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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
"¡Muéstranos al Padre!" es una súplica que tiene amplia trayectoria y profunda huella en la Sagrada Escritura.
Homilía sfys010a, predicada en 20140503, con 13 min. y 11 seg. 
Transcripción:
Tomemos como nuestras las palabras del apóstol Felipe Muéstranos al Padre y eso nos basta. Esas palabras tienen un contexto. Ni la gente de fuera ni los discípulos han logrado penetrar en ese misterio sublime de la unión entre Cristo y el Padre. Es perfectamente comprensible que resultará difícil a la gente de aquel tiempo, como es comprensible que nos resulte difícil a nosotros, porque no estamos hablando de otra cosa, sino del misterio de la Santísima Trinidad. Así que Felipe desea aclarar de una vez por todas. ¿Cómo es esa relación entre Cristo y el Padre? Y como siempre está hablando Cristo del Padre. Felipe le dice Muéstranos al Padre y ya con eso basta. El sentido de esa petición de Felipe. Nos pone frente a una pregunta, una pregunta que él tiene ¿Cuál es la relación entre Cristo y el Padre? Él quiere aclarar su pregunta y ya con eso le basta. Pero en las palabras de Felipe resuena algo mucho más profundo. Muéstranos al Padre. Esa frase, ya tomada en un sentido más general, nos hace recordar otras peticiones que encontramos en la Sagrada Escritura. No podremos ponerla en paralelo con lo que dice Moisés en la montaña. Déjame ver tu rostro. Esa manera de hablar de Moisés. Es una súplica, pero también es una expresión de amor. Moisés no quiere ser simplemente un obrero que cumple órdenes. Un soldado que sigue instrucciones, quiere ser amigo, quiere entrar en el ámbito íntimo que solamente puede darse cuando se revela el rostro. Déjame ver tu rostro, dice Moisés. Para dolor de su alma. Esa petición no pudo ser cumplida. Le dice Dios a Moisés: No puedes verme y seguir viviendo. Y entonces, de un modo gráfico, nos expone el libro Santo Lo que Dios hace pone su mano sobre la cueva donde está Moisés, y entonces Dios pasa. Y cuando ha pasado, Moisés no ve el rostro, sino que ve las espaldas de Dios. Puede parecer extraño esto, pero tiene un sentido místico. Solo reconocemos a Dios por la espalda, es decir, solamente en el rastro de sus obras. Cuando ya ha sucedido, podemos recoger la evidencia que nos lleva a conocer quién es Dios. De ese modo entendemos que lo que vivió Moisés lo vivimos también nosotros, porque cada uno de nosotros puede ver las espaldas de Dios. Si tomas tu propia historia, si tomas la historia de tu pueblo, si tomas la historia de la congregación, si unes los puntos, si recapacitas en lo que el Señor ha hecho contigo y con tu gente, ahí estás viendo las espaldas de Dios. De ese modo, Moisés resulta cercano al apóstol Felipe. También hay otro que aparece hermano del apóstol se atribuyen a David centenares de oraciones. Y hay un salmo en particular que tiene una súplica parecida. Tu rostro buscaré, Señor, No me escondas tu rostro. Como poeta, inspirado además por el Espíritu Santo, qué bien expresa David esa búsqueda íntima, esa sed profunda del corazón humano. ¡Tu rostro buscaré, Señor! Y tiene otras expresiones parecidas como Busca la cierva corrientes de agua. Así mi alma te busca a ti. Dios mío, Tiene sed de Dios, del Dios vivo. Cuándo entraré a ver tu rostro. Esas expresiones que comparan la búsqueda de Dios con la experiencia de la sed, nos están hablando de algo íntimo, irreprimible, intransferible. Yo no puedo ponerme la sed de otra persona, ni le puedo pasar mi sed a otra persona. La sed es algo intransferible, profundo, incontenible. Solo podemos llamar bienaventurados a aquellos que logran experimentar esa clase de sed, porque esa sed no la da nadie, sino el mismo Dios que después va a saciarla. En el Cantar de los Cantares sigue el tono poético: Déjame escuchar tu voz, le dice el amado a la amada. Déjame ver tu semblante, porque es dulce tu voz, porque es amable tu semblante. Definitivamente el amor quiere ver. No se contenta con escuchar. El amor quiere saciarse con la presencia del amado y por eso es buena señal. Cuando experimentamos esa necesidad íntima de estar con el Señor para el mundo, eso se llama perder tiempo, habiendo tanto trabajo que hacer. Y hay gente que quiere ir a la soledad y a la oración. Parece que se está perdiendo el tiempo, pero deberíamos más bien decir que ese es el tiempo que se gana, o cariñosamente podríamos decir tiempo que se le roba a la eternidad para conocer, para preguntar. Desde nuestra humilde condición terrena, algo de lo que se vive más allá de la muerte. Muy en particular, las almas consagradas están llamadas a utilizar este lenguaje del amor. Sabemos bien que nuestros votos no son una renuncia al amor. Por una parte, nos abren a un servicio más amplio a la Iglesia y a nuestros hermanos. No nos contentamos con una pareja, con unos hijos, con una familia. Siendo todo ello un empeño muy lícito. Nos sentimos llamados a un amor de más anchos horizontes. Pero no es únicamente un amor horizontal. Lo mismo que la cruz tiene también esa dimensión vertical. Y en esa dimensión vertical, el religioso o la religiosa, tiene que aprender este lenguaje de amor. Porque si no llegamos a ese lenguaje de la entrega y del amor a Dios, como esposo del alma, entonces hay el riesgo de que en realidad. Estemos entregando el corazón simplemente a una ideología, a un proyecto puramente humano, o que tal vez estemos reemplazando la donación que se le daría a una pareja por una especie de homenaje a nuestro propio yo. El egoísmo y la instrumentalización política o ideológica son tentaciones no hipotéticas, sino muy reales en la vida religiosa. Por eso hay que temer cuando a un religioso no se le ve amor apasionado por Jesús, por la persona de Jesús. Cuando no se le ve amor apasionado por Dios, tenemos que preguntarnos con miedo ¿en dónde está ese corazón? ¿Está únicamente en la satisfacción de los propios gustos? ¿Está en la cobardía del que no sabe entregarse? ¿Está siendo sacrificado ese amor en el altar de una ideología política? Tenemos que hacernos esa clase de preguntas, porque el estado de buena salud de un corazón solo se puede detectar cuando ese corazón se entrega mientras busca y busca, mientras se entrega. Como describe el Cantar de los Cantares. Así que Salomón, según se atribuye ese libro. David en los Salmos. Moisés en el Pentateuco. Todos nos hablan en un idioma parecido al del apóstol Felipe: Muéstranos al Padre, y nos basta. Que ese anhelo, que ese deseo de conocimiento y sobre todo de entrega a Dios esté en nosotros. Sin olvidar, como ya lo sugería hace un momento, que hay una bienaventuranza relacionada con esta petición. Dichosos los limpios de corazón, ellos verán a Dios. Así que si vamos a ser consecuentes con este anhelo que el Espíritu Santo nos pone, hemos de cultivar esa pureza de intención y esa pureza de corazón, de manera que nuestros ojos, al mismo tiempo sepan desencantarse, desencantarse oportunamente de los ídolos de esta tierra y prepararse para la contemplación del Dios del cielo.

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