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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Muchos pretenden dudar hoy de la historicidad de los Evangelios de la Infancia; el Papa Benedicto nos enseña por qué no es razonable hacerlo.
Homilía sino015a, predicada en 20131228, con 6 min. y 8 seg. 
Transcripción:
En su obra en tres tomos Jesús de Nazaret, nuestro querido Papa Benedicto, ha mirado el conjunto del misterio de nuestro Señor. Esa obra tiene una primera parte dedicada al ministerio público de Cristo. Tiene una segunda parte dedicada a la infancia, es decir, los dos primeros capítulos de San Mateo y los dos primeros capítulos de Lucas, y tiene una tercera parte dedicada a la pasión y la gloria del Señor. Esa trilogía se llama Jesús de Nazaret. Es del Papa Benedicto y su lectura no puedo sino recomendarla con todas mis fuerzas. El segundo tomo está dedicado, como he dicho, a la infancia del Señor. Y es muy interesante cómo el Papa, paso a paso va derribando una cierta idea que yo no sé por qué razón empezó a difundirse en el pueblo cristiano y también en el pueblo católico, la idea de que todos estos relatos de la infancia eran simples fábulas, eran el fruto de la imaginación o el fruto de estrategias pedagógicas para transmitir ciertas enseñanzas. El origen de esa manera de pensar, el origen de ese escepticismo hay que buscarlo en lo que se llama la crítica bíblica a partir del siglo diecinueve e incluso antes, primero en medios protestantes y luego también en medios católicos, se difundió la idea de que la mejor manera de entender la Biblia es desconfiar de la Biblia. Algo así como todo el mundo es culpable mientras no se demuestre que es inocente. Pues uno ve que esa es una manera absurda de juzgar, pues ese fue el tipo de juicio que se pasó con respecto a los textos bíblicos. Es decir, todo es mentira y todo es inventado. Mientras no se demuestre por otros caminos que es real y que es verdadero. Esa es la actitud de la crítica. Si soy sincero de la hipercrítica bíblica y esto se metió mucho en algunas universidades protestantes, luego en universidades católicas en Europa, luego pasó a algunos manuales de teología que llegaron a seminarios en distintas partes del mundo. De modo que muchos sacerdotes también en nuestra época, se han formado en ese tipo de pensamiento, es decir, en una actitud distante, desconfiada y escéptica que tiende a mirar como invento, como falsedad o en el mejor de los casos, como simple estrategia pedagógica, aquello que no es comprobable por las leyes de la naturaleza como las entiende la ciencia moderna o que no tiene comprobación por otras fuentes históricas. El Papa Benedicto, en toda su obra sobre Jesús de Nazaret, y especialmente en ese segundo tomo, se dedica, yo diría, con mucha eficacia, a derribar esa manera de pensar. Porque resulta que las bases históricas que tenemos en torno a Cristo son sumamente sólidas. Lo que nosotros hemos llegado a saber de Cristo es incomparablemente más abundante y mucho mejor comprobado en términos de comparación de textos que lo que se pueda decir de prácticamente ningún otro personaje de la antigüedad. O sea que es absurdo tener ese tipo de desconfianza. Es absurdo tener ese tipo de escepticismo en contra del cristianismo simplemente porque es el cristianismo. Por decir algo, si se aplicara el mismo nivel de escepticismo con respecto a la existencia de Julio César o de Alejandro Magno en la antigüedad, tendríamos que decir que nunca hubo un Alejandro Magno y que nunca hubo un Julio César y tendríamos en realidad que desechar casi todo lo que sabemos de la historia. Entonces el Papa muestra cómo en realidad no hay que llegar a esos extremos y muestra cómo esos acontecimientos como este tan triste que recordamos hoy, la matanza de los niños inocentes en Belén, cómo esos acontecimientos realmente hemos de tenerlos por históricamente ciertos, porque precisamente no hay nada que vaya en contra de ellos. Así como en un juzgado una persona es inocente mientras no se demuestre que es culpable y no lo contrario, culpable mientras no se demuestre que es inocente. Así también en los testimonios bíblicos hemos de sostener la historicidad con toda su dureza, pero hemos de sostener su historicidad mientras no se demuestre lo contrario. Y este cambio es supremamente necesario, porque tanta incredulidad y tanta desconfianza en tantos teólogos y predicadores ha causado mucho daño en el pueblo fiel, y no hay ninguna razón para eso. Nosotros más bien hemos de admitir la presencia del amor de Dios en medio de esos pasajes tan oscuros. Y hemos de admitir que en esos dolores, como en nuestros propios dolores, el Señor sabe hacerse presente y sabe al final manifestar su triunfo y su gloria.

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