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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Homilía simo002a, predicada en 19980420, con 23 min. y 37 seg. 
Transcripción:
Las lecturas en este día de Santa Inés de Montepulciano nos ofrecen una variedad de aspectos, todos ellos, todos fecundos para meditar en el significado de la vida contemplativa, para admirar las virtudes y gracias que el Señor regaló a Santa Inés y también para esforzarnos en vivir con mayor generosidad y alegría la vocación a la que hemos sido llamados. Se trata, me atrevería a decir yo, como de una especie de jardines que nos presentan las lecturas de hoy. Cómo orientarnos en medio de flores tan bellas. La alabanza, la humildad, la mansedumbre, la pureza, la unión con Cristo. En verdad hay mucho que podríamos decir, porque es mucho lo que nos ofrece la Iglesia, lo que nos ofrece la orden en esta, en este día, en esta liturgia. Pero de todos esos aspectos hay uno en el que pocas ocasiones tenemos de meditar, uno muy querido por la Iglesia y muy querido por la orden. De manera que, dejando de lado otras posibilidades, seguramente muy fecundas, yo quisiera que nos orientáramos sobre esas palabras que están en la oración colecta de la Santa Misa de hoy. Y que han tenido magnífico eco en el salmo de respuesta, el salmo nupcial, el Salmo cuarenta y cinco. Yo no recuerdo otra oración en la que expresamente se trate a una santa con la palabra esposa, referida directamente como esposa de Cristo. Enriqueciste a tu esposa Santa Inés. Este fue un tema favorito de predicación y de enseñanza sobre la vida religiosa. Hace algún tiempo el Papa Pío once escribe su carta Encíclica Sacra Virginitas en dónde prefiere toda la vida religiosa femenina a esta clave fundamental esponsal. Pero las cosas han cambiado por lo menos exteriormente. Y es casi tan difícil encontrar un predicador que hable sobre ser esposa de Cristo. Como es difícil encontrar un predicador que hable sobre el ayuno o un predicador que hable sobre reparación. No las reparaciones locativas, sino la reparación como acto de amor y, en cierto sentido, de justicia a Dios, a Jesucristo, por las ofensas que recibe. Hoy encontramos predicadores que nos hablan de otras cosas igualmente necesarias, igualmente apropiadas para los tiempos que corren. Pero solo Dios sabe cuánto estamos perdiendo cuando dejamos en el olvido, Beta tan fecundas como estas. Esposa de Cristo. Así se habla de Santa Inés. Y a mí me parece que no nos equivocamos al elegir este como punto central de nuestra predicación. Porque tratándose de una religiosa de clausura que sobresalió en la mansedumbre, en la oración, en la humildad, en el servicio, tenemos dos opciones. O nos quedamos admirando esas virtudes que pueden parecernos prácticamente imposibles en su heroísmo o buscamos cuál es la fuente de esas virtudes, porque quizás esa misma fuente puede también brotar en nosotros. Es que las virtudes en los santos son flores que tienen una raíz. Y hay dos maneras de hacer flores. Una es como se hacen las flores artificiales, construyendo cada pétalo y luego pegando, y así se logran flores muy bonitas muertas. La otra manera es entrando una masa que dé flores y cuidándola y luego teniendo flores vivas. Cuando nosotros admiramos las virtudes de los santos y decimos bueno, me voy a dedicar durante estas dos semanas a la mansedumbre. Voy a ser Fray Nelson el Manso. Y las otras dos semanas me dedicaré a la fe y las otras dos a la obediencia. Ahí estamos, pegando pétalos. Estamos tratando de juntar pétalos. Estamos tratando de hacer una flor muerta. Hay que ver de dónde surge la santidad. Y la fuente de la que surge una cantidad como la de Inés es, yo creo, una fuente esponsal. De manera que dejar de predicar de la esponsalidad es quitarle la raíz a las flores. Y en cierto sentido, quizá estoy exagerando. En cierto sentido es cerrar el camino para que otras flores vivas puedan seguir naciendo en el mismo jardín de la Orden. Esposa de Jesucristo. Comparte el destino de Cristo y recibe de él su