Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Homilía simo003a, predicada en 19990420, con 19 min. y 29 seg.

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Transcripción:

El nombre Inés en latín se dice Agnes, que es una palabra pariente y derivada de agnus. Agnus quiere decir cordero. Agnus Dei quitollis peccata mundi miserere nobis Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo. Ten piedad de nosotros. Esta santa religiosa que recordamos en este día llevaba el nombre de Cristo. Es como si se llamara Jesusa. Llevaba uno de los nombres de Cristo, un nombre que es alabado en la primera lectura que escuchábamos hoy en el propio de la Orden de Predicadores. Es alabado. Digno es el cordero degollado de recibir poder, riqueza, sabiduría, fuerza, honor, gloria y alabanza. Cordero es uno de los nombres que tiene Jesucristo y Agnes lleva el nombre de Jesús en su propia vida. Ella vivió esta realidad del nombre de Jesucristo de una manera muy intensa, muy profunda, también muy femenina.

La vivió de una manera, podríamos decir apasionada, de una manera enamorada, y ella sentía que como llevaba el nombre de Jesucristo y sentía que como podía llamar a Cristo su esposo, así también tenía que llevar la vida de Jesucristo. Inés de Montepulciano permanece incorrupta y por el tiempo en el que Catalina de Siena vivió, la separa más o menos un medio siglo. Catalina fue a visitar el cadáver incorrupto de Santa Inés de Montepulciano. En aquella ocasión sucedió un milagro muy hermoso. Catalina se inclinó para besar el pie de la santa y el cadáver movió. Movió la pierna y el pie de Inés se acercó delicadamente a los labios de Santa Catalina. A la vista de todas las religiosas del monasterio del monasterio dominicano contemplativo allá en Montepulciano, Catalina de Siena sintió un afecto muy grande por Inés. Sintió que Inés era como una imagen de lo que significa un alma consagrada dedicada a Dios, un alma que tiene más su amor en Dios que en sí misma. Conoció en Inés de Montepulciano, Santa Catalina conoció en Inés lo que significa una persona consagrada a Dios.

Una persona que está para Dios, que vive más en Dios que en ella misma. Y fue también Santa Catalina la que hizo un elogio muy hermoso de Santa Inés, lo cual, para mí, ustedes se imaginarán, es una garantía clarísima de la inmensa cantidad de Inés. Porque si una persona como Catalina de Siena, que tenía una experiencia tan amplia, tan profunda, tan intensa de Jesús, si una persona como Catalina, que podía conocer a la legua los defectos de hombres y mujeres, tiene palabras de elogios para Inés, pues quiere decir que Inés es realmente una santa muy grande. Y no es cualquier elogio el que dice Santa Catalina, que es doctora de la Iglesia Santa Catalina, dice que Inés estaba verdaderamente vestida de Jesucristo. Inés se tomó en serio su nombre. Tomé en serio su nombre de Corderilla. Y entonces se decidió a vestirse del cordero. Así como cuando un matrimonio va a una fiesta.

Entonces, si él está muy elegante y muy formal, pues ella estará también muy formal y muy elegante. Así también Inés sentía que ella, para entrar al banquete de bodas del cordero, tenía que estar vestida como estaba vestido el cordero. Y esa fue como una especie de consigna de su vida vestirse de las virtudes de Jesucristo, revestirse de Jesucristo de modo tal que pudiera verdaderamente vivir como vive la esposa de Jesucristo. Esta espiritualidad tan intensa. Dios la acogió. Dios la recibió. Dios escucha nuestras intenciones piadosas. Cuando tengan en sus corazones sentimientos o ideales, grandes o buenos. No teman pedírselos a Dios, porque Dios es de todas las oraciones. Pero sobre todo esas oraciones las oye con especial amor. Si tú le dices a Dios: Yo quiero un carro de ochenta millones de pesos, es posible que Dios no quiera ese carro para ti. Tal vez ese no és el que te conviene y por eso es posible que tu voluntad vaya por un lado y la voluntad de Dios por otro.

Pero si tú le dices a Dios Señor, quiero amarte, quiero quererte con todo mi corazón, podemos estar seguros de que eso mismo lo quiere Dios. Y cuando uno hace la fuerza en la misma dirección de Dios, le rinde, Señor, quiero convertirme. Quiero dejar todo lo que me aparte de ti. Quiero acercarme a ti. Quiero servirte con lo mejor de mi alma. Estamos seguros de que esas súplicas las escuchará Dios. Entonces Inés tenía esa espiritualidad. Tenía esa visión. Ella realmente como embriagada del gozo y al mismo tiempo de la responsabilidad de ser esposa de Cristo, tomó como consigna de su vida: Voy a vivir como vive la esposa de Cristo, y por esta razón tomó para sí ante todo la caridad, y luego la penitencia, y luego algunas otras virtudes.

