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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cautivada por el ejemplo de San Francisco, Clara tomó la senda estrecha de una vida de pobreza y penitencia para mejor unirse a Cristo como verdadera esposa.
Homilía scla008a, predicada en 20200811, con 13 min. y 39 seg. 
Transcripción:
Mis queridos hermanos. Clara tenía unos dieciocho años de edad cuando conoció a Francisco de Asís. Por lo menos ese encuentro podemos decir que fue decisivo en la vida de ella. Era tiempo de Cuaresma y en la Iglesia a donde iba Clara con su familia, predicó ese hombre, Francisco, un hombre que llevaba el Evangelio en su boca, pero sobre todo lo llevaba como vestido de su cuerpo y de su alma. Francisco iba revestido del Evangelio. Su oración, su penitencia, su alegría, su fraternidad, su servicio, todo en Francisco hablaba de una persona que ha tomado el Evangelio y lo ha hecho su norma de vida. Por eso no es de extrañarse que la predicación de Francisco tuviera un impacto tan grande en esta jovencita llamada Clara.
Ella pertenecía a una familia acomodada de Asís, lo mismo que Francisco tenía ese origen, porque la familia de Francisco era familia de buenos comerciantes, es decir, exitosos. Clara, pues, conocía la comodidad de tenerlo todo a mano y de no pasar necesidades. Pero quedó tan impactada por el ejemplo y por la predicación de Francisco, que deseó hablar más, conocer mejor a ese hombre que en cierto sentido encarnaba el Evangelio. Podemos decir que Francisco era como un Evangelio viviente. Y sí, es emocionante leer el Evangelio en nuestras Biblias, pasar las páginas y descubrir las maravillas del amor de Dios. Eso es lo que se siente cuando encontramos una persona santa. Sentimos que sus palabras, sus obras, sus actitudes, son como páginas en las que puede leerse la obra de Dios. Así nació una profunda y santa amistad entre esta joven y el pobrecillo de Asís, como comúnmente se le conocía y se le conoce Poverello, el pobrecillo de Asís.
El ejemplo de Francisco impactó profundamente a Clara, y no solo a ella, sino a algunas otras personas de su familia y de sus amigas. Llevada por un impulso radical, de esos que siente a veces la juventud, Clara decidió dejarlo todo y entregarse únicamente al servicio de Dios. Ese es el origen de las damas pobres, que fue el primer nombre que ellas adoptaron. Aquellas damas pobres de Asís son las que dieron origen a lo que nosotros hoy conocemos como las Clarisas, los monasterios de las Clarisas. Llena de amor por el Evangelio, llena de amor por la Eucaristía, llena de amor por la fraternidad y la alegría tan propias de la vida franciscana, Clara emprendió resueltamente este camino, pero entre todos esos amores que ella vivió con tanta alegría, hay un solo amor que da razón de todo. Es el amor a Cristo como esposo, amor a Cristo esposo. Ese tipo de amor es el que celebra la Iglesia Católica cuando llama vírgenes a estas mujeres que realmente han tomado a Cristo como su esposo.
Clara no quiso saber de más amores en esta tierra ni de quien pudiera estar interesado o no en ella. Simplemente dejó atrás cualquier otra consideración y buscó con ardor, con constancia, con sencillez de corazón, el amor purísimo, el amor castísimo, el amor Santo del Corazón de Jesús. Cristo no defrauda a quien le ama de esa manera. Y la vida de Clara es auténtico testimonio de lo que estamos diciendo. Efectivamente, esa unión profunda entre Clara y Jesucristo se nota en lo que es característico de los matrimonios. A esto llamamos matrimonio espiritual. A esto llamamos espiritualidad esponsal, propia de esposos. En efecto ¿Qué es lo propio de los esposos? Que comparten una misma vida. La gran diferencia, la principal diferencia entre el amor que se tienen los esposos y cualquier otro amor que sin duda existe también entre seres humanos. El amor que tenemos a nuestros padres, el amor, el afecto que tenemos a nuestros amigos. La gran diferencia que hay entre el amor esponsal y cualquier otro amor es el deseo de compartirlo todo.
