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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Felipe y Santiago, Discípulos y Misioneros.
Homilía sfys001a, predicada en 19960504, con 17 min. y 2 seg. 
Transcripción:
En nuestro país por la celebración de la Santa Cruz el día tres de mayo. Para este día cuatro tenemos esa singularidad litúrgica que no existe en otros países. De la Fiesta de los Apóstoles Felipe y Santiago. En los otros lugares, pues esa fiesta tiene el día de ayer. Según la reforma del calendario litúrgico después del Vaticano Segundo. Celebramos a dos apóstoles de Jesucristo y las lecturas nos han hablado de Evangelio y de contemplar al Padre. ¿Qué es un apóstol y cuál es su grandeza? ¿Qué se necesitaba para ser apóstol? Hoy utilizamos esa palabra apóstol y todavía más apostolado de una forma muy amplia. Llamamos apostolado a todo trabajo que se hace por la Iglesia o por el servicio de Dios. La palabra apóstol significa enviado, enviado con un testimonio, enviado con un mensaje. ¿Y qué se necesita para ser enviado? Nos lo dice el libro de los Hechos de los Apóstoles. Cuando Pedro reúne a los hermanos y les dice Bueno, hay que buscarle reemplazo a Judas, que se fue a su propio sitio. Cuando Pedro les dice eso, también dice cuál es la condición que ha de tener el candidato apóstol. Hay aquí dice Pedro, hay aquí muchos hermanos que estuvieron con nosotros desde el bautismo del Señor hasta que se lo llevaron hasta su partida en la cruz y que pueden dar testimonio de estas cosas junto con nosotros. ¿Cuál es entonces la característica del apóstol? Haber conocido a Jesús en vida, haber escuchado sus enseñanzas, saber que realmente murió. Tener constancia y poder dar fe de que realmente murió y luego poder dar testimonio por un encuentro personal con él de que ahora está vivo. Para ser apóstol se necesita saber que murió y saber que resucitó. Por esto, en sentido estricto, no hay demasiados apóstoles. En sentido estricto, sólo son apóstoles aquellos que pueden dar fe de que este Jesús de Nazaret vivió y murió y resucitó. Y sobre el testimonio de esos hombres han surgido comunidades que luego llamamos iglesias. Han surgido comunidades de creyentes que a su vez han enviado a otros testigos para que cuenten esa misma noticia y formen otras comunidades de las cuales han salido otros testigos que han contado ese testimonio y han formado otras comunidades, y así sucesivamente. De esta manera, el testimonio de los apóstoles partiendo desde Jerusalén, partiendo desde el sepulcro, partiendo desde el encuentro con el Resucitado, va atravesando los siglos, va atravesando las culturas, va atravesando las fronteras. Y nosotros a miles de kilómetros y a miles de años de estos acontecimientos, sin embargo, participamos de ellos, lo mismo que los apóstoles, pero nuestra condición es igual a la de ellos en cuanto creyentes. Pero no es igual a la de ellos en cuanto a nuestra fe. Nuestra fe se apoya en cierto modo en la fe de ellos. Esta es la importancia de los apóstoles. Y por consiguiente, celebrará un apóstol, le voy a contar a qué se parece. Se parece a una persona que vive en un edificio muy alto y de pronto un día baja desde el piso en el que tiene su vivienda el noveno o el décimo séptimo o el vigésimo baja, desde ahí, a los sótanos a conocer cuáles son las columnas sobre las que está apoyado el edificio. Las columnas y los pisos son edificios, pero los pisos se apoyan sobre esas columnas y las columnas sostienen a esos pisos. Celebrar a los apóstoles es ir a ese testimonio primigenio, es volver a esa fuente de la que ha nacido nuestra fe. Y por eso la primera lectura tomada de Pablo a los Corintios nos recuerda ese testimonio, esa fe básica, ese credo fundamental. Os recuerdo, hermanos, dice San Pablo: el Evangelio que os proclamé y que aceptasteis, y en el que estáis