Todos los santos tienen la virtud de la caridad, pero hay también como virtudes particulares. Yo quiero terminar estas palabras sobre nuestra amada Inés. Quiero terminar estas palabras comentando algunas virtudes menos populares, menos populares. Porque si Dios le regala algún santo, el ser estigmatizado. Pues eso hay por lo menos tiene mucho predicamento, mucha difusión. El hacer milagros o el tener elocuencia también tiene mucha difusión. Pero las virtudes de Inés fueron virtudes propias de una vida de clausura, como era ella. Fueron virtudes, fueron virtudes en cierto modo ocultas. Vamos a mencionar algunas.

Primera, la mansedumbre. El oficio que rezamos nosotros los dominicos en la fiesta de Santa Inés, destaca esa mansedumbre. Por eso se escogió este evangelio que hemos escuchado hoy: Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y encontraréis vuestro descanso. Podemos decir que Inés fue una discípula que tomó en serio esas palabras de Cristo, y él aprendió de Cristo que es manso y humilde de corazón, y encontró en él su descanso. Entonces, una virtud que Dios le regaló a Inés es la virtud de la mansedumbre. Los autores del oficio litúrgico de Santa Inés de Montepulciano, en nuestra orden, gustan mucho de jugar con el nombre de ella, de corderilla, de corderita. Y la mansedumbre. Porque, en efecto, un cordero es como la imagen de la mansedumbre. ¿Pero en qué consiste esa mansedumbre de Inés?

¿Qué es la mansedumbre? Hay quien le haría propaganda de la mansedumbre. Yo creo que uno solo oye la palabra manso para decir que uno es manso, pero no menso. Esa es la única ocasión en que uno oye la palabra manso. No se oye casi la palabra manso. ¿Qué es? ¿Qué es ser manso? Para mí. Para mí, la grandeza de la mansedumbre está en la palabra ambiente, ambiente. La persona mansa crea un ambiente que hace posible y deseable ser, amar, creer. No tiene el arrojo, no tiene la belleza, no tiene la espectacularidad de las virtudes activas. Una virtud activa es, por ejemplo, profetizar. Es, por ejemplo, hacer milagros. Las virtudes activas, esas virtudes de arrojo, llaman la atención hacia la persona que las tiene. La mansedumbre es una virtud que no llama la atención hacia sí misma, sino que existiendo se convierte en el ámbito, se convierte en el ambiente para que otros nazcan, para que otros surjan.

La mansedumbre es como un amor que no llama la atención. La mansedumbre es amor humilde. Es un amor humilde, acogedor. Es una capacidad de recibir. Es una capacidad de no juzgar. Es aquello que Cristo describió o que se dice de Jesucristo. No. En esas profecías del libro de Isaías: no apagará, no apagará la mecha humeante, no quebrará la caña cascada. La mansedumbre es la capacidad de reconocer el bien, aunque sea pequeñito, pequeñito, y es el cuidado cariñoso del bien pequeño en un ambiente de amor humilde. Eso tenía Santa Inés de Montepulciano.

Yo tanto más admiro esa virtud, cuanto que con honradez, debo decir que la siento para vergüenza mía lejos de lo que yo soy. Pero esa es, esa es la mansedumbre. Es el cuidado cariñoso, solícito, generoso en un ambiente de amor humilde. Es una virtud que no atrae sobre sí, sino que hace ser y que se goza haciendo ser, produciendo el ser en las otras personas. Inés tenía esta virtud, era una persona mansa. Lo paradójico de la mansedumbre es que cuanto más. Se altiva una persona, más vulnerable resulta a los ataques del demonio. Cuanto más mansa una persona, más invulnerable resulta al demonio. Y esta es la segunda cualidad que quiero destacar. Como he dicho en otras veces, es recordada Santa Inés por el don de liberación tan grande que Dios le concedió.

Expulsaba demonios, expulsaba demonios, los alejaba Sus exorcismos eran sencillos, como lo hemos comentado. La escena era elemental. Llevan el endemoniado, endemoniado se acerca a Inés y el demonio se aleja. Simplemente no soporta la presencia de ella. Es un exorcismo hecho con la sola presencia. Es un exorcismo hecho con el solo amor. Tal vez es la forma más preciosa de exorcismo. Cristo hizo exorcismo es de esos Cristo hizo exorcismos de esos. Cuando le presentan a ese muchacho que era, además de poseído epiléptico. Apenas el él dice. Dice el evangelista: Apenas el demonio vio a Cristo, arrojó al muchacho por tierra. Le dio, pues, su revolcón. La sola presencia, la presencia mansa de Jesucristo, produce, produce, que Dios reine allí donde Dios reina. El demonio tiene que ir. El demonio tiene que huir. Inés de Montepulciano era entonces una gran exorcista, una persona con un don inmenso de liberación.

