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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El propósito de Santiago cuando habla de la fe: se trata de un diagnóstico.

Homilía sfys023a, predicada en 20260504, con 10 min. y 52 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos, el apóstol Santiago que recordamos hoy es Santiago el Menor, a quien se reconoce, según la tradición, como autor de la carta que lleva su nombre en el Nuevo Testamento. Y hay un dato histórico sobre esa carta que yo creo que alguna vez es bueno comentarlo y quizás ese día es hoy. Me refiero concretamente a las dificultades tan grandes, tan graves que tuvo Martín Lutero con esta Carta de Santiago, no por hacer un homenaje a Lutero, ni por hacer simplemente historia, sino por tratar de reconocer cuál es la riqueza, cuál es el tesoro propio de esta carta.

Recordemos que Lutero tenía un conflicto interno bastante severo. Él se reconocía pecador y buscaba los remedios que la Iglesia le ofrecía, pero no terminaba de encontrar paz, no terminaba de encontrar un auténtico cambio en su vida y por eso la angustia permanente de que se iba a condenar. Se convirtió como en su compañero cotidiano. En esas circunstancias, el mensaje de San Pablo en la carta a los Romanos fue como su gran alivio y su gran esperanza. Nosotros somos salvos no por nada que nosotros hagamos, sino que somos salvos mediante la fe. Ese mensaje de la carta a los romanos, que se proclama especialmente entre los capítulos tercero y sexto, fue como lo central, lo absolutamente nuevo para Lutero. Lo que él entendió de esa proclamación del apóstol San Pablo es que Dios nos declara justos. Es decir, que nosotros de alguna manera seguimos siendo indignos.

Así como el mismo Lutero se sentía indigno y sucio, pero Dios, en su generosidad, en su amor inconmensurable, no toma en cuenta lo que nosotros somos, sino que hace una especie de declaración jurídica, como una especie de amnistía, que es la que permite que el cristiano se reconozca justificado y se reconozca en amistad con Dios. Frente a ese mensaje tan claro de la carta a los Romanos o de la carta a los Gálatas, Lutero encuentra incomprensible o muy difícil de digerir el mensaje de la carta de Santiago, porque sabemos que esta es la carta en la que se enfatizan las obras. De qué sirve la fe sin obras. La fe sin obras está muerta. Y es famoso el dicho de Martín Lutero cuando traduciendo la Biblia es un gran traductor de la Biblia. En ese caso al alemán.

Lutero dice que la carta de Santiago es como una carta de paja mostrando con esa expresión una especie de menosprecio hacia el texto al que podemos hacer alusión hoy por la fiesta de estos apóstoles. Aquí hay que notar dos cosas. La primera, la confusión. No sé si consciente o inconsciente de Lutero y de una parte del protestantismo con respecto a la palabra obras. Porque cuando San Pablo dice que no somos salvos por las obras, se refiere a las obras de la ley. Es decir, está mostrando la insuficiencia de la antigua alianza. Cosa que estaba muy clara en la Biblia. Por ejemplo, en Jeremías treinta y cuatro, cuando se dice que se necesita una nueva alianza. Las obras en el lenguaje de San Pablo son las obras de la ley y son obras, por consiguiente, que serían anteriores a la justificación. Al llegar a ese paz y salvo con Dios. Eso es lo que significan las obras en San Pablo.

Mientras tanto, en la Carta de Santiago las obras son un fruto de la fe y de la justificación. Son posteriores a la justificación y se convierten como en un criterio de discernimiento sobre algo de lo que habló también el apóstol San Pablo. Y obsérvese que precisamente eso es lo que aparece en la primera lectura de hoy. Dice el texto de hoy del capítulo quince de la primera Corintios. Os recuerdo, hermanos, el Evangelio. ¿Por qué tiene que recordarlo? Porque a uno se le puede olvidar. Os recuerdo el Evangelio que os proclamé y que vosotros aceptasteis, y en el que estáis fundados, y que os está salvando, si es que conserváis el Evangelio que os proclamé; de lo contrario, se ha malogrado vuestra adhesión a la fe. San Pablo admite que la fe se puede malograr, que el camino de la fe se puede perder, que uno puede empezar bien y torcerse.

Entre otras cosas, esto es muy interesante en el diálogo con otra parte, el protestantismo, que es el calvinismo. Pero lo que quiero destacar aquí es que Pablo necesita recordar el Evangelio, porque uno puede empezar bien y torcerse, y si uno se puede torcer, uno necesita un criterio para saber si va bien. Uno necesita recordatorios, exhortaciones, formación. Uno necesita incluso ese lenguaje robusto, ese lenguaje casi brusco que es el que caracteriza la Carta de Santiago. Entonces la Carta de Santiago no está negando la fe, no está negando la obra de la gracia, no está negando el amor gratuito de Dios, sino que a una comunidad cristiana exigida por las circunstancias, le está dando criterios para que, en palabras de San Pablo, no se malogre la fe, es decir, para que usted sepa si va bien o si, por el contrario, habiendo empezado bien, se está torciendo. Ese es el servicio que presta la Carta de Santiago y en eso es un documento absolutamente precioso porque destaca la austeridad de la vida cristiana. Destaca la sinceridad con la que hay que vivir ante Dios, destaca la coherencia y destaca la generosidad.

Y por eso Santiago se va en contra de todo aquello que puede hacer mucho humo, que puede hacer mucha pantalla, que puede hacer mucho ruido, pero que en el fondo está tapando el hecho grave de que a uno se le malogró la fe. Cosas ¿como cuáles? Pues uno se puede apegar a la prosperidad y uno puede creer que porque le va bien y porque uno es próspero, entonces yo soy un gran creyente. Esta es una tentación que, por ejemplo, ha entrado en algunos sectores del catolicismo y en una gran parte del protestantismo. Medir la fe a partir de la prosperidad, pues ahí se va lanza en ristre. Se va Santiago diciendo ¡Ay de vosotros los ricos! Uno puede creer que porque tiene mucho conocimiento, ha estudiado mucho, tiene unos cuantos títulos, uno es un gran cristiano. Ahí va el apóstol Santiago lanza en ristre para decir cuidado, porque hay una sabiduría falsa, hay una sabiduría mundana. Uno puede creer que porque tiene una cierta paz interior, porque uno está muy contento con uno mismo y se siente bien. Tentación muy actual.

Entonces uno es un gran cristiano. Y entonces ahí está Santiago otra vez lanza en ristre para decir bueno, y ¿cuáles son los frutos suyos? ¿Dónde están las obras? Santiago Pues no está negando nada de la obra maravillosa y gratuita de Dios, sino que nos está dando los criterios necesarios para que no nos digamos mentiras, para que no nos dejemos confundir por el humo de los valores puramente mundanos y para que viviendo en sinceridad, lleguemos a la plenitud de la vida cristiana. Hubiera sido absolutamente maravilloso que estas cosas las comprendieran en su plenitud ese hombre tan inteligente llamado Martín Lutero. Pero pidamos al Señor por su eterno descanso y pidamos al Señor que nosotros vivamos nuestra fe de una manera coherente, atractiva y gozosa, como lo que hizo Santiago y todos los apóstoles.

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