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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Herodes fue arrastrado a la crueldad y la perversión a partir de un solo hecho: dejó que la codicia y la mentira entraran en su corazón.

Homilía sino022a, predicada en 20171228, con 15 min. y 42 seg.

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Transcripción:

Amados hermanos. El triste episodio que recordamos hoy, la matanza de unos niños inocentes, debe servirnos de advertencia severa sobre los males que trae el poder cuando se idolatra. ¿Cómo llegó el rey Herodes a semejante extremo de crueldad? Herodes llegó allá, como llega uno casi a todas partes. Paso a paso. Tal es la condición del ser humano para llegar a la cima de la virtud o para llegar al abismo de la perdición. Siempre se empieza por pasos pequeños y luego más grandes. Así han avanzado hacia la santidad los grandes testigos de la fe, como hemos comentado, con las hermanas en las predicaciones de estos días. Pero cuidado. Así también puede ir uno resbalando poco a poco, hasta llegar a los crímenes más horrorosos, como es el caso de lo que se recuerda hoy. Por eso advertía San Bernardo, es necesario acabar con el pecado cuando apenas empieza, no dejarlo tomar fuerza. Porque a medida que se alimenta, se vuelve más arrogante. A medida que el pecado toma fuerza, se vuelve más imponente. Y llega el momento en el que domina completamente el corazón, mientras asfixia cualquier sentimiento de compasión y cualquier posibilidad de buscar la verdad.

Este Herodes, era ante todo un impostor. Él no tenía derecho al trono que estaba usando. Su vida estaba montada sobre una mentira. Ahí empieza precisamente su desgracia y las desgracias que él va a producir después. Había un mensaje muy claro, un oráculo muy claro en el pueblo de Dios. Está en el segundo libro de Samuel. Usted puede leerlo ahí. El profeta Natán le dijo al rey David, que su dinastía, su descendencia, estaría siempre reinando. O sea, que era condición para ser rey en Israel, el ser descendiente de David. Y Herodes no era descendiente de David. Él venía de una familia, incluso extranjera. Los Idumeos. Pero se había hecho con el trono. Era un impostor. Su vida estaba montada en una mentira. Y ese es el problema de las mentiras. Que una mentira llama a otra y esa a otra.

Cuando llegan aquellos magos de Oriente. Y le traen una noticia que debería ser buena, para él es una tragedia. Dicen estos hombres sabios, al rey Herodes. Hemos visto salir la estrella del Mesías, ha nacido. Fíjate que esa tenía que haber sido una buena noticia. Viene el Salvador. No, señor. No fue buena noticia para él. ¿Por qué? Porque su vida estaba montada sobre una mentira. No se necesitaba ser muy inteligente para darse cuenta de lo que iba a suceder. Si de verdad ha nacido el Mesías, ese es el rey y no yo. Si de verdad ha nacido el Mesías, la gente se va a quedar con el rey verdadero, no con el rey falso que soy yo. Si de verdad el Mesías ha nacido, entonces, el rey verdadero va a ser aclamado y el rey falso va a ser ajusticiado. Para Herodes, esa no es una buena noticia. Es una noticia trágica.

Por eso, como escucharemos el día de la Epifanía, cuando se recuerda esta visita de los Magos de Oriente, nos vamos a encontrar con que Herodes entra en conmoción. Y dice la Biblia y con él todo Jerusalén. Porque ahí hay otro problema, y es que detrás de un corrupto, y de un oportunista y de un abusador, siempre hay una corte de aduladores que están ahí como perros hambrientos viendo a ver qué les cae. Herodes, que tiene toda esa corte y que tiene montado todo su sistema corrupto, tiembla cuando le dicen nació el Mesías. Eso no es buena noticia para él. Fíjate qué tristeza. Tenía que haber sido una buena noticia. Llega el Mesías. No, no es buena noticia para él. Es la peor noticia que él puede oír. La peor noticia ¿por qué? Porque si ha nacido el Mesías, él es el rey y no yo. Si ha nacido el Mesías, la gente se queda con él y no conmigo. Si ha nacido el Mesías, la gente lo va a clamar a él y va a quedar a la luz toda la mentira en la que yo he vivido. Uno tiene que darse cuenta cómo esto es una cosa que se va empeorando. Como aquella comparación que se hace siempre con una bolita de nieve, que la botas desde la cumbre de una montaña nevada y a medida que va bajando va recogiendo más y más y va tomando más fuerza y más tamaño y acaba en una tragedia, así es esto.