Nosotros, unidos a esa mansedumbre, seremos muy, muy eficaces en darle victorias a Jesucristo. Muchas victorias a Jesucristo, especialmente sobre el poder de las tinieblas. La última virtud, la tercera que quiero destacar que Dios le concedió. Tiene que ver con las otras dos. No es que estas sean todas las virtudes que ella tenía, tal vez no son ni las más importantes. Yo menciono estas es porque son tampoco predicadas que vale la pena aprovechar la ocasión. Inés es una persona sencilla. Es una persona sencilla. La sencilla en todo. Sencilla en sus palabras. Sencilla en sus oraciones. Sencilla en su vestido. Sencilla en su corazón. ¿Qué es la sencillez? La sencillez es un corazón sin pliegues, sin corazón, sin pliegues. Si tiene amor, si tú te acercas a ella, recibes amor. Ya. Así de sencillo. Si dices algo que no es, pues te mostrará que has dicho mentira. ¿Qué es la sencillez? Es la coherencia entre las intenciones, las circunstancias, las realizaciones. Si quiero que Dios reine. Y esa es mi vida, ser sencillo que es en todo lo que yo hago, pienso, digo, siento, espero, busco que Dios reine. Eso es ser sencillo.

Esa es la sencillez. Esa sencillez de Inés fue una bendición inmensa para este monasterio. El corazón donde se complica, el corazón se complica cuando tiene sentimientos encontrados. Los sentimientos encontrados son como tener a un carro acelerado con el freno de emergencia. Más o menos es algo así parecido. La sencillez es el triunfo universal del amor. Pero la sencillez tiene un precio inmenso de penitencia, porque cuando uno tiene sentimientos encontrados no es porque Dios le dé los dos sentimientos. siempre hay uno que viene de Dios y el otro viene de otra parte, el otro viene o del demonio, o del mundo, o de la carne. Porque nosotros no somos sencillos, porque nosotros tiene poder Dios. Bendito sea su nombre. Pero también tiene poder la carne, el mundo del demonio.

A medida que esos otros poderes se van extinguiendo, el alma se va volviendo sencilla y permanece en la unidad de su propio ser. Uno no es sencillo. Es cuando tiene sentimientos encontrados, afectos en conflicto, y entonces uno dice: ¿Qué hago? Le digo porque eso sería lo que Dios quisiera o no le digo porque estoy bravo. Ahí es cuando uno se complica ¿Qué hago? Saludo porque qué dirán o no saludo porque al fin y al cabo qué ando yo saludando. Pues ahí se enreda uno. ¿Qué hago? Denuncio este problema y me meto en un problema yo, o no lo denuncio y me queda solo el problema de mi conciencia. Tenemos complicaciones porque tenemos el corazón bajo muchos poderes, pero cuando solo Dios reina, entonces el alma se vuelve como la de Inés. Una página extendida, abierta, serena, clara, sencilla.

Ahora bien, alcanzar esa sencillez, he dicho, requiere mucha penitencia, obviamente, porque significa que me interese tanto Dios que cualquier amenaza del demonio me tenga sin cuidado. Que cualquier pretensión, ignorancia, burla del mundo, me tenga sin cuidado, que cualquier solicitación, seducción, bramido, llanto o lloro de la carne me tenga sin cuidado. Se necesita estar como muerto. Para ser sencillo se necesita que solo importe Dios y por eso ustedes notarán que en la historia de la Iglesia todas las almas sencillas han sido almas de muchísima penitencia, porque tiene uno que estar muerto a todo lo demás, a todo lo demás. Solo estando muerto a todo lo demás, uno obra en sus actos según la conciencia, le otorga las intenciones. Y esta fue Inés de Montepulciano. Admiremos, mis amigos, a esta santa, sencilla, mansa, colmada por Dios, con una gracia especial de liberación

Admiremos a ella vestida de Jesucristo. Unámonos a la Gran Doctora de la Iglesia Catalina, para decir que verdaderamente hay almas santas en esta tierra, como fue, como es Inés de Montepulciano. Y que la intercesión de Inés haga nuestros corazones más prontos a obedecer a las inspiraciones de la gracia. Vuelvo casi al punto de partida. Qué hermosa un alma que vive más en Dios y en sí misma. Almas así las ha tenido la Iglesia, y una de ellas es Inés de Montepulciano.

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