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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La llegada de Cristo obliga a Herodes a mostrar su verdad, que resulta ser: O el Mesías o yo.

Homilía sino016a, predicada en 20131228, con 9 min. y 5 seg.

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Transcripción:

El Niño Jesús, es Jesús Niño. ¿Qué tal ese análisis? Eso quiere decir que toda la verdad y la santidad de Jesucristo están presentes en él desde el pesebre hasta la cruz. Y esto quiere decir que lo que hace Cristo adulto, con su predicación, con sus milagros o con su sacrificio en la cruz, eso también empieza a ser el mismo Cristo desde bebé y desde niño, porque es Él mismo. De hecho, la vida de Jesús tiene una profunda unidad, como no tiene esa fractura que se llama el pecado, fractura que sí tenemos nosotros sobre todo en el caso del pecado mortal cuando ha sucedido. Como eso no existe en Cristo, entonces en Cristo no hay fractura. Si no hay fractura, su vida tiene una profunda unidad. Esto hace que la inocencia de niño acompañe a Cristo hasta adulto y que la sabiduría del adulto se refleje en Cristo desde niño.

Pero vamos al texto de hoy. Las actitudes crueles salvajes de Herodes nos muestran la manera como se rechaza a Jesucristo. Pero podemos extraer tres enseñanzas por lo menos de la manera como Herodes. Lo primero tiene que ver con la verdad. Lo segundo tiene que ver con el poder. Y lo tercero tiene que ver con la vida. Verdad, poder y vida. Le dijo el anciano Simeón a María Santísima cuando presentaron el Niño en el templo: Este está puesto para que en Israel uno se levanten y otros caigan. Va a ser un signo de contradicción. Se va a revelar lo que hay en los corazones. Cuando aparece una luz tan intensa, es imposible negar la mentira. Es imposible que la serpiente se siga escondiendo. Sale a luz la verdad del alma.

Y digo esto porque Herodes quería pasar por hombre bueno, quería pasar por benefactor. Este Herodes fue el que inició a un costo altísimo la reconstrucción y embellecimiento del templo de Jerusalén. Él quería pasar a la posteridad como el gran benefactor de su pueblo. En parte le interesaba hacer esa inversión fantástica de dinero porque quería comprar el corazón de los judíos. Como él no era de la descendencia de David, claramente no tenía título para ser rey. Entonces él intentaba sobornar el corazón de los judíos, pasando por gran Benefactor. Pero aquí tienes al gran Benefactor mandando matar bebés. Aparece la verdad. El verdadero Herodes aparece donde aparece el verdadero Dios, ahí donde llega Cristo con su plenitud.

Porque Él es la plenitud de los tiempos. Ahí aparece la verdad de los corazones. Entonces, eso quiere decir que cuanto más aceptemos a Cristo en nuestra vida, más verdaderos nos volvemos, porque más aparece la verdad de lo que somos. Cuanto más Cristo haya en nosotros, más verdad hay en nosotros. Ese es el primer punto, la verdad. El segundo punto tiene que ver con el poder. ¿Por qué Herodes está convencido de que tiene que matar a Jesús? Porque cuando llegaron los Magos de Oriente dijeron: Hemos oído que ha nacido un rey. Herodes sabe bien que él se hace pasar por rey. Él obliga a la gente a que le dé tributo de rey. Él utiliza vestiduras de rey. Él trata de vivir en un palacio como un rey. Pero todo eso es mentira.

Cuando llega el rey de verdad que es Cristo, entonces la cosa se plantea de esta manera. ¿Es él o yo? Así de sencillo. Puede parecernos una crueldad espantosa la de este hombre, pero esa crueldad es fruto de un análisis muy sencillo. Él, o yo, o Cristo o yo. Y este tipo de análisis uno lo puede aplicar también a su vida, porque cada uno de nosotros tiene en su vida un trono. Nosotros tenemos en el centro del corazón. Cada uno de nosotros tenemos un trono, es decir, hay algo o hay alguien que finalmente tiene poder en mi vida. Hay un centro de poder en mi existencia. Tal vez ese centro sea, qué sé yo, el dinero. Tal vez ese centro sea el placer. Tal vez ese centro sea mi capricho, mi ego. Y en ese trono está sentado mi ego. O está sentado el placer, o está sentado lo que sea. Y llega Cristo y dice como en el caso de este pasaje Cristo dice: Ese trono me pertenece, a eso llega Cristo a la vida, a decirle a uno es que yo vengo por ese trono.

Y entonces nosotros nos encontramos en la misma situación de Herodes o reina Cristo en mi vida, o quién va a reinar. Herodes sacó una conclusión: Hay que matar a Cristo. Hay que eliminar a Cristo de la vida. Hay personas que sacan esa conclusión y quieren sacar la fe de su vida y quieren sacar a Dios de su vida y quieren sacar la misa de su vida y quieren sacar la confesión de su vida, quieren sacar todo eso porque al enfrentar el mismo problema de Herodes, toman la misma decisión de Herodes. Es o Cristo o yo. Es un problema de trono, es un problema de poder. Y por eso Herodes dice: pues entonces que se muera Cristo. No lo logró. Un escudo de sangre inocente que fue la muerte de estos niños en Belén, en los alrededores, protegió la huida de Jesús. Ese es el tema del poder.

Y eso nos hace pensar o Cristo o yo. Por supuesto, nosotros si somos creyentes, tenemos que decir yo tengo que quitar del trono de mi vida lo que no sea Cristo, y tiene que ser Él el que reine en mi existencia. El último tema es el tema de la vida. Comparemos ahora los dos reyes. El rey falso, presuntuoso, arrogante y cruel que es Herodes y el rey manso y humilde de corazón que es Jesús. Y la comparación es sencilla cuando utilizamos la palabra vida, porque resulta que Herodes es el que arrebata la vida incluso al inocente, y Jesús es el Rey que da la vida incluso al culpable, si se arrepiente. Y es una ley que se cumple en muchos otros campos, porque los ídolos, los ídolos de este mundo. Finalmente lo que hacen es arrebatar vida, quitar la vida. En cambio, el Dios verdadero da la vida.

Los ídolos de este mundo se alimentan de nosotros. Tienen que tragarse nuestras vidas. Ahora que todo el mundo está recordando con mucha nostalgia el gran cantante vallenato, el cacique Diomedes Díaz, yo prefiero rezar por él. Me parece que es una vida que se quedó mocha, que se quedó mutilada y lo que mutiló la vida de Diomedes Díaz fue el vicio. Punto. Eso fue lo que hizo corta esa vida. Esa vida hubiera podido ser veinte, treinta, cuarenta años más larga. Fue mutilada. Es decir, los dioses, llámese droga, llámese vicio, llámese abuso. Esos dioses succionaron vida, tragaron vida de Diomedes Díaz. Los vicios hacen eso, se alimentan de nosotros.

En cambio, el Dios verdadero es el Dios que nos alimenta sobre el altar. Es el Dios que dice: Tomad y comed todos de él, porque esto es mi cuerpo. Ese es el Dios verdadero. Entonces, criterio fundamental los ídolos se alimentan de nosotros. El Dios verdadero nos alimenta. El rey falso le quita la vida incluso al inocente. El rey verdadero le da vida incluso al culpable que podemos ser nosotros si nos arrepentimos de corazón y seguimos sus mandamientos.

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