¿De qué modo sucede este amor en las mujeres consagradas, en las vírgenes consagradas? Este amor sucede por una entrega que es total. Por consiguiente, estas vírgenes consagradas como Clara y como tantas otras benditas mujeres a lo largo de los siglos, este amor se expresa en un reservarse completamente para Cristo. Así como una mujer casada a nadie entrega su cuerpo si no es a su esposo. Así también estas hermosas vírgenes consagradas han reservado su cuerpo únicamente para Cristo y por consiguiente, en ese sentido son completamente suyas. De modo que es testimonio y ejemplo para toda la Iglesia. Pero hay otro sentido que también cabe destacar aquí cuando hablamos de espiritualidad esponsal. Así como los esposos se entregan por completo el uno al otro, así también comparten una misma casa, una misma suerte, unas mismas circunstancias. Por eso lo propio del matrimonio es que si resulta necesario, por ejemplo, que ese esposo vaya a otro lugar en razón de su trabajo, pues lo normal costará trabajo al principio, pero lo normal es que también ella vaya con él. Hoy en día puede darse también la circunstancia contraria. A veces es un cambio laboral en la vida de ella lo que motiva que ambos tengan que cambiar de residencia y, por supuesto, todo el hogar cambiará de lugar. Pero qué es lo que quiero destacar, más que la cuestión geográfica, quiero destacar ese compartir el camino, ese compartir todo lo que el otro vive, allí donde hay este amor de esposos no solamente comparten su cuerpo, que es algo muy bello, sino que comparten todo lo que sucede, de modo que la alegría de ese esposo es la de ella, y la alegría de esa mujer es la de él.
Lo mismo sucede en esta vida consagrada, como la que tomó Clara de Asís. También ella se resolvió a compartir toda la vida de Cristo. De modo que si Cristo es perseguido, pues que me persigan a mí también, porque yo estoy unida a Él. Esa fue la lógica de esta joven enamorada. Si a Cristo lo han maltratado, sufriré maltratos yo misma. Y sobre todo, hay un aspecto de la vida de Cristo que quedó muy grabado en Clara. Ese aspecto es el despojo. Es decir, la santa pobreza. Ciertamente fue uno de los aspectos que más le impactó a Clara cuando conoció a Francisco. Un verdadero ejemplo de vida de Evangelio. Pues bien, Clara no se quedó solamente mirando el ejemplo de Francisco, sino que ella misma, con su mirada atenta a Jesús, vio en él al verdadero pobre. Recordemos lo que dice la carta a los Filipenses en el Capítulo Segundo. Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios. Al contrario, se despojó de sí mismo. Ese despojo, ese abajamiento, ese anonadamiento, es el que llevó a Cristo hasta el Calvario. Ese anonadamiento que llega hasta la desnudez en la cruz es el que muestra el corazón abierto de Cristo, en quien todos hallamos nuestro descanso. Y Clara, que tenía tantísimas razones para amar a Jesús, encontró en el despojo de Cristo la expresión más perfecta del amor que ella ansiaba. Y por eso, lo mismo que Francisco había celebrado desposorios con la dama pobreza, así también Clara quiso vivir una pobreza radical, entregando su vida y la de sus hermanas a la providencia del Señor. Dicho de otra manera, para ser completamente esposa necesitaba llevar una vida semejante a la de su esposo. Y si la vida de Cristo renunció a tantas cosas como para dejar en carne viva el amor de Dios, así también Clara quiso seguir esta senda estrecha de la pobreza.
Es un gran testimonio para nosotros por donde se mire la vida de esta santa mujer, su conversión, el ardor de su entrega, la búsqueda de sólo Jesús, la imitación de Cristo, la alegría, el testimonio fraterno. Son muchos los ejemplos que nos da Clara, muchos ejemplos apropiados para nuestro tiempo. Quisiera yo que ciertamente ya no puedo llamarme joven. Quisiera yo que el ejemplo de Clara impactará sobre todo a nuestros jóvenes. Cuántas veces los jóvenes buscan experiencias radicales, sensaciones intensísimas. Pues esa radicalidad, ese afán de extremo, ese afán de experiencias extremas. Eso fue lo que también tuvo Clara, solo que para ella el extremo que había que buscar, no era el extremo de la autodestrucción con los vicios, no era el extremo de la autodestrucción con riesgos inútiles. Era el extremo de la santidad y lo vivió con tanta alegría que muy pronto su ejemplo fue seguido por muchas otras mujeres hasta el día de hoy.
Continuemos nuestra Celebración Eucarística. Alegrémonos con la familia franciscana por esta gran Santa y pidamos al Señor que el ejemplo alegre y fresco de esta bendita mujer eleve nuestros corazones hacia el Evangelio de Jesús. Amén.

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