Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La Sangre de Cristo, a la que alude la Primera Lectura, nos recuerda de modo dramático la verdad de la carne que Cristo asumió de nosotros para entregarla por nosotros. Si fue preservado cuando Herodes mató a los Niños Inocentes, el cuerpo de Cristo quedó así preparado para entregarse, según el tiempo de Dios, en el altar de la Cruz.

Homilía sino009a, predicada en 20101228, con 4 min. y 4 seg.

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Transcripción:

La primera carta del Apóstol San Juan, podemos decir que es una gran reflexión, como una homilía muy profunda sobre el misterio de la carne de Jesucristo. Nosotros decimos con una frase muy sencilla que Dios asumió nuestra naturaleza, que Dios se hizo carne, que Dios en Jesucristo ha asumido todo lo que nosotros somos. Existen estas expresiones que la teología y la fe utilizan con frecuencia, pero necesitamos en realidad mucho más que una serie de frases. Necesitamos testigos. Porque cuando se habla de la carne de Cristo, no estamos diciendo de una idea muy inteligente o muy interesante. Estamos diciendo que una historia, la historia del Hijo de Dios ha tocado, ha transformado, ha redimido a unos testigos privilegiados. Y esto es exactamente lo que son los apóstoles.

Por eso la primera carta de Juan va siendo ofrecida a sorbos durante estos días de la octava de Navidad. De ese modo, nosotros podemos, por una parte, alimentarnos y por otra parte, saborear la hermosura, la dulzura de amor con que Dios ha querido visitar nuestra historia. Aunque Dios ha querido cambiarnos y es muy interesante en esta carta, por ejemplo, en el primer capítulo que estamos leyendo el día de hoy, a partir del versículo quinto, como cuando se habla de carne, se habla de alguien cercano a nosotros, a nuestras angustias, a nuestros dolores.

Somos redimidos en la sangre de Jesucristo. Y cuando se habla de sangre, según nos cuenta este texto de hoy, se habla de sufrimiento, se habla de entrega, se habla de compromiso. Y esto quiere decir que tú puedes contar con un Dios que ha llegado hasta ese extremo porque te ama, porque está cerca de ti, porque ha entregado todo lo que tenía. Entregar la sangre es entregar la vida.

También el evangelio de hoy nos habla de otro tipo de entrega. Hoy precisamente es la fiesta de los santos Inocentes. Herodes, en su locura, pero también en su terror. Terror de ser desenmascarado como un rey falso, un rey de mentiras quiere eliminar toda posible competencia y entonces se dedica a destruir la vida naciente en los alrededores de Belén. Es la muerte de aquellos niños. Y también ahí, por supuesto, hay un espantoso derramamiento de sangre. Qué interesante ver que si Cristo fue liberado o fue salvado de esa tragedia, de esa muerte prematura, a que quería someterlo Herodes, no fue por cobardía. Es decir, Cristo en ese momento no fue sacrificado, pero su carne fue preparada para ese sacrificio definitivo, el de la cruz, en el cual él habría de vertir también su propia sangre.

De modo que las lecturas de hoy, de un modo espantoso, de un modo terrible, pero de un modo muy profundo, nos están invitando a reconsiderar el tamaño de amor que ha llegado a nuestra historia. Y es importante que nosotros sepamos de ese amor para que podamos recibirlo, para que podamos agradecerlo y para que podamos compartirlo.

Que no se pierda la sangre de estos santos inocentes y que no se pierda sobre todo la sangre del inocente por excelencia, Cristo nuestro Señor.

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