fuerza y de él su alegría, y de Él su alimento. Ser esposa de Jesucristo no consiste en una metáfora, en una especie de comparación poética, ni en una especie de fantasía más o menos facilidad para sobrellevar de mejor grado las soledades a las que inevitablemente se ve sometido el corazón cuando este libre. Ser esposa de Cristo es algo tan real como son reales los sacramentos. Ser esposa de Cristo es participar de la misma vida, del mismo aliento vital, de los mismos ideales del esposo. Si uno intenta construir la humildad mirando la soberbia de las otras personas, no hacen nada. La soberbia de las otras personas, lo mismo que la de uno, la propia de uno. Esa soberbia no da mucha materia para humildad ni muchas ganas de ser humilde, ni muchas esperanzas a nuestros esfuerzos de ser humilde. Si uno intenta construir su mansedumbre mirando las astucias. Las intrigas, las altanerías y todo lo demás defectuoso que con tanta facilidad encontraremos en nuestro propio, jamás tendremos mansedumbre. Hay que buscar otra raíz, hay que buscar otra fuente. La esposa del obrero vive en el tugurio de Lutero. Y la esposa del rey vive en la alcoba del rey y la esposa del presidente en el palacio presidencial, y así sucesivamente. Cada esposa habita allí donde habita su esposo. Entonces aquel corazón que se fascina con Jesucristo y que quiere estar con Jesucristo a todas horas. Empieza a participar de los misterios de Jesucristo y empieza entonces a vivir el destino de Jesucristo y empieza entonces a recorrer la historia de Jesús. Entonces estará con Jesús en los momentos de popularidad, pero estará también con Jesús en los momentos de soledad. Y estos misterios son tan reales como es real nuestra carne. Porque Cristo es Cristo. Por la unción del Espíritu Santo. No se nos puede olvidar que en el bautismo a Jesús se le completó el nombre Él era Jesús, pero se vuelve Cristo, es decir, se vuelve ungido por la unción del Espíritu. La unción del Espíritu hace de Jesús Cristo y le conduce por los misterios. De su oración, de su predicación, de su intercesión. Por los misterios de su soledad, de su dolor, de su cruz, de su muerte y de su resurrección. Pero ese mismo Espíritu obra en nosotros. Nuestra carne, semejante en todo, a la de Cristo, salvo que en él no hay pecado. Nuestra carne, semejante a la de Cristo, está siendo labrada, esculpida, tratada, modelada por el mismo Espíritu que modeló a Cristo. Por consiguiente, yo puedo, en ese mismo Espíritu, vivir, por decirlo de algún modo, la misma historia. Cuando una persona se resuelve a experimentar esto en todas las cámaras y recámaras de su corazón. De modo que ningún afecto escape de esta obra del Espíritu. Ahí tenemos lo que es una esposa de Jesucristo. Ahí tenemos la imagen viva de la Esposa de Jesucristo. Y esto es lo que produce, esto es lo que engendra. Esto es lo que da Santa. Esto es lo que da Santas como Inés. No son flores muertas. Son flores que han nacido de la fase acuosa. El Espíritu Santo obrando en todas las cámaras del corazón para configurar nuestra vida con la vida del Señor. Una persona que vive así puede repetir especialísimamente aquellas palabras de San Pablo: ¿Quién puede separarnos del amor de Cristo? Si todo aquello que podría separarme de Cristo es solo un recordatorio de su amor en la cruz, convenzámonos de que el demonio, el mundo y la carne están ya fracturados. Están ya perdidos. Que ya están perdidos. ¿Qué puede hacer el demonio? Atormentar. Supongamos. ¿Y qué tormenta? No me recordará. No será recordatorio de la tormenta de ese viernes. De esa cruz. Si yo cometo la torpeza de vivir la tormenta solo si me pierdo de todo. Pero si yo tengo mi corazón progresiva, decidida, resuelta e irreversiblemente unido a Jesús. Y el Espíritu recorre a sus anchas todo mi ser y mi corazón, entonces esa tormenta, la misma tormenta que podría separarme de Jesús, no hace sino pegarme más y más y más a Él. Por eso el demonio tiene miedo de estas almas y por eso huía de Santa Inés, que fue conocida precisamente por ese carisma de echar al