mesías, ya se acabó. O sea, que la sangre de estos niños, fue una muralla que protegió a Jesús. Fue una muralla que protegió al Mesías. La sangre de estos niños sirvió de cortina para que fuera protegido el Mesías. Podemos decir que gracias a esa sangre, el Mesías, Jesús Niño quedó con vida. Y aquí entendemos entonces, que ellos realmente dieron su vida por Cristo. Porque si ellos no hubieran muerto, Herodes hubiera seguido persiguiendo al Mesías. Si ellos no hubieran muerto. Como ellos, con su muerte detuvieron esa persecución, se puede decir perfectamente, que su sangre frenó la sevicia de Herodes. La sangre de ellos, la muerte de ellos protegió la vida del Mesías. Se puede decir, ellos murieron por Cristo. No fue una muerte estrictamente querida por ellos, porque se trataba de bebés.
No fue una muerte estrictamente querida por ellos. Pero no cabe pensar en un Dios que sea ingrato. Más bien, lo que nosotros hemos conocido, es que Dios no se deja ganar en generosidad. Dios siempre es más amplio en su bondad, mucho más amplio en su bondad, que lo buenos que nosotros podamos ser. Nosotros le damos cinco panes y Él los multiplica. Nosotros le damos nuestra pequeña renuncia, y Él dice van a recibir cien veces más. No cabe duda entonces, que si estos niños entregaron una vida, una vida que apenas habían empezado a vivir, no cabe duda de que el Mesías aceptó esa ofrenda y les ha concedido la vida eterna y darles la vida eterna junto a Él es lo que nos autoriza llamarlos Santos. Por eso son Santos, por eso son Mártires y por eso la Iglesia lo celebra en el contexto de la Navidad. Ese es un primer punto que quería compartirles.
Segundo punto. Observemos el papel que tiene José. José es un hombre sensible a la voz del cielo. Es un hombre que abre su corazón a la inspiración de lo alto. Esa apertura, esa sensibilidad a la voz celestial, fue fundamental en este pasaje. José es también un hombre resuelto, podemos decir un líder. Él es el jefe de la casa. Él es cabeza de ese pequeño hogar. Y en tercer lugar, es un hombre de decisión. Entonces, en José encontramos tres elementos. Encontramos apertura a la voz del cielo. Encontramos liderazgo en su casa y encontramos valentía para el camino. Es un hombre dócil. Es un hombre líder y es un hombre resuelto. Estas tres cualidades hicieron posible la huida a Egipto y así se preservó la vida de Cristo. Entonces, el segundo punto que quería compartir hoy es ese. Nosotros también hemos de cultivar esas tres cualidades de José, ser sensibles a la voz de lo alto, pidiendo al Espíritu Santo que nos haga dóciles y pidiendo a nuestros ángeles custodios que nos hagan sensibles a la inspiración del Señor.
Es muy triste, que en ciertos momentos de la vida, nuestros ángeles nos estén diciendo no lo hagas, no te metas, no vayas a hacer eso y que nosotros terminemos haciéndolo por falta de oído espiritual. O es muy triste, que nuestros ángeles nos estén diciendo como le hablaron a José, porque el ministerio de los Ángeles no acabó con José, no acabó en la época de José. Es muy triste que tal vez tu ángel te esté diciendo mira que este libro te sirve, mira que esta charla te sirve, mira que esta persona te puede ayudar y que nosotros seamos resistentes. Pidamos al Señor docilidad, santo, liderazgo y un espíritu resuelto y valiente como el de José. Ese es el segundo punto que quería compartir.
Y el tercer y último punto que quería compartirles hoy, está en la primera lectura, porque me llama mucho la atención que esa primera lectura nos habla de la luz y de las tinieblas, pero si estuvimos atentos a la lectura, nos damos cuenta que según esa lectura, uno llega a la luz cuando reconoce las tinieblas que tiene dentro. Fíjate, como dice este texto que hemos oído, hacia la mitad. Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos. No somos sinceros. Entonces, quiere decir que, el comienzo de la luz en uno es darse cuenta que no tiene luz. El comienzo de la sabiduría está en reconocer que uno no sabe. El comienzo de la virtud está en reconocer que uno no la tiene. Y el comienzo de la Luz está en reconocer las tinieblas que uno tiene. Uno empieza a tener luz cuando reconoce que no la tiene. Suena como chistoso, paradójico, pero esa es la tercera enseñanza.
Y esto es muy importante, porque si el camino de la luz empieza por reconocer que uno no tiene luz, quiere decir que nosotros no somos nadie para hundir a las otras personas en su pecado. No es que uno, no se dé cuenta del pecado de las otras personas. Claro que uno se da cuenta, pero lo importante ¿qué es? Lo importante es que uno sepa que así como esa persona puede tener sus pecados, yo tengo los míos. Y el comienzo de la luz está en reconocer las tinieblas que tal vez anidan en mi propio corazón. Ya que estamos en época de comienzos, porque es la Navidad, que este sea el comienzo de una conversión más profunda en nuestro corazón. Amén.

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