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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Rasgos más sobresalientes de la predicación de Santiago en la Carta que lleva su nombre en el Nuevo Testamento.
Homilía sfys011a, predicada en 20150504, con 6 min. y 20 seg. 
Transcripción:
En Colombia y en otros lugares. El día cuatro de mayo tenemos la festividad de los Apóstoles Felipe y Santiago. Hay que recordar que en el grupo de los doce había dos apóstoles que llevaban ese nombre de Santiago. O si vamos a ser más precisos, tenían el nombre de Jacobo. Recordemos que Santiago es una especie de contracción de Santiago san y Jacob, es decir, San Jacobo. Por eso la palabra Santiago es una contracción, pero el nombre original, evidentemente es Jacob o Jacobo. Es un nombre típicamente hebreo. Es un nombre profundamente israelita. Los grandes patriarcas en la fe judeocristiana son Abraham, Isaac y Jacob. Y ese Jacob o Jacobo es el nombre que tienen estos dos apóstoles a los que comúnmente nosotros llamamos Santiago. Diferenciamos a esos dos Santiagos como Santiago el Mayor y Santiago el menor. Santiago, el mayor, es el hermano de Juan. Juan el evangelista, y fue el primero de los apóstoles que entregó su vida por Cristo. Fue decapitado por las autoridades judías relativamente pronto, del nacimiento de la Iglesia. El otro Santiago es el que recordamos hoy Santiago el Menor. Y este otro Santiago es especialmente conocido por su carta. Uno de los veintisiete libros del Nuevo Testamento es la Carta de Santiago. Y ese Santiago es esto que estamos diciendo Santiago el menor. Santiago, el menor, nos deja en esa carta el testimonio de una fe vivida en la existencia cotidiana, una fe que aterriza en lo concreto, que aterriza en la vida. Creo que es bueno recordar, con ocasión de esta fiesta, algunos de los elementos principales de esa carta. Dice al comienzo que es una carta dirigida a las doce tribus de Israel. Es decir, hay una insistencia desde el principio en que Dios es fiel a sus promesas, y Dios había prometido la restauración de su pueblo. De modo que Santiago, el menor, está presentando el evangelio de Jesucristo como el cumplimiento de las antiguas promesas al pueblo hebreo. Por eso habla de las doce tribus, indicando que Dios ha reunido a su pueblo. Por supuesto, él es consciente que muchas de esas tribus, las que salieron del patriarca Jacob, son tribus que ya no existen literalmente. Si uno mira dónde está la tribu de Rubén, la tribu de Neftalí, ahí no va a encontrar nada. No hay rastro de la tribu de Zabulón. Se sabe dónde quedaban esas tribus, más o menos en la región donde queda Galilea. Pero las personas, los descendientes de esas tribus, desaparecieron. Entonces, el mensaje que nos da este apóstol Santiago, Santiago el menor, el mensaje que nos da con su carta, es Dios cumple su promesa, pero la cumple de una manera inesperada y nueva. Cumple su promesa porque Dios reúne a su pueblo, pero es una manera nueva como Él cumple su promesa. Porque no se trata de resucitar a los hijos de Zabulón y de Neftalí, de Rubén o de Simeón. Aquellas tribus antiguas, sino que Dios ha creado. Él, que es fuente de vida, ha creado un nuevo pueblo. Y ese nuevo pueblo, sin lugar a dudas está constituido por aquellos que acogen el mensaje de salvación, es decir, nosotros. Nosotros somos el cumplimiento de las promesas de Dios y al mismo tiempo somos la continuidad entre aquello que Dios dijo a los patriarcas y aquello que han predicado los apóstoles. Otro elemento que hay que destacar en la Carta de Santiago es que nos muestra que la fe no se queda simplemente en afirmaciones, sino que la fe es un torrente de vida. Así como la fe va del antiguo Israel al nuevo Israel, así también esa fe, atravesando todo lo que nosotros somos, ha de expresarse en las palabras que decimos, pero sobre todo en el comportamiento que tenemos. El apóstol Santiago, este Santiago de hoy nos está recordando cómo es indispensable, cómo es necesario que nuestra fe haga actuar, traduzca para el mundo de hoy la misma compasión, la misma ternura, la misma cercanía, la misma bondad de Cristo, especialmente para los más necesitados. Por eso el tema de los pobres, y por eso la advertencia contra la idolatría de la riqueza, es central dentro de esta carta. Porque la misma fuerza vital, el mismo Espíritu que tomó a Cristo y que llevó a Cristo a ser el rostro bondadoso de Dios para con los más necesitados, esa misma fuerza es la que nosotros tenemos. Esa es la misma gracia que nosotros hemos recibido, y por eso no podemos llamarnos de Cristo, sino somos expresión viva de ese mismo amor que llega hasta los más pequeños y que en ellos hace su obra preciosa. Lecciones maravillosas de un apóstol que supo expresar con gran originalidad y con tremenda fuerza qué es lo que significa ser cristiano.

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