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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El sacrificio de los Santos Inocentes, fruto de la paranoia y la crueldad de Herodes, sirvió de escudo que defendió la huida del Mesías a Egipto.
Homilía sino013a, predicada en 20121228, con 4 min. y 53 seg. 
Transcripción:
Herodes es un nombre que está asociado con dos personajes distintos por lo menos. Uno es el Herodes, que era rey en tiempo del nacimiento de Cristo, y otro es el Herodes, que era rey en tiempo de la muerte de Cristo. Todo indica que se trata de padre e hijo. Al primero se le suele llamar Herodes el Grande, y la grandeza de este Herodes estuvo sobre todo en la reconstrucción magnífica, casi ostentosa, del templo de Jerusalén. Herodes, llamado el Grande, dedicó cantidades colosales de dinero a embellecer primero a restaurar y ampliar, y luego a embellecer el templo. Por eso hay una escena en los evangelios en la cual los discípulos de Jesús le dicen o le presentan su admiración por el templo y le hablan de los adornos, los exvotos del templo. Cristo no parece muy impresionado. ¿Por qué? Porque Cristo sabe que detrás de la hechura de ese templo hay una gigantesca hipocresía. Y esa hipocresía tiene que ver con la fiesta de hoy, la fiesta de los santos Inocentes. La gran hipocresía que hay detrás de la belleza del templo de Jerusalén es que esa fue una estrategia puramente política. O si soy más preciso, una estrategia demagógica de Herodes el Grande para ganarse el favor de los judíos. Es que Herodes tenía el título de rey, pero él no era rey. No merecía serlo y sobre todo, no podía serlo. Las claras profecías que aparecen, por ejemplo, en el segundo libro de Samuel, muestran que Dios iba a sacar al Mesías de la casa de David, de la descendencia de David. Herodes no tenía nada que ver con eso. Se trataba de un usurpador, pero un usurpador que sabía jugar muy bien sus cartas y que por eso le invirtió tantísimo dinero, tiempo y fuerzas al templo. Él era el primero en saber que todo eso era falso y era, por consiguiente, el primero en saber toda la fragilidad de su posición ante los judíos. Una persona que llega hasta ese extremo por ganarse una opinión favorable del pueblo, es una persona que sabe que su misma estabilidad política está en riesgo permanente. Y ese pánico degeneró en paranoia. En el caso de Herodes. Una paranoia que le llevó al acto absolutamente demencial crudelísimo con que nos encontramos el día de hoy. El manda matar a todos los niños de dos años para abajo en Belén y en sus alrededores, con la muerte de todos esos niños, con toda esa sangre tan injustamente derramada, se sació la crueldad de Herodes. Se calmó la paranoia de Herodes lo suficiente para que José María y el Niño Jesús pudieran escapar a tiempo y pudieran radicarse en Egipto, seguramente con la colonia judía de Alejandría o de algún otro lugar cercano durante un tiempo. Así sobrevivió el Mesías. De modo que esos chiquillos injustamente asesinados protegieron con su sangre la escapada del Mesías. Defendieron a Cristo sin saberlo, por supuesto. Podemos estar seguros del amor con el que Cristo Cristo mismo reviste con su manto de gloria a estos niños. Y por eso los llamamos los santos inocentes, los que protegieron al Mesías. Pidamos al Señor frente a este hecho tan lamentable de la muerte de estos niños, que las codicias de poder desaparezcan de esta tierra y que descubramos que el verdadero servicio es el verdadero reinado y el verdadero reinado es servir a Dios.

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