demonio. Personas como Inés de Montepulciano se vuelven insufribles, insoportables para los demonios, porque si no les atacan, crecen. Y si les ataca se une más a Cristo y más. Son problemas insolubles. Son derrotas declaradas de Satanás. ¿Cuál miedo? ¿Cuál miedo? ¿Cuál miedo? Y otro tanto podemos decir del mundo y de la carne. La burla o la indiferencia del mundo no puede sino abrazarme más a Jesús. El dolor, el crujir y el llanto típicos de la carne que tanto sirve para llorar, solo pueden recordarme la pasión del amor de mi alma. La victoria es plena y perfecta. Una persona así es invencible. ¿Qué se puede hacer contra ella? Nada. Verla crecer. Verla crecer. Verla crecer. Verla llenarse de luz. Verla en la obra preciosa de la transición. Y después de una vida así. Y en medio de una vida así. El argumento de la esposa. La comunión con Miguel. La Sagrada Comunión y la Eucaristía, es el momento máximo de unión en un destino. Cuando comulga un cristiano distraído de su fe, distraído de su amor. Cuando comunión cristiano es una hostia que llega a una persona. Pero cuando comulga una persona como Inés, cuando es la esposa de Cristo la que comulga, es una hostia que se une a otra hostia, es una misma ofrenda que se funde y se ofrece para la gloria de Dios. Por eso estos santos maravillosos. Como la hermosa Inés que hoy celebramos, estos santos tienen una comprensión existencial de la Eucaristía. Es verdad que tienen algunas verdades de fe, algún conocimiento teológico en su mente, pero es que es muy poco comulgar con la boca, es un poquito más comulgar con la boca y el cerebro y entender algo. Es un poco más comulgar con la boca, con el entendimiento y con el amor. Pero nadie comulga mejor que el que comulga desde toda su existencia, porque es una existencia que se ha hecho como la de Jesús, es comulgar con todo el cuerpo, con toda el alma, con toda la historia, con todo el recuerdo. Porque cuando a nosotros se nos da la Eucaristía y se nos dice: el Cuerpo de Cristo, entre otras cosas, se nos está diciendo eso es la plenitud de la existencia de Jesús en su realidad corporal, en su historia, en su carne, en su ofrenda, en su amor. Por consiguiente, si Él te da a ti la única manera verdadera y plena de comulgar, estar así. Por eso una virgen como Inés tiene una comprensión existencial de la Eucaristía, porque también ella se acerca a esa cita de amor que es la Eucaristía. También ella se acerca para darte a ti. Entonces entiende no con su mente, sino con todas las fibras, las células, con todos los rasgos de su personalidad, con toda la potencia de su amor. Entiende, capta, se alimenta de su eucaristia. El espíritu que hizo santa y virgen y esposa a Inés. Es el mismo espíritu que está para nosotros. Y Dios no niega sus bienes. Y una vez dijo algunos que le escuchaban: Si usted que sois malos, si vosotros que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cómo no les dará el Padre celestial? ¿Cómo no dará el Espíritu Santo a quien se lo pida? El Espíritu Santo no se acabó a principios del siglo catorce. Por ahí sigue haciendo de las suyas. Y el pan de vida no se agotó con la comunión de Inés. Está también cerca de nosotros, está a disposición de nosotros. De manera que ese espíritu que consagra la hostia aquí en el altar, ese espíritu también hace hostias en medio del pueblo. Y la Palabra tomada de la Sagrada Escritura y tomada del mismo Cristo que dice el sacerdote, es también la palabra que tiene poder en el corazón de la asamblea. De manera que estos misterios, estas maravillas no son un recuerdo bonito. Tiempos aquellos en que se podía hacer tanto. No son una invitación. Yo me atrevo a decir una invitación que el Espíritu de Dios nos hace en este día, para que nosotros, asumiendo plena y gozosamente nuestra vocación, corramos a esta fuente. Nos alimentemos de este manjar, acojamos este Espíritu y transformados por la Palabra y por el Espíritu, seamos una sola y gloriosa ofrenda para alabanza del Padre y del Hijo y del Espíritu.

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