fundados, y que os está salvando, si es que conserváis el Evangelio que os proclamé. Os recuerdo el Evangelio que os proclamé. Las celebraciones de los apóstoles en la Iglesia son para eso, para recordar el Evangelio que nos ha sido proclamado y saber que en ese Evangelio tenemos salvación. Esa es como la raíz de nuestra fe. Pero el Evangelio que hemos escuchado según San Juan, la parte que hemos escuchado el día de hoy, nos invita a mirar no solo a la raíz, sino en cierto modo al fruto que ese evangelio tiene en nuestra vida. Felipe llevaba ya un tiempo viviendo con Jesús. Según las cuentas más probables, el ministerio público del Señor duró más o menos unos tres años y Felipe lleva ese tiempo con Jesús. Al término de esos años, ¿qué hay en el corazón de Felipe? Esta súplica: Muéstranos al Padre y nos basta. Ese es el curso completo para un cristiano. Un cristiano ha llegado como a la madurez en su formación básica al pie de Cristo. Junto a Jesucristo ha llegado como a esa madurez, cuando ya puede decir desde su corazón: Muéstranos al Padre. Porque mientras uno quiere que le den y le muestren otras cosas, está muy crudo. Así parezcan cosas muy espirituales, así parezcan dones muy celestiales. El cristiano ha alcanzado su formación plena cuando ya nada le sacia, cuando ya nada busca, cuando ya nada atrae su mirada sino la mirada del Padre. Cuando ya siente en su corazón: El día que vea a mi Padre Dios, ese día me bastará. Eso será suficiente para mí. Mientras uno está pidiendo el dinero, que desde luego es necesario para los quehaceres de esta tierra, o el trabajo, o la salud, o la paz en la convivencia fraterna, o incluso cosas idóneas, muy especiales y muy espirituales. Pedir don de profecía, pedir don de predicación, don de milagros, pedir esos dones, pedir esos regalos, será siempre necesario para nosotros. Pero el día en que Dios pone en nuestro corazón este deseo, ese día el cristiano está listo para unir su fe a la fe de los apóstoles. Porque no se puede hacer un puente si no hay una cierta la semejanza entre los bordes. No podemos hacer un puente. Si uno de los lados está a esta altura y el otro está por aquí, porque eso no se llamaría puente, sino escalera. El puente necesita que haya una cierta semejanza, una cierta similitud en la altura. Para nosotros empatar plenamente en la fe de los apóstoles. Es necesario que arda en nuestro corazón este mismo deseo. Muéstranos al Padre. Muéstrame Jesús al Padre celestial, y eso me basta. Cuando le hacemos esta súplica a Jesús. Jesús revela al Padre en sí mismo. Hace tanto que estoy con vosotros y no me conoces. Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. Pero vamos a descubrir al Padre en Jesucristo y vamos a descubrir quién es Papá Dios. Si esta súplica ha salido del alma, si no, miraremos en Jesús solamente una solución para un problema, así ese problema sea muy interior, muy psicológico, muy familiar, muy afectivo, muy urgente. Pero Cristo será la solución a un problema. Para que Cristo sea plenamente la revelación del Padre. Es necesario que haya en nuestro corazón ese anhelo, esa sed incontenible. Esa sed indescriptible de conocer al Padre. Quien se acerca a Jesucristo con esta sed en los ojos de Cristo, ve la mirada de Dios. En los brazos de Cristo, recibe el abrazo del Padre. En el corazón de Cristo se sacia del amor del Padre. Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre que permanece en mí, él mismo hace las obras. De este modo, el cristiano que llega a esa fe plenamente apostólica y ya hace un puente con la fe de los apóstoles, ese cristiano descubre que Cristo es visible, pero su obra es más que visible. Descubre que Cristo, siendo visible, es la revelación del invisible, como nos lo cuenta la carta a los Colosenses: Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura. Si uno piensa bien, esa frase de San Pablo es como contradictoria ¿Cómo podemos decir que Cristo es imagen de Dios invisible? Yo puedo decir que esta cruz es imagen de esa cruz, porque las puedo ver a ambas. ¿Pero cómo pudo decir el apóstol que Cristo es la imagen de algo que nosotros no vemos? ¿Cómo podía saber Él que Cristo era la imagen de Dios invisible? Porque Pablo y cada uno de los apóstoles había recibido la secreta palabra. Había recibido la palabra interior, había recibido ese susurro que solo da el Espíritu, es decir, había comprendido en su corazón aquello que había escuchado en sus oídos. Esto es lo que la Sagrada Escritura llama a abrirse el entendimiento de una persona. Se abre el entendimiento de una persona y ahí está, me parece a mí la raíz, la fuente de todo acto contemplativo. Se abre el entendimiento de una persona, cuando aquello que entiende en sus oídos es lo mismo que entiende en su corazón. Es decir, cuando una voz que no es otra que la voz invisible del espíritu, o mejor, la voz del espíritu invisible del Espíritu de santidad, le dice en el alma lo mismo que está escuchando en sus oídos. Quién recibe esta gracia, al ver obrar a Cristo sabe que las obras de Cristo son las obras del Padre, y sin embargo no ha visto al Padre, y sin embargo, sí lo ha visto. Porque en esas obras, por esa gracia del Espíritu, ha recibido al Padre, y el Padre lo ha recibido a Él. Es hermoso aquello que dice Jesús al final: el que cree en mí, también Él hará las obras que yo hago y aún mayores. A nosotros nos maravillan los milagros de Cristo. Multiplica panes, da vista a los ciegos, hace oír a los sordos, cura a los paralíticos. Pero esas obras no son la gran obra de Cristo. Esas obras no son la gran obra de Cristo. Cuando Cristo dice: ustedes van a hacer de estas obras y mayores nos está mostrando que esas obras no son su gran obra. Y efectivamente hay santos que han ayunado más que Cristo. Nosotros recordamos en la Orden de Predicadores a Santa Catalina de Siena, que de una manera inexplicable y milagrosa, muchísimos meses pasó sin otro alimento que la Eucaristía. Jesús no tuvo ayunos de muchísimos meses, y si uno hace la cuenta de los milagros que se narran de San Vicente Ferrer, parece que son mayores que todos los que se narran en los evangelios. De manera que Cristo no es mezquino con sus milagros, ni es una especie de presuntuoso que dijera lo que yo voy a hacer, eso no lo va a alcanzar nadie. Cuando Cristo dice: El que cree en mí hará obras mayores que las que yo hago, está mostrando que esas obras no son la plena revelación de Dios, que esos milagros y esas cosas extraordinarias sirven apenas para que nuestros ojos se abran a lo invisible y para que nuestras voces se escuchen. La palabra profunda del Padre. El que se queda solo en las obras es lo mismo que el que se queda solo pidiendo siempre dinero o salud, o cosas parecidas. Pero aquel que ha dicho Señor, muéstranos al Padre, a ese ya no le interesan las obras, a ese ya le interesa el Padre. Y esa es la gran obra de Jesucristo unirnos al Padre de manera que nosotros, unidos a Él, llamemos Padre a nuestro Padre. Y el Padre unido a Cristo, nos llame hijos a nosotros. Queridos amigos, Cristo todo lo comunicó a su Iglesia a través de los apóstoles. Por ellos hemos recibido estas enseñanzas profundas, luminosas, eternas. Por ellos hemos recibido el bautismo y la penitencia. Por ellos hemos recibido la Eucaristía. Nosotros vamos a comulgar hoy del mismo Cristo del que ellos se alimentaron. Pidamos a ellos y sobre todo, al don del Espíritu, que eleve realmente nuestro corazón, como se dice en la plegaria eucarística. Como se dice antes del prefacio, que levantemos nuestro corazón. Que podamos hacer verdadero puente con la fe de estos apóstoles, de manera que nada nos sacie sino el rostro del Padre. Así sea.

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