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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

FIESTA DE LOS APÓSTOLES FELIPE Y SANTIAGO El apóstol Santiago con su radicalidad llena de amor y su claridad llena de sabiduría nos invita a que no disimulemos nuestra fe siendo fieles servidores de la sociedad.

Homilía sfys013a, predicada en 20170504, con 6 min. y 16 seg.

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Transcripción:

En los lugares donde la Exaltación de la Santa Cruz se celebra siempre el tres de mayo, la fiesta de los Apóstoles, Felipe y Santiago pasa al cuatro de mayo. Les invito, pues, a que hoy recordemos a uno de estos dos apóstoles eminentes. Quiero referirme a este Santiago que es conocido también como Santiago el Menor. Entre otras cosas, es también llamado el pariente del Señor, y todo indica que era primo primo de sangre de nuestro Señor Jesucristo. Buena ocasión para recordar que hay dos apóstoles que se llaman Santiago. Precisamente por eso a uno se le llama Santiago el mayor, que es el hermano de Juan Evangelista, y el otro es Santiago, el menor, el primo de nuestro Señor Jesucristo, y que es también el autor de la Carta de Santiago que tenemos en la Biblia. La fiesta del apóstol Santiago el mayor es el veinticinco de julio. Él es el patrono de España. La fiesta de Santiago el menor es en países como Colombia el cuatro de mayo, y va en comunión con otro apóstol que es el apóstol Felipe. Por eso la fiesta litúrgica se llama de los apóstoles Felipe y Santiago.

Quisiera que hoy nos fuéramos a el texto de la Carta de Santiago y muy particularmente a aquellos pasajes que pueden parecer un poco difíciles para algunos. La enseñanza de Santiago podríamos decir que es dura, quizás incluso la llamaríamos ruda para nuestro tipo de lenguaje en nuestra época. Parece que se ha impuesto un modo de pensar según el cual toda evangelización tiene que tener grandes pero grandes, dóciles dosis de diplomacia y grandes dosis de no ir a lastimar, no ir a fastidiar, no ir a ofender. Hasta el punto de que muchas veces sucede que el Evangelio queda como tan envuelto, queda como tan escondido entre tantas capas de diplomacia que finalmente no nos atrevemos a decir el mensaje central del Evangelio que es la conversión.

Porque Cristo, desde el comienzo de su predicación, llama a la gente precisamente a eso: Convertíos y creed la Buena Noticia. Cristo está llamando a la conversión. Esto significa romper con el pecado. Esto significa dejar la vida de pecado. Y esto significa aceptar a Dios con todas sus consecuencias. Y dentro de esas consecuencias, el mismo Cristo nos dice: El que no tome su cruz cada día y me siga, no puede ser discípulo mío. Pero lamentablemente por un deseo de no apartar a la gente. Si les hablamos muy duro, nunca van a volver. Si los tratamos con rudeza, van a decir que estamos predicando odio. Van a decir que somos fundamentalistas, van a decir que nosotros nos hemos olvidado de la misericordia. Y entonces, por una serie de cobardías, vamos entrando casi sin darnos cuenta. Vamos entrando en una manera de pensar que finalmente disimula las aristas más incómodas del Evangelio. Llega el momento en el que esto no queda solamente en las formas, sino que llega también al fondo. Y entonces empezamos a evitar los temas del Evangelio, que son ciertamente muy claros, pero que sentimos que la gente no va a poder aceptarlos.

Entonces, como parece que la gente no va a poder aceptar, por ejemplo, aquello de que lo que Dios unió no lo separe el hombre. Y ese lenguaje tan claro, tan claro que tiene Cristo sobre el adulterio. Entonces evitamos la palabra adulterio, evitamos que eso puede de pronto incomodar a las personas, las puede alejar. O lo mismo en el diálogo ecuménico. Si llegamos a decir la palabra hereje, pues se nos van a ir. Entonces no digamos la palabra hereje. Pero llega el momento en el que empezamos a tratar a los que se han separado de la Iglesia como si no se hubieran separado de ella, como si diera lo mismo estar aquí o allá, o en cualquier parte, o incluso no creer en Dios. Ese tipo de traición requiere una vacuna.

Y lo que estoy proponiendo es que precisamente el apóstol Santiago, con su radicalidad llena de amor, con su claridad llena de sabiduría, nos está invitando a que no disimulemos nuestra fe, especialmente a nosotros, los que tenemos la misión de predicar, muy particularmente diáconos, sacerdotes, obispos, a que no caigamos en esa especie de complicidad con los falsos valores del mundo o con los desbalances que tiene el mundo cuando se trata de decir qué es lo importante y qué es lo menos importante. Yo creo que necesitamos dosis del mensaje fuerte de este apóstol Santiago y por eso invito a que vayamos a esa carta, sobre todo para valorar lo que significa nuestra fe. Por algo dijo el mismo Santiago. Miren, no quieran ser maestros. Nosotros vamos a tener un juicio más severo. Es decir, él era consciente de que callar lo que hay que decir o decir mal, lo que se debe predicar tiene consecuencias no solo para el pueblo, sino también para el predicador que ha sido infiel a su propia misión.

Oremos, pues, por nuestros pastores y pidamos a Dios que está claridad tan hermosa que nos predicó el apóstol Santiago quedé profundamente grabada en nuestros corazones y sea nuestra manera de prestar un verdadero servicio a la sociedad y el mundo.

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