Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Que esta fiesta nos lleve a una verdadera conversión, a devolverle a Dios lo usurpado, a reconocer Quien es el Único que merece el honor y la gloria, Jesús el Señor.

Homilía sino019a, predicada en 20161228, con 7 min. y 3 seg.

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Transcripción:

El veintiocho de diciembre, nuestra Iglesia Católica recuerda y celebra a los Santos Inocentes Mártires. Conocemos la dramática historia que está detrás de esta celebración litúrgica. El rey Herodes, que habita en Jerusalén, recibe la noticia de que ha nacido el Mesías. Preocupado por su propia estabilidad como rey, decide eliminar a ese niño que ha nacido y para estar seguro de que lo ha eliminado, ordena una matanza. El número de muertos no es lo más importante. Algunos dicen que fueron decenas de niños. Otros suben un poco la cifra. Quizás a centenares. El número no es lo que importa. Lo que importa es esa mezcla de miedo, egoísmo y extrema crueldad que lleva a condenar a la muerte a inocentes.

Por supuesto, esa situación, esa muerte, esa sangre, sirvió para frenar la ira de Herodes y sirvió también para que el Mesías pudiera escapar. Una vez que Jesucristo sale de las garras de Herodes, porque se han saciado de la sangre de estos inocentes. Puede dirigirse, es decir, ser llevado por sus padres a Egipto. De esa manera, no es que Cristo economizará su sangre, sino que la reservaba para el momento del sacrificio en la cruz. Ese era el momento. Esa era la hora designada por el Padre. Y no es que Cristo haya huido del martirio, sino que su propio martirio tenía también su propia hora. Siendo tan terrible el dolor de esos papás y mamás que vieron cómo sus hijos eran ejecutados de una manera brutal e injusta.

Lo natural es que nosotros centremos nuestra atención en estos niños y por eso, en muchas ocasiones, al predicar sobre este misterio, he hecho comparación, por ejemplo, entre esos niños y los niños que han sido abusados o los niños que viven en condiciones de extrema pobreza, o los niños condenados a trabajos humillantes o excesivos, o sobre todo los niños que son abortados. En esta oportunidad, sin embargo, quisiera que dirigiéramos nuestra atención a Herodes. Porque si leemos los evangelios, nos damos cuenta que antes de Herodes, Jesús era buena noticia para todos. Jesús motivo de alegría para los ángeles del cielo. Jesús motivo de gozo para los pastores. Jesús, por supuesto, motivo de júbilo para el corazón de José y de María. Jesús, en fin, motivo de esperanza y de regocijo para los sabios de Oriente, los que se suelen llamar Reyes Magos, que se ponen en camino para ir al encuentro del Rey de Israel, es decir, antes de Herodes Cristo es buena noticia para todos.

Pero hay una persona, y ese es Herodes, para el que Jesús no es una buena noticia. Hay una persona para la cual Jesús es una pésima noticia, y ese es Herodes. Y tenemos que preguntarnos ¿por qué? Y la razón de esta pregunta no es histórica. La razón de esta pregunta es nuestra propia conversión, porque es posible que en nosotros haya algo de ese Herodes. Ah, yo sé que eso te suena muy extraño. ¿Porque cómo comparar a este monstruo que es capaz de ejecutar niños inocentes? ¿Cómo compararlo con mi historia? Yo no he hecho esas barbaridades. Yo no he cometido esas crueldades. Si cuando hacemos la comparación externa y desde el punto de vista puramente material, yo sé que llegamos a esa conclusión.

Pero si miramos con un poco más de detalle, quizás si hay parecidos en el fondo, ¿qué es lo que teme Herodes? Ya lo hemos dicho, ya lo hemos sugerido. Herodes lo que teme es perder su reino, perder su trono. Él tiene su propio plan. Él tiene su propio esquema. De hecho, tiene su propia mentira porque él vive en una mentira. Él no tenía derecho a ser rey. Ese derecho no lo tenía. Es un impostor. Él ha usurpado el trono. Le ha quitado el trono que no le pertenecía. Se lo ha quitado ¿a quien se lo ha quitado? en últimas, a Dios. Porque Dios había hecho una profecía por medio de Natán. Está en el capítulo séptimo del segundo libro de Samuel. Y en esa profecía con toda claridad, Dios había dicho que era un descendiente de David el que debía reinar, pues Herodes se alza con rebeldía frente a esa profecía.

Herodes se opone a ese mandato del Señor y usurpa el trono. Es un usurpador, es un impostor, es un mentiroso y es un codicioso. Y bueno, si nosotros miramos nuestra propia historia, podemos llegar a la conclusión de que tal vez le hemos quitado el trono a Dios. Los únicos que no le han quitado el trono a Dios son los santos. ¿Un santo, una santa que es? una persona que puso a Dios en primer lugar. Ese es un santo. Un santo es aquel que le ha dado a Dios el lugar que le corresponde. Y todos nosotros, los que no le hemos dado el lugar a Dios, estamos usurpando sus derechos. Estamos negándole lo que a Él le pertenece. Por eso, ¡qué fácil es acusar! Siempre es fácil, pero también en nosotros, estoy seguro, hay algo de usurpador. A menos que quien esté escuchando estas palabras sea un santo, un verdadero santo. Todos los demás somos unos usurpadores que no terminamos de darle su trono al único a quien le pertenece, es decir, a Jesucristo el Señor.

Que esta fiesta, pues, nos lleve también a conversión, que nos lleve a dar un paso y que nos lleve a reconocer quién es el único que merece el honor y la gloria. Jesús, el Señor.

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