Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

En ocasiones se debe luchar sin descanso para alcanzar la verdadera paz que trae el darle el primer lugar al Único que se lo merece, Jesucristo el Señor.

Homilía scla006a, predicada en 20180811, con 4 min. y 58 seg.

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Transcripción:

El once de agosto, nuestra Iglesia Católica recuerda y celebra a Santa Clara de Asís, la fundadora de los monasterios, que llamamos precisamente de las hermanas clarisas Santa Clara, vivió entre mil ciento noventa y cuatro y mil doscientos cincuenta y tres, fue amiga y fue dirigida espiritualmente por el gran San Francisco de Asís. Y los ideales de Francisco, su forma de vida, su pasión por el Evangelio los encontramos palpitando en el corazón de esta hermosa santa del siglo trece. Es lema de la Orden Franciscana y lo encontramos en muchas partes. Paz y bien. Esta expresión tan serena, tan gozosa, podríamos decir, tan optimista, tiene, sin embargo, un precio. Y eso se nota particularmente en la vida de Clara su ingreso a la vida religiosa podemos decir que no fue pacífico.

Y podemos decir también que los bienes que Dios le tenía reservados no fueron fáciles de adquirir. Clara conoció a Francisco cuando tenía dieciocho años de edad, ella. Fue por la predicación de Francisco en una jornada de Cuaresma, cuando Clara sintió la distancia que había entre las alegrías y los lujos de esta tierra en comparación con las alegrías y las glorias del cielo. La sencillez de vida y la elocuencia, tan directa y tan hermosa de Francisco, cautivaron completamente el corazón de Clara. Ella prácticamente se fugó de su casa para buscar una casa más grande. El servicio a toda la iglesia. La familia no estuvo de acuerdo. Ejercieron violencia sobre ella. Ella estaba en aquella primera etapa de su vida religiosa cuando no existían todavía las Clarisas. Ella estaba, podríamos decir, hospedada en un convento de monjas benedictinas.

Pues allá fue la familia a sacarla por la fuerza. Según se cuenta, Clara se aferró tan fuerte, tan vigorosamente, a los manteles del altar de aquella iglesia de las benedictinas, que cuando fueron a jalarla. Los manteles mismos se desgarraron. Esa tela rota muestra la violencia que fue ejercida contra esta joven porque la familia tenía planes distintos para ella. Pero ese desgarramiento también muestra la resolución de Clara que estaba dispuesta a romper con lo que fuera con tal de ser fiel a Dios. Una hermanita de ella, llamada Inés se unió también a ese proyecto que la familia consideraba absurdo y loco, y ellas dos, junto con otras jóvenes, empezaron este camino estricto de penitencia, de pobreza, pero también de amor y de imposible de expresar alegría inefable, alegría.

Tal vez esto es de lo más notable en la vida, declara. El despojo material, la penitencia corporal unida a un gozo inefable, algo que no cabe en palabras. Esa alegría es la que se convierte en el principal atractivo, porque el corazón humano está hecho para la alegría. Pero cuando alguien te regala la alegría de Dios, te regala algo que no va a morir jamás. Clara tenía esa alegría, Clara sabía compartir esa alegría y por eso no debe extrañarnos que su fundación pronto se extendió en muchos otros monasterios, hasta el punto que en muchos lugares la vida contemplativa femenina se asocia inmediatamente con las Clarisas. Así que paz y bien. Pero hay que saber que para llegar a esa paz a veces hay que luchar muy duro para darle el primer lugar al único que se lo merece Jesucristo, el Señor.

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