Herodes se da cuenta de que está perdido, pero todavía le queda una posibilidad. ¿Qué tal que todo esto sea una falsa noticia? Por eso él les dice, a los magos aquellos, les dice vayan, con una sonrisa hipócrita, vayan, averigüen nomás. Luego vienen y me cuentan. Tiene él una diabólica esperanza que todo sea falso. Y si todo es falso, yo sigo reinando en mi mentira. Porque es un mentiroso, porque es un impostor. Van pasando los días y se da cuenta que su astucia no fue suficiente. Que hay una astucia superior a la suya, que hay una inteligencia que está por encima de la de él. Claro, la sabiduría de Dios. Los magos se devolvieron a su país por otro sitio. Con eso él se da cuenta de dos cosas. Primero, lo que ya dije, mi astucia no fue suficiente. Y segundo, mucho más grave, la noticia va a ser cierta. Él tenía su pérfida esperanza de que la noticia fuera falsa para seguir reinando en su mentira. Parece que la noticia es verdad.

Entonces, saca otro plan. Hay que eliminar a ese. O se muere ese o me muero yo. Hay que eliminar al tal Mesías ese. Puede ser de la descendencia de David, puede ser lo que sea. Ya no le importa nada. Ya no le importa Dios. Ya no le importa la crueldad. Ya no le importa nada. Está enloquecido porque es un idólatra. Y su ídolo es el poder. Loco de ira, quiere asegurarse de que ha eliminado al Mesías. No lo logra. No lo logra, una vez más, su plan fracasa porque hay una sabiduría que está por encima de la astucia. Oiga esa frase. Hay una sabiduría que está por encima de la astucia. Y esa sabiduría que se mueve en otro plano es la sabiduría divina. De manera que este hombre, echa a sus espaldas ese espantoso crimen y no logró lo que quería. El niño bendito, el Mesías verdadero, el Rey de Israel, nuestro Señor Jesucristo, va camino de Egipto. Y mientras tanto, una cortina de sangre. Sangre de niños. Detiene la ira de Herodes. Seguramente él murió engañado. Murió pensando que había eliminado al Mesías. De manera que este ejército, como lo llaman algunos santos, este ejército de bebés con su sangre protegió al Mesías. Porque hasta ahí llegó la perversión de Herodes. Esa cortina de sangre detuvo las pesquisas y la crueldad misma de Herodes. Y así se salvó el Mesías. Esa es la razón por la que la Iglesia celebra a estos niños, porque ellos dieron su sangre por Cristo. Y dice uno de los padres de la Iglesia, lo leemos en el oficio de lectura de hoy. Cuán gratuito es el don, no saben hablar, pero ya dieron testimonio de Cristo. Detuvieron el ataque contra el Mesías, no con escudos, espadas o armaduras, sino con sus blandos cuerpos sacrificados de manera tan espantosa.

¿Qué lección nos queda a nosotros? Cuidado con los ídolos. Cualquiera que sea el ídolo, es cruel. Aprenderse esta frase, por favor. Los dioses falsos se alimentan de ti. El Dios verdadero te alimenta. Fíjate cómo ese Dios falso, ese ídolo del poder, se fue comiendo como un cáncer. Se fue comiendo todo en la vida de Herodes. Le dañó su paz, le dañó su conciencia, le dañó su corazón. El corazón de Herodes se pudrió, se lo tragó el ídolo. Posiblemente solo Dios sabe. El ídolo se comió también la eternidad de Herodes, llevándolo a la condenación. Eso solo Dios lo sabe. Y la condenación no se la desea uno a nadie. Pero es posible. Entonces, los dioses falsos se alimentan de ti. El Dios verdadero te alimenta. Eso es lo que recibimos del altar. Mientras que los dioses falsos, es decir, el pecado en todas sus formas, la idolatría en todas sus formas termina por destruirnos. El Dios verdadero nos construye, nos levanta, nos restaura y nos alimenta.

Quedemos hermanos, advertidos. Abramos bien los ojos y que el Señor con su luz poderosa nos ayude a revisar nuestra vida. Porque el pecado siempre entra pequeñito, pero con muchas pretensiones. Y lo que empieza pequeño, si empieza podrido, se va comiendo todo lo demás. Hay que revisar el corazón con gran temor de Dios y pedirle que nuestro corazón sea suyo, solamente suyo y siempre suyo. Amén.

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